Puente Belice 2: reactivar sin repetir el fracaso

El Gobierno de Guatemala volverá a poner en marcha el proyecto Puente Belice 2 entre el 24 y el 28 de agosto de 2026, después de alcanzar un acuerdo técnico con Grupo Muratori, S.A. La decisión pretende destrabar una obra adjudicada el 12 de octubre de 2022 y paralizada desde febrero de 2024 por problemas de derecho de vía, la necesidad de comprar terrenos adicionales y el eventual traslado de postes de alta tensión.

El proyecto tiene un valor contractual de Q1 mil 785 millones y no será ejecutado de manera íntegra durante la actual administración. El compromiso anunciado consiste en reactivar el núcleo estructural, las intersecciones esenciales y una parte de las aproximaciones, con la meta de superar el 60% de avance antes de que concluya el gobierno del presidente Bernardo Arévalo. La maquinaria comenzará a movilizarse el 17 de agosto y el reinicio formal está previsto para la semana siguiente.

La salida pactada no aumenta el monto del contrato. Según explicó la ministra de Comunicaciones, Infraestructura y Vivienda, Norma Zea, se trata de un contrato cerrado que impide modificar su valor. La solución cambia la ruta técnica para evitar nuevas compras de tierra y el corrimiento de postes, reduce la intervención sobre propiedades privadas, eleva la capacidad de carga de la estructura y limita las áreas afectadas por invasiones del derecho de vía.

El acuerdo resuelve el bloqueo, no todo el proyecto

La primera precisión necesaria es conceptual. Puente Belice 2 no es solamente un puente aislado. Forma parte de un desarrollo vial de casi cuatro kilómetros que incluye la estructura principal, accesos, intersecciones, distribuidores y más de 100 puentes dentro del trazado. Presentarlo como una obra única puede generar una expectativa equivocada: la reanudación de los trabajos no equivale a la conclusión del corredor ni garantiza que toda la infraestructura quedará operativa al cierre de la administración.

La estrategia anunciada prioriza aquello que puede producir un avance físico y funcional verificable: el componente estructural, las conexiones indispensables para su operación y algunas aproximaciones. El resto quedará para una etapa posterior. Esa decisión puede ser técnicamente razonable si permite concentrar recursos en los elementos que determinan la viabilidad del proyecto, pero también crea un riesgo de infraestructura incompleta. Un puente terminado sin accesos adecuados, distribuidores funcionales o conexiones seguras puede convertirse en un activo costoso con utilidad limitada.

El punto central será comprobar si la modificación técnica resuelve las causas reales de la paralización o simplemente las desplaza. Evitar el traslado de postes reduce una dependencia crítica frente a la empresa eléctrica y disminuye la exposición a permisos y coordinaciones externas. No comprar terrenos adicionales también acorta los tiempos de negociación y reduce la posibilidad de litigios. Sin embargo, el derecho de vía no desaparece por cambiar el diseño. La autoridad tendrá que demostrar que los tramos restantes cuentan con disponibilidad legal y física suficiente para sostener el calendario.

La primera lección: adjudicar antes de asegurar el terreno sale caro

La ministra Zea afirmó que, de haberse mantenido el esquema original, la obra habría ido “directo al fracaso”. La frase apunta a una deficiencia habitual en la contratación pública: adjudicar grandes proyectos sin haber cerrado previamente las condiciones que permiten construirlos. Cuando un contrato nace con puentes sin aproximaciones, tramos sin partidas suficientes o conflictos de propiedad, la empresa puede disponer de un documento contractual, pero no de un frente de trabajo continuo.

El caso Belice 2 ofrece una primera conclusión de alcance sectorial: el riesgo técnico y el riesgo jurídico deben resolverse antes de la adjudicación, no después. La ingeniería de detalle, la liberación del derecho de vía, la identificación de interferencias eléctricas y la compatibilidad entre cada componente deben formar parte de una misma evaluación. Si esos elementos se revisan por separado, el Estado termina pagando por renegociar la viabilidad de una obra que ya había contratado.

La cartera recibida por el CIV refuerza esa lectura. La institución reporta entre 90 y 92 proyectos con trabas técnicas o legales, muchos adjudicados en 2023 con lo que la ministra describió como falta de lógica técnica. El portafolio general contempla 143 proyectos vinculados con aproximadamente 2.700 kilómetros de rutas: 64 activos, con incidencia en 1.308 kilómetros; 19 en estudio, equivalentes a 362,7 kilómetros; 49 reactivados, asociados con 932 kilómetros, y 11 terminados y en uso.

La magnitud de esas cifras cambia la naturaleza del problema. No se trata únicamente de rescatar una obra emblemática, sino de administrar un inventario de contratos con distintos grados de deterioro. Cada proyecto detenido acumula costos indirectos, equipos inmovilizados, deterioro de materiales, pérdida de confianza de contratistas y presión política para acelerar decisiones. La reactivación puede ser necesaria, pero no debería confundirse con una validación automática de los diseños o adjudicaciones originales.

Una reactivación que puede ordenar el gasto, pero también concentrar el riesgo

El segundo punto de análisis está en el contrato cerrado. Mantener el valor de Q1 mil 785 millones ofrece una ventaja fiscal inmediata: el Gobierno evita que el reinicio se convierta en una nueva negociación de precio. El rediseño para trabajar con el monto existente puede proteger el presupuesto frente a ampliaciones, especialmente en un entorno donde las obras inconclusas suelen convertirse en reclamos adicionales y órdenes de cambio.

Pero el mismo mecanismo impone una presión considerable sobre el constructor. Si los costos de la solución técnica aumentan, Grupo Muratori deberá absorberlos o demostrar que el cambio no altera el alcance esencial contratado. En ese escenario pueden aparecer dos consecuencias opuestas. La empresa puede acelerar para proteger su margen, con riesgos para la calidad y la seguridad; o puede ralentizar el proyecto, plantear controversias contractuales y volver a convertir la obra en un conflicto administrativo.

La salida más sólida exige publicar el alcance exacto de la modificación, los planos aprobados, la matriz de riesgos y los hitos de pago. También resulta clave distinguir entre un cambio que optimiza el diseño y uno que reduce prestaciones. La promesa de elevar la capacidad de carga debe estar respaldada por cálculos estructurales, revisiones independientes y criterios de operación de largo plazo. En una infraestructura de esta escala, ahorrar el costo de mover postes no puede traducirse en trasladar el riesgo a la estructura, a los usuarios o a los propietarios vecinos.

La supervisión será especialmente importante porque el avance físico puede ofrecer una imagen engañosa. Superar el 60% no significa necesariamente alcanzar el 60% de la utilidad vial. La estructura principal puede concentrar grandes desembolsos y generar un porcentaje elevado de avance, mientras quedan pendientes los accesos, drenajes, señalización, conexiones y pruebas que determinan la puesta en servicio. El indicador debe combinar avance financiero, avance físico, disponibilidad del derecho de vía y capacidad efectiva de operación.

Usuarios, vecinos y contratista miran obras distintas

Para los usuarios, Puente Belice 2 representa la expectativa de mejorar la conectividad y reducir conflictos de circulación en un corredor de alta relevancia metropolitana. Sin embargo, durante la construcción pueden producirse desvíos, cierres parciales, ruido, afectaciones al comercio y nuevos puntos de congestión. Una obra que se reactiva sin un plan de movilidad temporal puede generar costos inmediatos precisamente en la zona que pretende descongestionar.

Los propietarios y ocupantes cercanos tienen otra prioridad: que la reducción de áreas afectadas no sea solamente una afirmación técnica. El derecho de vía suele involucrar títulos imperfectos, ocupaciones antiguas, negocios familiares y viviendas que dependen del acceso diario. La solución que evite nuevas adquisiciones debe acompañarse de información pública, delimitaciones claras y mecanismos para resolver daños o invasiones. De lo contrario, el conflicto puede reaparecer cuando empiecen las excavaciones o se modifiquen los accesos.

Para Grupo Muratori, el acuerdo abre la posibilidad de reanudar una obra detenida y recuperar continuidad operativa, pero también fija una prueba de capacidad. La empresa tendrá que cumplir un calendario exigente bajo un contrato que, según el CIV, no permite aumentar el precio. La ciudadanía, por su parte, tiene derecho a conocer qué obligaciones se mantienen, qué garantías siguen vigentes y cómo se sancionarán los incumplimientos.

El Ministerio enfrenta una tensión adicional. Necesita demostrar que puede rescatar proyectos heredados sin caer en decisiones improvisadas. La publicación de una metodología —identificar el obstáculo, determinar las gestiones pendientes, explicar la solución y precisar el siguiente hito— es un paso positivo porque permite seguir la cadena de decisiones. No obstante, esa metodología solo será creíble si incluye fechas, responsables, indicadores y evidencia verificable, no únicamente anuncios de reactivación.

El precedente Roosevelt muestra dónde pueden aparecer nuevas demoras

El paso elevado de la calzada Roosevelt ofrece un contraste útil. El CIV informó que tuvo que incorporar renglones de trabajo no previstos mediante órdenes de cambio. Tras realizar pruebas de iluminación y avanzar en la señalización nocturna, la institución prevé inaugurar la estructura en agosto, aunque todavía no ha comunicado una fecha exacta. El episodio revela que incluso una obra cercana a su apertura puede depender de trabajos complementarios que no fueron considerados suficientemente en el diseño original.

Las órdenes de cambio no son necesariamente irregulares: pueden corregir omisiones, adaptar una obra a condiciones descubiertas en campo o cumplir requisitos de seguridad. El problema surge cuando se convierten en un mecanismo habitual para completar proyectos mal planificados. En ese caso, el precio inicial deja de ser una referencia fiable y la comparación entre ofertas pierde valor. Para Puente Belice 2, el compromiso de no alterar el monto debe ir acompañado de una explicación sobre qué contingencias ya fueron identificadas y cuáles todavía permanecen abiertas.

Los 14 proyectos en rutas centroamericanas muestran una presión similar sobre el calendario. Diez deberían concluir en los dos últimos meses del año y cuatro pasarían a 2027 por corresponder al diseño y construcción de puentes. Concentrar tantas entregas al final del año aumenta el riesgo de cierres administrativos apresurados, recepción de obras con pendientes o desplazamiento de problemas hacia el siguiente ejercicio fiscal. La velocidad será políticamente atractiva, pero la calidad de la recepción debe ser el criterio decisivo.

Qué debe ocurrir antes de que el porcentaje se vuelva propaganda

La meta de superar el 60% de avance antes del final del mandato puede funcionar como disciplina de gestión si se transforma en hitos públicos. El CIV debería informar, al menos mensualmente, el avance de la estructura principal, las intersecciones, las aproximaciones y los componentes aún condicionados por el derecho de vía. También debería separar el avance certificado del avance pagado y explicar cualquier desviación frente al programa.

La segunda condición es la auditoría técnica independiente. La modificación que evita mover postes y adquirir terrenos debe ser revisada por especialistas que no participen ni en la contratación ni en la supervisión cotidiana. Esa revisión debería abarcar cargas, vida útil, drenaje, seguridad sísmica, mantenimiento y comportamiento de las conexiones. La reducción de áreas privadas afectadas es valiosa, pero no puede ser el único parámetro para evaluar la alternativa.

La tercera es proteger la continuidad institucional. Zea vinculó la reactivación con la recuperación de la capacidad técnica del CIV y la retención de personal especializado. Ese factor suele quedar fuera del debate presupuestario, aunque determina la calidad de cualquier cartera de infraestructura. Si los equipos cambian con cada administración, el conocimiento sobre contratos, diseños y conflictos se pierde; los proyectos vuelven a diagnosticarse desde cero y aumentan los incentivos para decisiones de corto plazo.

El escenario más favorable es que Belice 2 se convierta en una demostración de cómo corregir un proyecto sin encarecerlo: diseño ajustado, derecho de vía controlado, supervisión abierta y entregas funcionales. El escenario intermedio es que se logre un avance físico importante, pero queden pendientes las conexiones necesarias para operar el corredor. El peor escenario combina retrasos, reclamos de la contratista, nuevas órdenes de cambio y una estructura parcialmente terminada que obligue al próximo gobierno a renegociar prioridades.

La reactivación de agosto será, por tanto, más que una fecha de obra. Será una prueba para el modelo de contratación y rescate que el CIV intenta aplicar a una cartera de 143 proyectos. El éxito no se medirá solo por la presencia de maquinaria en el terreno, sino por la capacidad de convertir una adjudicación técnicamente frágil en infraestructura segura, utilizable y financieramente controlable. La principal promesa no es terminar un puente: es demostrar que el Estado puede volver a planificar antes de construir.

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