La migración internacional se ha consolidado como un factor de creciente relevancia para el consumo, las remesas y las estrategias comerciales. Más allá de las discusiones sobre control fronterizo, asilo o movilidad laboral, el desplazamiento de personas modifica de forma inmediata los patrones de compra en países de origen, tránsito y destino. Datos citados por el consultor Paco Santamaría sitúan en 281 millones el número de personas que viven fuera de su país de nacimiento, equivalente al 3.6% de la población mundial.
La dimensión de ese fenómeno se refleja en los principales países receptores de migrantes. De acuerdo con el ranking de Naciones Unidas correspondiente a 2024, Estados Unidos concentra 52.4 millones de residentes nacidos en otro país; Alemania, 16.8 millones; Arabia Saudita, 13.7 millones; Reino Unido, 11.8 millones; y España, 8.9 millones. Canadá registra cerca de 8.8 millones. Estos destinos reúnen importantes comunidades latinoamericanas y mexicanas, con efectos visibles en servicios financieros, telecomunicaciones, alimentos, vivienda, transporte y comercio minorista.
La diáspora mexicana y el peso de las remesas
México ocupa un lugar central en ese mapa. Se estima que 12.3 millones de mexicanos viven fuera del país y que alrededor del 97% reside en Estados Unidos. Los 11.1 millones de personas nacidas en México que viven en ese país representan, según las cifras citadas, cerca del 22% de la población inmigrante estadounidense. Esta comunidad sostiene vínculos económicos permanentes con localidades mexicanas mediante transferencias, viajes, compras transfronterizas y redes familiares.
En 2024, las remesas hacia México alcanzaron 64,745 millones de dólares, una cifra cercana al 4% del producto interno bruto nacional. Aunque una parte de esos recursos puede destinarse al ahorro, al pago de deudas o a inversiones familiares, diversos estudios sobre hogares receptores muestran que una proporción relevante se utiliza en necesidades cotidianas: alimentos, salud, educación, vivienda, transporte y servicios de comunicación. El efecto no se limita a las grandes ciudades; en numerosos municipios, las remesas representan una fuente decisiva de liquidez para pequeños comercios y prestadores de servicios.

Para las empresas, ese flujo plantea una oportunidad y también una exigencia analítica. Marcas de autoservicio, telefonía móvil, comercio popular, materiales de construcción, salud y educación privada ya participan indirectamente en el gasto financiado por remesas. Sin embargo, identificar el origen del dinero no basta para construir una estrategia comercial. La segmentación requiere entender quién toma las decisiones de compra, cómo se distribuyen los recursos dentro de los hogares y qué categorías cambian cuando el ingreso procede de familiares en el extranjero.
México también se vuelve país de destino
El fenómeno no se reduce a la emigración mexicana. México ha ganado peso como territorio de tránsito, residencia temporal y asentamiento para personas provenientes de Estados Unidos, Centroamérica, Sudamérica, el Caribe y Asia. El Instituto Nacional de Migración reportó 1,393,683 extranjeros en situación migratoria irregular detectados entre enero y mayo de 2024. Esa cifra no implica que todas esas personas hayan permanecido en el país, pero confirma la intensidad de los flujos que atraviesan el territorio mexicano.
Por otra parte, el INEGI contabiliza alrededor de 1.2 millones de extranjeros residentes en México, mientras que proyecciones de la Organización Internacional para las Migraciones apuntan a un posible aumento hasta 1.9 millones en 2028. Las estimaciones deben interpretarse con cautela, pues difieren según la fuente, la definición de residencia y la situación documental de las personas. Aun así, coinciden en una tendencia: el mercado mexicano incorpora consumidores con referencias culturales, capacidades de gasto y necesidades de adaptación distintas.
En 2024, los ciudadanos estadounidenses encabezaron las autorizaciones de residencia, con 26,083 registros, según los datos mencionados en el análisis. El Senado ha señalado que los estadounidenses constituyen una proporción mayoritaria entre los extranjeros con estancia legal. A esas cifras se suman estimaciones del Departamento de Estado de Estados Unidos, que calculan alrededor de 1.6 millones de ciudadanos estadounidenses viviendo en México. La diferencia entre registros migratorios y estimaciones consulares ilustra la dificultad de medir con precisión poblaciones móviles y con distintos tipos de permanencia.
Consumo inmediato y presión sobre servicios locales
La llegada a un nuevo país activa necesidades de consumo inmediatas: conectividad, transporte, alimentación, hospedaje, trámites, ropa y medios de pago. Más tarde aparecen gastos de instalación, como renta, mobiliario, internet, educación, banca, seguros y servicios de entrega. La integración prolongada puede traducirse en la adopción de marcas locales, pero también en demanda de productos importados, comunidades digitales, restaurantes, escuelas bilingües y servicios que reduzcan barreras lingüísticas o administrativas.
En zonas como Ciudad de México, Mérida, Guadalajara, Puerto Vallarta, San Miguel de Allende y Tulum, la presencia de residentes extranjeros y trabajadores remotos ha impulsado sectores como hospedaje, restauración, espacios de trabajo compartido y plataformas de movilidad. Al mismo tiempo, autoridades, vecinos y especialistas han advertido sobre presiones en el precio de las rentas, la disponibilidad de vivienda y la transformación comercial de ciertos barrios. El aumento del consumo no se distribuye de manera automática ni resuelve las desigualdades locales; sus beneficios dependen de la capacidad de ciudades y gobiernos para regular el desarrollo urbano y ampliar servicios.
Un flujo económico de doble sentido
La creciente diversidad migratoria también se observa en las remesas enviadas desde México hacia otros países. En 2024, las remesas de salida sumaron 1,308 millones de dólares, de acuerdo con las cifras difundidas en el texto original. El dato muestra que México no sólo recibe recursos de su diáspora, sino que funciona como plataforma económica para personas que mantienen hogares y obligaciones familiares fuera de sus fronteras.
El reto para las marcas consiste en evitar una lectura simplificada de la migración como nicho homogéneo. Las necesidades de un trabajador centroamericano en tránsito, una familia venezolana que busca establecerse, un residente estadounidense jubilado o un profesional remoto tienen poco en común salvo la necesidad de construir certidumbre en un entorno nuevo. Las empresas que ofrezcan información clara, atención accesible, métodos de pago incluyentes y productos ajustados a esas etapas podrán captar demanda. Pero la expansión comercial deberá acompañarse de prácticas responsables, sin convertir la vulnerabilidad migratoria en una oportunidad de explotación.
