Más de 40% de los trabajadores en América Latina y el Caribe ocupa puestos que no corresponden con sus habilidades, de acuerdo con una investigación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). El hallazgo apunta a un problema estructural que no sólo limita la productividad regional, sino que también ayuda a explicar por qué los salarios avanzan con lentitud y por qué una parte importante del crecimiento económico no termina de traducirse en mejores condiciones laborales.
El diagnóstico forma parte del libro Hacer que los mercados laborales funcionen, del propio BID, y retrata una brecha persistente entre lo que las personas saben hacer y lo que sus empleos exigen. Según el organismo, cuatro de cada 10 trabajadores no están suficientemente preparados para el mercado laboral en el sentido en que lo demanda la ocupación que desempeñan, una desalineación que termina afectando tanto la eficiencia de las empresas como el ingreso de los hogares.

La investigación añade que casi 70% de esas diferencias responde a carencias en habilidades básicas de aritmética y lectoescritura. El dato es especialmente relevante porque sitúa el problema antes de la inserción laboral: no se trata sólo de que los mercados no absorben el talento disponible, sino de que una parte amplia de la fuerza laboral llega con competencias insuficientes para cubrir requisitos mínimos. Esa combinación ayuda a explicar por qué la región exhibe niveles de productividad inferiores a los de economías avanzadas.
La brecha empieza en la escuela
El BID sostiene que el origen del desajuste está en gran medida en la educación básica. De acuerdo con el informe, 75% de los jóvenes que termina la secundaria no adquiere competencias elementales y no alcanza el nivel mínimo en matemáticas; la proporción llega a 57% en ciencias y 55% en lectura. Ese déficit inicial reduce las posibilidades de una transición ordenada hacia empleos acordes con la formación y alimenta trayectorias laborales marcadas por la sobrecalificación o por la subutilización de capacidades.
Los datos del Programa para la Evaluación Internacional de las Competencias de los Adultos (PIAAC) muestran además que, incluso en los países de la región, los puestos suelen exigir habilidades básicas menores que en las economías más desarrolladas. Aun con ese umbral más bajo, el BID advierte que muchos trabajadores siguen sin contar con lo necesario para cumplir exigencias elementales. En Chile, Ecuador y Perú el exceso de habilidades numéricas y de lectoescritura ronda 20%, mientras que en México se acerca a un tercio; en los países de la OCDE, la sobrecalificación alcanza 60%.
Empleos, salarios y productividad
El desajuste también tiene una traducción directa en los ingresos. El estudio señala que, en las economías avanzadas, 25 años de experiencia pueden elevar el salario hasta 85% gracias a la acumulación de capital humano en el puesto. En América Latina, el aumento promedio sería de apenas 35%, una diferencia que sugiere que la experiencia no se capitaliza con la misma intensidad y que el aprendizaje en el trabajo encuentra límites más rápidos.
La investigación agrega que más de la mitad de las personas ocupadas en la región trabaja en una actividad que no tiene relación con lo que estudió. Los graduados que no consiguen empleo en su área tienden a aceptar puestos en otras ocupaciones, muchas veces por necesidad, aun cuando ello implique desempeñarse por encima o por debajo de su nivel de preparación. En ese marco, 22% declara estar sobrecalificado y 12% infracualificado; sólo 15% muestra una correspondencia perfecta entre habilidades y requisitos de su trabajo, mientras 45% mantiene una buena correspondencia.
La consecuencia macroeconómica es visible en la comparación internacional. El BID estima que hoy se necesitan casi cuatro trabajadores en la región para producir lo que genera uno solo en Estados Unidos. La cifra no puede atribuirse a una sola causa, pero el mal encaje entre formación y empleo aparece como un factor decisivo: cuando el talento no se asigna donde más valor agrega, la economía produce menos por hora trabajada y los salarios quedan atrapados en niveles bajos.
Ana María Ibáñez, vicepresidenta del BID, dijo que el hecho de que cuatro de cada 10 trabajadores estén mal ubicados es una de las mayores barreras para que América Latina rompa sus cadenas de pobreza. Su lectura coincide con la del informe: mejorar los mercados laborales no es sólo una tarea técnica, sino una condición para que productividad y bienestar dejen de moverse en direcciones opuestas y empiecen a reforzarse mutuamente.
