Riquelme revisa red hidráulica

TORREÓN, Coah.- La supervisión que realizó Miguel Ángel Riquelme Solís a la planta de tratamiento de aguas residuales y a los cárcamos de rebombeo de Torreón no fue una visita protocolaria más. En una ciudad donde el drenaje sanitario depende de infraestructura extendida, costosa de mantener y vulnerable a la saturación por lluvias, el recorrido colocó en primer plano una de las condiciones menos visibles pero más decisivas para la vida urbana: la capacidad real del sistema para sacar, conducir y depurar el agua residual sin colapsar.

El valor de esta revisión se entiende mejor si se observa el contexto. Torreón ha crecido con una presión constante sobre su red hidráulica, mientras la expansión urbana ha exigido más de lo que históricamente puede dar una infraestructura envejecida. En municipios de la Comarca Lagunera, el problema no suele estar en una sola pieza del sistema, sino en la suma de factores: tuberías con desgaste, estaciones de rebombeo que operan al límite, mantenimiento diferido y temporadas de lluvia que ponen a prueba cualquier omisión previa. Cuando el gobierno municipal inspecciona estas instalaciones, en realidad está midiendo el margen de tolerancia de toda la ciudad.

La planta visitada en la colonia Latinoamericana y los cárcamos de La Joya II y California cumplen una función estratégica: concentran y gestionan más del 80 por ciento de las descargas de residuos líquidos de Torreón. Esa cifra explica por sí sola la relevancia del recorrido. No se trata solamente de una obra pública más, sino de una red que sostiene la salubridad cotidiana de cientos de miles de personas. Si esos puntos fallan, el problema deja de ser técnico y se convierte de inmediato en sanitario, económico y social. Un rebose en un cárcamo no produce únicamente malos olores o encharcamientos; interrumpe movilidad, afecta comercios, pone en riesgo viviendas y aumenta la exposición de la población a agentes contaminantes.

Por eso el énfasis de Riquelme Solís en el fortalecimiento de la infraestructura hidráulica debe leerse como una señal política y administrativa. En una etapa en la que los gobiernos locales suelen ser evaluados por obras visibles y de entrega rápida, insistir en drenaje, saneamiento y rebombeo equivale a reconocer que la infraestructura básica es la verdadera base del desarrollo urbano. Las ciudades que descuidan estos sistemas terminan pagando más después, tanto en emergencias como en rehabilitaciones apresuradas. La experiencia de otras urbes mexicanas muestra que una lluvia intensa puede revelar en horas años de subinversión: avenidas convertidas en cauces, colonias anegadas y equipos rebasados por falta de limpieza preventiva o de capacidad instalada.

También hay una dimensión ambiental que no puede subestimarse. La planta de tratamiento no solo recibe aguas residuales; determina el grado en que una ciudad devuelve al entorno líquidos depurados o contaminantes. Si el sistema opera por debajo de los parámetros ambientales, el daño no se limita al punto de descarga, sino que se extiende a suelos, mantos y cauces regionales. En una zona donde el agua es un recurso estructuralmente escaso, mejorar la eficiencia del saneamiento tiene un impacto que rebasa el municipio. Cada ajuste técnico que eleve la calidad del tratamiento reduce presión sobre ecosistemas frágiles y fortalece la gestión futura del recurso.

El anuncio de estrategias de optimización para la planta apunta en la dirección correcta, pero su efectividad dependerá de algo más que la supervisión puntual. La prevención en temporada de lluvias exige rutinas permanentes de desazolve, monitoreo y respuesta rápida; de lo contrario, las acciones quedan reducidas a reacción tardía. La ciudad no enfrenta un dilema abstracto, sino un calendario previsible: cada tormenta fuerte vuelve a poner a prueba la red. Ahí es donde la coordinación entre el municipio y SIMAS adquiere sentido práctico. Si esa coordinación logra pasar del diagnóstico a la ejecución constante, Torreón puede reducir los encharcamientos recurrentes en puntos críticos y amortiguar el costo social de las lluvias.

La visita deja, en suma, una lectura más amplia sobre el tipo de ciudad que quiere sostenerse en el mediano plazo. Invertir en drenaje, saneamiento y rebombeo no produce titulares tan vistosos como una plaza o una vialidad nueva, pero sostiene la salud pública, protege el patrimonio urbano y da estabilidad a la actividad económica. En una metrópoli regional que aspira a crecer con orden, la infraestructura hidráulica no es un asunto periférico: es una condición de gobernabilidad. Lo que se decida hoy sobre estos sistemas definirá si Torreón enfrenta sus próximas lluvias como una emergencia repetida o como un riesgo cada vez más controlado.

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