La acusación de que México funciona como una vía de entrada indirecta para productos chinos al mercado estadounidense parte de una preocupación real, pero los datos disponibles para 2025 no sostienen la dimensión que Washington atribuye al fenómeno. El informe The Great Transshipment Scam, publicado el 13 de agosto, incluye a México entre los países que presuntamente facilitan el transbordo de mercancías originarias de China, junto con Canadá, Corea del Sur y la Unión Europea. Sin embargo, el análisis de Oscar Ocampo, director de Desarrollo Económico del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), encuentra una relación comercial difícil de conciliar con un esquema de reexportación masiva.
El dato central es contundente: las exportaciones mexicanas hacia Estados Unidos alcanzaron en 2025 un máximo histórico de 534.9 mil millones de dólares, 5.8% más que en 2024. Si ese aumento hubiera estado impulsado principalmente por mercancías chinas que solo cambiaron de ruta, la expansión de las importaciones mexicanas desde China debería haber sido mucho más intensa y proporcional. Ocurrió lo contrario. Por cada dólar adicional que México exportó a Estados Unidos, importó apenas 12 centavos adicionales desde China.
La aritmética que debilita la acusación
La relación agregada no demuestra por sí sola que el transbordo sea inexistente. Las cadenas globales de suministro pueden ocultar el origen de ciertos componentes, y una empresa puede importar insumos chinos en un momento y exportar productos con mayor valor agregado meses después. Aun así, la magnitud de la diferencia es relevante: el crecimiento de las exportaciones mexicanas a Estados Unidos fue casi diez veces mayor que el de las importaciones procedentes de China.
Esta divergencia introduce una primera conclusión analítica: la explicación basada en el simple cambio de etiqueta o de territorio es insuficiente para describir el comportamiento del comercio bilateral. Un país que estuviera actuando sobre todo como plataforma de paso necesitaría recibir volúmenes crecientes de productos terminados, almacenarlos, clasificarlos y reenviarlos. Ese proceso dejaría huellas en las compras externas, en la logística, en la capacidad de almacenamiento y en la composición sectorial de las exportaciones. Los datos disponibles señalan una expansión exportadora de mayor complejidad.
La controversia también revela un problema de método. Washington parece estar observando el crecimiento de las exportaciones mexicanas y la presencia de empresas asiáticas en el país como indicios suficientes para inferir una operación de transbordo. Pero una correlación geográfica no equivale a una prueba de triangulación comercial. La inversión asiática puede responder a una estrategia industrial de largo plazo, a la cercanía con el consumidor estadounidense, a los beneficios del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá y a la necesidad de producir dentro de Norteamérica.

Maquinaria y cómputo cambian el diagnóstico
La evidencia más significativa aparece en maquinaria y equipo de cómputo, precisamente los segmentos donde México registró mayor dinamismo exportador. En ese rubro, por cada dólar adicional importado desde China, México exportó 35 dólares hacia Estados Unidos. La proporción no elimina la posibilidad de que algunos componentes chinos terminen incorporados en productos mexicanos, pero sí cuestiona que el motor principal sea la reventa de mercancías sin una transformación económica sustantiva.
La cifra de 35 a 1 permite formular un segundo hallazgo: el comercio mexicano está capturando valor mediante ensamblaje, manufactura especializada, integración logística y producción vinculada a la demanda estadounidense. Incluso cuando existen componentes importados, el resultado final puede pertenecer a una cadena productiva mexicana o norteamericana, no a una operación de mero tránsito. Confundir la presencia de insumos extranjeros con transbordo equivale a ignorar cómo funciona la industria electrónica contemporánea.
En un equipo de cómputo, el origen comercial del producto final no se explica únicamente por el país donde se fabricó cada pieza. El diseño, la integración, las pruebas, el software, la certificación, el embalaje y la coordinación de inventarios también forman parte del valor. Por eso, el debate debería centrarse en el nivel de transformación y en el cumplimiento de las reglas de origen, no en la nacionalidad de cada proveedor dentro de la cadena.
La diferencia tiene consecuencias regulatorias. Si Estados Unidos aplica medidas generales contra las exportaciones mexicanas a partir de una sospecha agregada, podría penalizar a empresas que sí realizan procesos productivos reales. El resultado sería una política comercial menos precisa: protegería a los productores estadounidenses frente a ciertos desvíos, pero elevaría costos para fabricantes integrados en América del Norte y para consumidores que dependen de equipos electrónicos, servidores y componentes.
La inteligencia artificial explica más que el desvío
Según el análisis de Ocampo, el factor decisivo detrás del crecimiento mexicano es la expansión de la infraestructura estadounidense relacionada con la inteligencia artificial. La construcción de centros de datos ha impulsado la demanda de servidores, sistemas de almacenamiento, tarjetas, componentes electrónicos, cableado, equipos de energía y soluciones de enfriamiento. México ya contaba con una base manufacturera y logística capaz de atender parte de ese mercado, de modo que el aumento de las exportaciones responde a una transformación de la demanda estadounidense más amplia que una operación aduanera.
Los anuncios de inversión de empresas taiwanesas refuerzan esa interpretación. Foxconn opera plantas en Ciudad Juárez y Guadalajara, mientras Inventec, Pegatron y Wistron tienen presencia en la zona fronteriza con El Paso. La ampliación de capacidades productivas de estas compañías apunta a una decisión empresarial: localizar o expandir operaciones cerca del principal mercado de destino, reducir tiempos de entrega y operar dentro de un entorno comercial norteamericano más previsible.
La tercera conclusión es que el auge de la inteligencia artificial está redibujando la geografía industrial con una velocidad que las estadísticas aduaneras pueden interpretar de manera incompleta. Un aumento de exportaciones de equipo de cómputo desde México no necesariamente significa que el país haya sustituido una ruta china por una ruta mexicana. También puede significar que las empresas están creando nueva capacidad en México para responder a pedidos que antes no existían o que se abastecían desde otros centros manufactureros.
La distinción es fundamental para la política pública. Si el crecimiento procede de una nueva ola de inversión productiva, México necesita energía confiable, agua, infraestructura fronteriza, conectividad digital, talento técnico y reglas fiscales estables. Si Washington lo trata principalmente como una amenaza de evasión arancelaria, puede frenar precisamente las inversiones que busca atraer a Norteamérica mediante la relocalización de cadenas de suministro.
Washington busca control, las empresas buscan certeza
Desde la perspectiva estadounidense, la sospecha no carece de fundamento político. La guerra comercial con China ha elevado los incentivos para modificar rutas de suministro, reclasificar mercancías y aprovechar diferencias entre aranceles, cuotas y reglas de origen. La administración de Donald Trump tiene razones para exigir mayor trazabilidad, especialmente en sectores estratégicos como semiconductores, telecomunicaciones, baterías y equipos para centros de datos.
El problema es que una acusación de alcance general puede producir efectos distintos a los buscados. Las empresas estadounidenses que compran productos fabricados en México necesitan saber si esos bienes conservarán el acceso preferencial previsto por el acuerdo comercial norteamericano. La incertidumbre sobre posibles aranceles, revisiones aduaneras o investigaciones retroactivas eleva el costo de cada contrato y puede llevar a los fabricantes a posponer ampliaciones de capacidad.
Para México, el desafío es doble. El gobierno debe defender la legitimidad de su plataforma manufacturera, pero también demostrar que sus controles aduaneros pueden distinguir entre una operación industrial auténtica y un simple cambio de origen. La respuesta más eficaz no consiste en negar abstractamente el riesgo, sino en ofrecer información verificable sobre proveedores, procesos de transformación, contenido regional, volúmenes, capacidad instalada y trazabilidad documental.
China, por su parte, enfrenta una presión diferente. Aunque una parte de sus empresas puede beneficiarse de la producción localizada en México, el endurecimiento de las reglas estadounidenses reduce el valor de utilizar terceros países como puente. Las compañías deberán decidir si invierten en procesos que cumplan de forma sustantiva con las reglas de origen o si mantienen una exposición elevada a investigaciones y sanciones. Para los fabricantes taiwaneses, la frontera entre oportunidad y riesgo también se vuelve más estrecha: una planta en México puede ser una plataforma legítima de producción, pero será examinada por su relación con proveedores asiáticos.
La disputa pendiente: origen, transformación y transparencia
El debate no debería resolverse con una cifra única. El hecho de que México importe poco más de China por cada dólar adicional exportado a Estados Unidos reduce la plausibilidad del transbordo masivo, pero no identifica operaciones concretas. Una red de empresas puede utilizar componentes de alto valor procedentes de China sin que el total de importaciones refleje perfectamente el valor de las exportaciones. También puede haber mercancías que lleguen por otros países asiáticos o que se incorporen a productos mexicanos antes de ser exportadas.
Por eso, el indicador más útil para las autoridades no es solo el saldo bilateral, sino la evolución de categorías específicas, empresas, puertos, rutas, tiempos de permanencia y cambios súbitos en los volúmenes. Un aumento extraordinario de exportaciones de un producto sin capacidad productiva equivalente sería una señal de alerta. En cambio, el crecimiento respaldado por nuevas plantas, contratación de personal, consumo de energía, inversión y documentación de transformación ofrecería una explicación industrial más sólida.
La ausencia de evidencia concreta en el informe señalado por IMCO también plantea una exigencia para Estados Unidos: las medidas restrictivas deberían apoyarse en investigaciones auditables y en criterios previsibles. Si el término “transbordo” se utiliza para describir cualquier producto mexicano que contenga insumos chinos, el concepto pierde precisión y se convierte en un instrumento de presión comercial. Esa ambigüedad perjudica tanto a México como a las empresas estadounidenses que dependen de cadenas regionales.
El próximo riesgo está en la infraestructura, no solo en las aduanas
El escenario más probable para los próximos años combina expansión y fricción. La demanda de centros de datos puede mantener el crecimiento de las exportaciones mexicanas de maquinaria, electrónica y equipo de cómputo, pero la concentración en un solo mercado vuelve vulnerable a la industria. Si Estados Unidos modifica de forma abrupta sus aranceles o endurece las reglas de origen, una inversión diseñada para servir a clientes estadounidenses podría perder rentabilidad rápidamente.
Existe además un riesgo de cuello de botella interno. La llegada de nuevas plantas no garantiza que México pueda suministrar localmente todos los insumos, la electricidad y los servicios especializados que requiere la manufactura avanzada. Si la infraestructura no crece al ritmo de la demanda, el país podría terminar con una plataforma de ensamblaje dependiente de importaciones, expuesta a interrupciones y con menor contenido regional. Esa dependencia alimentaría de nuevo las sospechas de Washington, aunque no exista transbordo ilegal.
También puede aumentar la presión sobre la frontera norte. Más exportaciones de productos electrónicos significan mayor demanda de cruces, inspecciones, almacenes y transporte especializado. Las demoras logísticas pueden reducir la ventaja de producir cerca de Estados Unidos, mientras los controles excesivos pueden transformar una ventaja geográfica en un costo permanente. La política comercial y la política de infraestructura tendrán que avanzar coordinadamente.
La trayectoria de México dependerá, en última instancia, de si convierte el actual auge de la inteligencia artificial en una base industrial más profunda. La oportunidad no se limita a exportar equipos terminados: incluye desarrollar proveedores nacionales, servicios de ingeniería, pruebas, mantenimiento, software industrial y soluciones energéticas. Una cadena con mayor contenido mexicano será más resistente a las acusaciones de triangulación y elevará el beneficio económico interno de las inversiones asiáticas.
Los datos de 2025 no prueban que ningún producto chino haya pasado por México ni justifican descartar investigaciones específicas. Sí muestran, sin embargo, que la hipótesis de un gran canal de transbordo no explica adecuadamente el salto exportador mexicano. La relación de 12 centavos importados desde China por cada dólar adicional exportado a Estados Unidos, y especialmente la proporción de 35 a 1 en maquinaria y cómputo, apuntan hacia una fuerza más estructural: México está siendo integrado a la carrera norteamericana por construir la infraestructura física de la inteligencia artificial. La disputa futura no se decidirá con acusaciones generales, sino con trazabilidad, reglas de origen claras y pruebas capaces de separar la manufactura real del desvío comercial.
