Las obras de remodelación de la Plaza de la Cooperación, en la esquina de Mitre y Tucumán, en Rosario, dejaron al descubierto cámaras y túneles subterráneos que pertenecían al antiguo Mercado Norte, demolido en 1980. El hallazgo reabrió una historia urbana que había quedado invisibilizada por décadas: la de un predio que fue jardín público, mercado de abasto y, finalmente, plaza, en un mismo punto de la ciudad.
La aparición de estas estructuras no fue un dato menor para el municipio ni para los investigadores locales. Bajo la superficie actual sobrevivieron restos materiales de una infraestructura comercial que funcionó durante más de un siglo y que acompañó la expansión de Rosario en sus etapas de mayor crecimiento. Lo descubierto ahora confirma que la transformación del lugar fue más superpuesta que definitiva: la ciudad cubrió su pasado, pero no lo borró por completo.

De jardín público a mercado de abasto
Los antecedentes del terreno se remontan a unos 150 años. Según la documentación reunida por el docente e investigador Eduardo Daniel Guida Bria en sus publicaciones de Matices de Rosario, allí funcionó primero el primer jardín público de la ciudad, impulsado por un carpintero conocido como “míster Haiser”, llegado en 1854. Ese espacio se convirtió pronto en punto de encuentro de la elite rosarina para tertulias sociales. Tres años después, en 1857, el mismo predio pasó a albergar el Mercado Norte.
La consolidación del edificio tuvo otra etapa clave el 4 de noviembre de 1876, cuando se adjudicó a Juan Razori la construcción de la parte exterior. El mercado ocupaba el sector comprendido entre Mitre, Tucumán y el pasaje Zabala, hoy pasaje Poeta Fabricio Simeoni, y llegó a tener 68 puestos interiores y 12 exteriores. Su función principal era abastecer a la ciudad: quinteros llegaban con carros cargados de frutas y verduras que luego se distribuían entre comerciantes y consumidores.
También operaba como escala habitual de los vendedores ambulantes que recorrían Rosario después de pasar por allí. La historiadora y licenciada en museología Lorena Ratner, en su investigación “La historia cotidiana: Los ámbitos del intercambio comercial – Los Mercados de Rosario”, describe esos espacios como piezas centrales del desarrollo comercial urbano. En torno al Mercado Norte se formó un ecosistema propio de trabajo, tránsito y abastecimiento que ordenaba parte de la vida cotidiana de la ciudad.
Higiene, congestión y declive
La misma dinámica que lo convirtió en nodo económico también generó tensiones. Una nota publicada por La Capital el 16 de julio de 1905 lo definía como “otro foco infeccioso” y denunciaba el estado de las calles circundantes. Los carros permanecían estacionados durante horas, los caballos ensuciaban el pavimento y los restos de frutas y verduras se descomponían con rapidez. El reclamo periodístico apuntaba a prohibir el estacionamiento en Progreso, actual Mitre, Tucumán y Libertad, hoy Sarmiento.
Las objeciones sanitarias venían de antes. Guida Bria consigna que en 1881 ya se habían realizado reformas para mejorar las condiciones del lugar: se blanquearon sectores exteriores e interiores, se limpiaron las letrinas y se repararon techos y pisos. Hacia la década de 1910, el mercado había mejorado su atención y sus instalaciones, pero eso no alcanzó para frenar el deterioro que imponían los cambios de escala urbana.
La investigación de Ratner señala que el crecimiento de Rosario hacia la periferia y la evolución del transporte, primero con tranvías eléctricos y después con ómnibus y automóviles, alteraron la circulación de la ciudad y volvieron inconveniente la ubicación de varios mercados. Las cargas y descargas comenzaron a generar congestión, mientras el Mercado Norte perdía una de sus funciones originales: ofrecer precios más bajos que los comercios cercanos.
El cierre definitivo llegó en 1979, cuando la Municipalidad de Rosario resolvió clausurarlo pese a las protestas de los puesteros. Al año siguiente, en 1980, el edificio fue demolido por completo. En la superficie desapareció el último rastro visible de un espacio que había concentrado durante décadas buena parte del intercambio alimentario de la ciudad.
La plaza y lo que quedó debajo
Sobre ese vacío se consolidó luego la actual Plaza de la Cooperación, conocida popularmente como plaza del Che por el mural que la identifica. Durante años, las generaciones más jóvenes la registraron solo como espacio público, sin señales visibles de su etapa anterior. El hallazgo de 2026 alteró esa percepción y obligó a volver sobre una historia que había quedado fuera de la vista, aunque no del suelo.
Los trabajos de remodelación removieron capas del terreno y revelaron cámaras y túneles que sobrevivieron bajo la plaza. El municipio analiza alternativas para preservar el descubrimiento, al mismo tiempo que interviene sobre algunos árboles cuyas raíces avanzaron sobre las estructuras y comprometieron su estabilidad. El subsecretario de Planeamiento, Pablo Florio, adelantó que una de las opciones en estudio es colocar vidrios en el piso para permitir la observación de los restos desde la superficie.
La discusión ya no pasa solo por conservar una pieza arqueológica urbana, sino por decidir qué parte de la memoria material de Rosario merece seguir visible. El caso del Mercado Norte muestra cómo una ciudad puede cambiar de forma sin desprenderse del todo de lo que la sostuvo antes: debajo de una plaza contemporánea reaparece el rastro de un mercado que ordenó el abastecimiento, la circulación y la vida comercial de una etapa decisiva de su historia.
