La salida verde

Durante siglos, África y Brasil han ocupado un lugar parecido en la economía mundial: territorios ricos en materias primas, pero relegados con frecuencia al eslabón más bajo de la cadena de valor. El petróleo, los minerales y la biomasa salen baratos; vuelven caros, procesados y con la renta concentrada en otros centros industriales. La tesis de fondo del texto es nítida: la transición energética puede romper ese patrón, pero solo si ambos espacios dejan de verse como proveedores y empiezan a actuar como coproductores de tecnología, industria y financiamiento.

La urgencia ya no es teórica. La crisis energética global ha encarecido combustibles, tensado presupuestos públicos y aumentado la fragilidad de sistemas productivos enteros. En África, donde persisten la pobreza energética y las infraestructuras débiles, el golpe es más severo: muchos países exportan crudo e importan diésel y gasolina refinados, pagando después el margen industrial que perdieron al inicio de la cadena. Esa asimetría no es un accidente coyuntural; es la expresión contemporánea de una estructura extractiva que limita el desarrollo de largo plazo.

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El dato que más conviene observar no es solo el tamaño del mercado de minerales críticos, sino su velocidad de expansión. La ONU calcula que el comercio de minerales en bruto y semiprocesados alcanzó unos 2,5 billones de dólares en 2023 y que podría triplicarse hacia 2030. A la vez, la demanda de litio podría multiplicarse por cinco para 2040, mientras el cobalto y las tierras raras seguirían una senda de fuerte alza. Esa proyección convierte a Brasil y a varios países africanos en actores codiciados, pero también en candidatos naturales a repetir el viejo error: exportar concentrados, importar baterías, capturar poco valor y asumir los impactos ambientales y sociales.

Mi primera lectura es que la verdadera disputa no está en quién extrae más, sino en quién controla la fase industrial intermedia. Si África y Brasil limitan su estrategia a vender minerales y energía limpia como insumos primarios, la transición verde será solo una nueva versión del mismo modelo desigual. La diferencia decisiva vendrá de la capacidad para fabricar celdas, componentes, equipos de red, fertilizantes bajos en carbono, sistemas de almacenamiento y servicios asociados. En otras palabras, el poder económico se mueve menos en la mina o en el pozo que en la planta de procesamiento, el laboratorio y la normativa técnica.

Brasil entra en esta conversación con una ventaja poco común: una base industrial, experiencia en biocombustibles, hidroeléctricas y políticas públicas de electrificación rural que sí pueden transferirse. Programas como Luz para Todos muestran que la expansión del acceso no depende solo de grandes presas o megaobras, sino de capacidad estatal sostenida, financiación y adaptación territorial. En África, el ecosistema de sistemas solares domésticos de pago por uso y microgeneración ha demostrado otra lección: la transición puede crecer desde abajo cuando las soluciones son modulares, asequibles y pensadas para contextos de red débil. El intercambio entre ambas experiencias puede ser más valioso que cualquier declaración diplomática.

La segunda idea clave es que la cooperación Sur-Sur no debe medirse por la frecuencia de las visitas presidenciales, sino por su capacidad para construir cadenas productivas compartidas. Las giras de Lula por países africanos y las respuestas recíprocas han reforzado una agenda política visible, pero el punto de inflexión real exigiría acuerdos de transferencia tecnológica, investigación conjunta, compras públicas coordinadas y reglas de contenido local que no sean meramente simbólicas. Sin eso, la alianza puede quedarse en una relación de afinidad política sin consecuencias estructurales. Con eso, en cambio, podría empezar a crear mercados regionales, estándares propios y empresas capaces de competir en segmentos verdes.

Las tensiones tampoco son menores. Desde la perspectiva de los gobiernos africanos, el dilema es inmediato: acelerar la transición sin comprometer ingresos fiscales ni empleo en industrias extractivas ya instaladas. Desde la óptica de los inversores, el principal riesgo está en la inestabilidad regulatoria y en la falta de garantías de rentabilidad a largo plazo. Para los bancos de desarrollo, el problema es la escala del financiamiento y el nivel de deuda de muchos Estados, agravado por tasas de interés muy altas. Y para las comunidades locales, la preocupación central sigue siendo otra: que la etiqueta verde encubra nuevas presiones sobre territorio, agua y biodiversidad, sin beneficios tangibles en empleo ni acceso energético.

Ahí aparece una tercera lectura, menos celebratoria y más exigente: la transición energética solo será desarrollo si produce capacidad productiva, no únicamente infraestructura. Instalar paneles solares o ampliar redes no basta cuando el país sigue importando casi todo el equipamiento, la ingeniería y los servicios de mantenimiento. La Agencia Internacional de Energías Renovables prevé millones de empleos en África hacia 2030, especialmente en solar, infraestructura eléctrica y manufactura verde, pero esa creación de empleo no ocurrirá por inercia. Requiere formación técnica, industrias auxiliares, logística, acceso a crédito y una política industrial que proteja los primeros años de maduración.

El obstáculo financiero resume el fondo del problema. África dispone de una parte desproporcionada de los mejores recursos solares del planeta y, sin embargo, recibe una fracción muy pequeña de la inversión energética y de la inversión en limpias. Esa brecha no se explica solo por falta de proyectos; se explica por percepción de riesgo, moneda débil, coste de deuda y arquitectura financiera internacional. Si no cambian esos parámetros, la transición será más rápida en los países con capital barato y más lenta donde más se necesita. El resultado sería una paradoja política difícil de sostener: se exigiría descarbonización precisamente a las economías que menos capacidad tienen para financiarla.

Por eso, la agenda realista no pasa por elegir entre extracción y transición, sino por usar la transición para alterar la lógica de la extracción. Brasil y África tienen margen para hacerlo si articulan tres capas a la vez: recursos, industria y diplomacia financiera. La primera aporta materias primas y potencial renovable; la segunda, valor agregado y empleo; la tercera, acceso a capital y menor dependencia de mercados dominados por el Norte global. Si una de las tres falla, el sistema vuelve al punto de partida. Si las tres avanzan coordinadamente, el Sur global podría pasar de ser una reserva de insumos a un espacio de producción estratégica.

El escenario más probable a medio plazo es una transición desigual. Veremos algunos polos exitosos en baterías, biocombustibles, electrificación distribuida o manufactura de componentes, pero también regiones atrapadas entre exportar minerales, importar tecnología y asumir daños ambientales crecientes. El desenlace dependerá de si Brasil y varios países africanos logran negociar con más firmeza, atraer inversión paciente y proteger sus márgenes de decisión. La oportunidad está abierta; la trampa extractiva sigue ahí. La diferencia entre ambas trayectorias se jugará menos en el discurso verde que en la capacidad de convertir cooperación política en poder industrial real.

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