Reducir también es soberanía

La discusión sobre soberanía energética en México volvió a centrarse esta semana en un punto que suele quedar fuera del debate público: la eficiencia. El 6 de agosto, durante la conferencia matutina, un comité de 54 científicos presentó a la presidenta Claudia Sheinbaum sus primeros hallazgos sobre el gas natural no convencional y planteó diez recomendaciones para enfrentar la dependencia del país respecto de ese insumo. Entre ellas, una de las menos visibles fue también una de las más inmediatas: consumir menos energía para producir lo mismo.

El planteamiento adquiere relevancia por la estructura actual del abastecimiento. Hoy, tres de cada cuatro partes del gas que usa México provienen de Estados Unidos, una dependencia que se consolidó tras años de menor inversión pública en infraestructura energética, reducción de la exploración de Pemex y pérdida de terreno de la CFE frente a actores privados. Esa combinación dejó al país expuesto a interrupciones externas y reforzó una estrategia basada en importar lo que dejó de producir internamente.

La lección de Texas

La vulnerabilidad quedó expuesta en febrero de 2021, cuando una helada en Texas congeló ductos que abastecen gas a México. La Comisión Federal de Electricidad tuvo entonces que comprar combustible de emergencia a precios extraordinariamente altos, con un costo para el país calculado en decenas de miles de millones de pesos. En el norte del territorio, miles de fábricas se quedaron sin gas ni electricidad durante días, con pérdidas millonarias para la industria. El episodio convirtió una falla meteorológica en un problema de seguridad energética y en una factura económica que terminó distribuyéndose entre el Estado, las empresas y los usuarios.

En ese contexto, la eficiencia energética aparece como una herramienta de respuesta más rápida que perforar nuevos pozos o esperar mejores condiciones externas. Según los cálculos del comité científico, mejorar el uso de la energía podría ahorrar hasta 500 millones de pies cúbicos diarios de gas sin abrir un solo pozo. El dato no cambia por sí solo la matriz energética del país, pero sí muestra que una parte significativa de la demanda puede reducirse antes de pensar en nueva oferta.

Una política menos visible

La eficiencia rara vez ocupa la agenda pública con la misma intensidad que una nueva central eléctrica o un proyecto de extracción. No produce inauguraciones ni simboliza, por sí sola, la idea de independencia energética. Sin embargo, su efecto acumulado puede ser decisivo: una fábrica que consume menos electricidad para fabricar lo mismo, un edificio público que requiere menos energía para operar, o un aparato doméstico que mantiene su desempeño con menor demanda durante años.

Durante décadas, la eficiencia se comunicó como sinónimo de restricción: gastar menos, apagar más, recortar consumo. Esa lectura la redujo a una lógica de sacrificio, cuando en realidad su objetivo es otro: que la energía disponible alcance para más. De ahí que el debate no se limite a cuánto produce México, sino a cuánto deja de desperdiciar. En un país con fuerte dependencia del gas importado, cada unidad ahorrada es también una unidad que no se transporta, no se compra fuera y no expone al sistema a un shock externo.

El papel del Estado es central en esa transición. Actualizar normas para que los equipos consuman menos, construir edificios públicos más eficientes, mejorar el transporte y ayudar a las empresas a producir con el mismo gasto energético son medidas que requieren continuidad institucional. El Programa Sectorial de Energía ya plantea la meta de reducir cada año la energía necesaria para producir lo mismo, una fórmula que en términos prácticos busca desacoplar crecimiento económico y consumo energético.

El debate sobre el gas no convencional seguirá abierto y con argumentos técnicos, ambientales y económicos en disputa. Pero la discusión de fondo apunta a una pregunta más amplia: cuánta energía necesita realmente México para sostener su actividad. La respuesta no depende solo de nuevos pozos o nuevas importaciones. También pasa por algo menos espectacular y, a la vez, más durable: usar mejor lo que ya se tiene. En esa lógica, la soberanía energética no consiste únicamente en producir más, sino en necesitar menos para hacer lo mismo.

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