Muerte expone fallas hospitalarias ante adicciones

La muerte de Jean Descamps, un joven de 26 años dado de alta de un hospital de Oregón cuando apenas podía mantenerse consciente, ha reabierto el debate sobre la atención médica a personas con trastornos por consumo de sustancias en Estados Unidos. El caso, ocurrido en diciembre de 2023 y reconstruido por NPR a partir de grabaciones policiales, expedientes médicos y documentos oficiales, muestra cómo una evaluación clínica cuestionada puede coincidir con barreras más amplias para acceder a tratamiento de adicciones.

Descamps llegó en ambulancia al Providence Milwaukie Hospital, cerca de Portland, en condiciones descritas como graves: estaba demacrado, cubierto de heces y requería ayuda para permanecer de pie. El personal lo aseó y le administró naloxona, un fármaco utilizado para revertir los efectos de una sobredosis de opioides. Sin embargo, posteriormente concluyó que no existían razones médicas para mantenerlo en el servicio de urgencias.

La salida de urgencias bajo cuestionamiento

De acuerdo con las imágenes de cámaras corporales difundidas por el Departamento de Policía de Milwaukie, los agentes llamados para retirarlo encontraron a Descamps flácido, gimiendo, babeando y prácticamente inconsciente. Los propios policías expresaron reservas sobre el alta. Uno de ellos preguntó por qué se le permitía salir si no podía quedarse solo y no había un lugar claro adonde llevarlo.

En las grabaciones, un trabajador del hospital planteó que una estación de autobuses podía ser una opción, mientras otro sostuvo que Descamps simulaba sus síntomas. Los agentes terminaron sacándolo en silla de ruedas y lo cubrieron con una manta en el estacionamiento debido al frío. La discrepancia entre la apreciación del personal hospitalario y la percepción de los policías se convirtió después en un punto central de las dudas sobre la atención recibida.

El episodio ilustra una dificultad frecuente en los servicios de urgencias: distinguir entre alteraciones del comportamiento, intoxicación, abstinencia, enfermedades físicas y problemas de salud mental en pacientes que pueden presentar varios de esos factores al mismo tiempo. Especialistas consultados por NPR señalaron que asumir que una persona exagera o finge puede desplazar la atención desde la evaluación clínica hacia una respuesta de seguridad o de control, con consecuencias especialmente graves cuando persisten sustancias en el organismo.

El deterioro durante el traslado

La policía decidió trasladar a Descamps a un centro de salud mental de Portland. Durante el recorrido, los agentes observaron que dejaba de responder y parecía no respirar. Intentaron reanimarlo, pero no lograron salvarle la vida. La investigación posterior concluyó que murió por una sobredosis de drogas que ya estaban presentes en su cuerpo cuando abandonó el hospital.

Un fiscal de Oregón determinó que Providence Milwaukie Hospital no había realizado una prueba toxicológica para identificar qué sustancias permanecían en el organismo de Descamps antes del alta. Esa ausencia no prueba por sí sola cuál debía haber sido cada decisión médica, pero sí limitó la información disponible para valorar el riesgo de que volviera a deteriorarse tras la naloxona. El medicamento puede revertir temporalmente una sobredosis de opioides, pero sus efectos pueden desaparecer antes que los de determinados opioides u otras sustancias.

Providence reconoció posteriormente que la atención no cumplió con sus estándares de seguridad, confiabilidad y compasión. El sistema hospitalario afirmó que reforzó el personal y los protocolos, y prometió realizar evaluaciones más completas antes de dar de alta a pacientes vulnerables. Al mismo tiempo, ha señalado que no tiene capacidad para hacerse cargo de todas las necesidades de las personas una vez que dejan sus instalaciones.

Una brecha que supera un caso individual

La muerte de Descamps no es presentada por los expertos como un hecho aislado. Datos federales citados por NPR indican que más de 40 millones de personas en Estados Unidos padecen algún trastorno relacionado con el consumo de alcohol o drogas. Más del 80% de quienes necesitaban atención por una adicción en 2025 no recibió tratamiento médico, una brecha que abarca desde la identificación del problema hasta el seguimiento posterior a una consulta o a una hospitalización.

Los trastornos vinculados con drogas y alcohol provocan más de 250.000 muertes anuales en el país, según las cifras recogidas en la investigación. Un estudio de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades halló que más de dos tercios de las personas que murieron por sobredosis en 2024 habían tenido, con anterioridad, al menos una oportunidad potencial para recibir ayuda. Los hospitales y las consultas médicas son parte de esos puntos de contacto, pero su capacidad para convertirlos en tratamiento efectivo sigue siendo desigual.

La Autoridad de Salud de Oregón encontró, tras revisar el caso, que Providence continuaba dando de alta a algunos pacientes con adicciones graves sin suficientes medidas de seguridad. La observación amplió el foco desde una decisión individual hasta las prácticas institucionales: la evaluación del riesgo no depende únicamente del estado de un paciente en un momento determinado, sino también de la planificación para el traslado, la supervisión, el acceso a medicamentos y la conexión con servicios especializados.

Tratamientos disponibles, acceso limitado

Existen intervenciones respaldadas por evidencia para reducir el riesgo de sobredosis. La metadona y la buprenorfina se utilizan para tratar la dependencia a opioides y pueden disminuir considerablemente la probabilidad de muerte, según Beth Meyerson, especialista de la Universidad de Arizona consultada por NPR. La naltrexona, por su parte, puede ayudar a personas con dependencia al alcohol. Pese a ello, estos tratamientos continúan infrautilizados en numerosos entornos sanitarios.

Desde 2022, el Congreso eliminó requisitos que dificultaban a médicos generales recetar buprenorfina. La modificación buscaba ampliar la disponibilidad de una terapia que antes estaba concentrada en profesionales con autorizaciones específicas. Pero el cambio normativo no ha resuelto por sí mismo los obstáculos de implementación: muchos médicos todavía no la ofrecen, y los pacientes pueden encontrar dificultades para obtener seguimiento, cobertura, derivaciones o atención integrada de salud mental.

El estigma es una de las explicaciones señaladas por investigadores. Durante décadas, el consumo de drogas fue tratado en Estados Unidos principalmente como un asunto moral o criminal. Aunque la adicción es reconocida como una enfermedad tratable, esa visión persiste en parte de la práctica sanitaria. Un estudio de 2020 halló que solo uno de cada cinco médicos estadounidenses estaba interesado en atender a pacientes con trastorno por consumo de opioides. Otra encuesta, realizada en 2024, indicó que el 43% de los profesionales consideraba que emplear medicamentos para esa dependencia equivalía a sustituir una droga por otra, una afirmación que no respalda la evidencia médica.

Para los policías que acompañaron a Descamps aquella noche, el desenlace resumió la distancia entre una necesidad evidente y una respuesta insuficiente. Tras intentar reanimarlo, uno de ellos dijo ante su cámara corporal que el joven no debería estar muerto. La investigación sobre su caso plantea una cuestión más amplia para hospitales, autoridades y profesionales: cómo garantizar que una urgencia vinculada a sustancias sea tratada como una oportunidad clínica de intervención, y no como una razón para apartar al paciente del sistema de atención.

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