La libra esterlina y el euro iniciaron la semana al alza frente al dólar, después de que unas ventas minoristas estadounidenses mucho más débiles de lo previsto redujeran las expectativas de nuevas subidas de tasas por parte de la Reserva Federal. El GBP/USD avanzó un 0,23%, hasta 1,3564, mientras el EUR/USD subió un 0,32%, hasta 1,1606.
Las ventas minoristas de Estados Unidos cayeron un 0,6% mensual en julio, frente al crecimiento del 0,1% esperado por el mercado. El retroceso revirtió el avance de junio y representó la mayor caída desde mayo de 2025, reforzando la percepción de que la economía pierde impulso. Como consecuencia, los mercados ahora descuentan apenas 7 puntos básicos de endurecimiento monetario en septiembre y solo 35 puntos básicos acumulados durante el próximo año.

La atención se desplaza a la Fed y al Reino Unido
El dólar podría mantenerse bajo presión durante la semana, especialmente si las minutas de la reunión del FOMC del 29 de julio muestran que la decisión de mantener las tasas fue más ajustada de lo esperado. La votación terminó 9-3, pero nuevos datos de actividad más débiles dificultarían que los inversores retomen una visión claramente restrictiva.
El avance de la libra responde principalmente a la debilidad del dólar y no a una mejora confirmada de los fundamentos británicos. El martes se conocerán los datos de empleo y salarios, y el miércoles se publicará la inflación de julio. ING considera que estas cifras podrían no justificar los 55 puntos básicos de subidas del Banco de Inglaterra que aún anticipan los mercados. Un resultado decepcionante podría impulsar al EUR/GBP hacia 0,8575-0,8585.
El euro cuenta además con un respaldo estructural: una creciente demanda internacional de activos de la eurozona como vía de diversificación frente al auge bursátil estadounidense vinculado a la inteligencia artificial. Ese flujo ronda un billón de euros en doce meses. Los datos de cuenta corriente y los PMI preliminares serán las próximas referencias, mientras una sorpresa restrictiva de la Fed constituye el principal riesgo para la recuperación de las monedas europeas.
