La costa dominicana ha enfrentado durante décadas problemas estructurales de disposición de aguas residuales. Desde la expansión urbana acelerada de los años setenta, Boca Chica y sus municipios vecinos acumularon redes deficientes que vertían directamente al mar o a cauces superficiales. Esa situación se agravó con el crecimiento del turismo de proximidad desde Santo Domingo y la llegada constante de vuelos al Aeropuerto Internacional Las Américas. Los vertidos sin tratamiento erosionaron la barrera de coral y redujeron la transparencia del agua, afectando la pesca artesanal y la percepción de calidad entre los visitantes.
El Programa de Saneamiento Universal de Ciudades Costeras y Turísticas surge como respuesta a compromisos asumidos por República Dominicana ante organismos multilaterales desde 2015. El Banco Interamericano de Desarrollo ha financiado proyectos análogos en Puerto Plata y Samaná, donde la instalación de plantas de tratamiento y emisarios submarinos elevó la cobertura de saneamiento del 35 % al 78 % en cinco años. Esos precedentes sirvieron de modelo para la intervención en Boca Chica, que replica la combinación de colectores maestros, estaciones de bombeo y líneas de impulsión ya probadas en el norte del país.

La participación de España y Corea del Sur añade componentes tecnológicos específicos. España aporta experiencia en sistemas de membranas de ultrafiltración ya aplicados en la Costa del Sol, mientras que Corea del Sur contribuye con sensores de monitoreo en tiempo real probados en Busan. Esta mezcla de financiamiento y conocimiento técnico reduce el riesgo de obsolescencia que afectó obras anteriores ejecutadas únicamente con recursos locales.
El impacto inmediato se concentra en la salud pública. Estudios del Ministerio de Salud de República Dominicana muestran que los casos de diarrea aguda en niños menores de cinco años bajaron un 41 % en San Pedro de Macorís tras la entrada en operación de su planta de tratamiento. La misma métrica aplicada a Boca Chica permitiría proyectar una reducción similar en Andrés y La Caleta, donde la cobertura actual de alcantarillado apenas alcanza el 28 % de los hogares. Menos hospitalizaciones se traducen en ahorro fiscal y en mayor productividad laboral para las familias que dependen del sector servicios.
En el plano ambiental, el emisario submarino de 1,8 km previsto desplaza la descarga a una profundidad donde las corrientes dispersan los efluentes tratados. Modelos hidrodinámicos elaborados por la Universidad Autónoma de Santo Domingo indican que la concentración de coliformes fecales en la zona de baño podría descender por debajo de los 200 NMP/100 ml exigidos por la norma internacional Blue Flag. Esa mejora protege no solo la barrera de coral frente a Boca Chica, sino también las praderas de pastos marinos que sirven de nursery para especies comerciales como el pargo y la langosta.
El turismo experimentará efectos acumulativos. Boca Chica recibe anualmente más de 800 000 visitantes locales y extranjeros que pernoctan en hoteles todo incluido o en alojamientos informales. La certificación de calidad ambiental facilita la atracción de operadores europeos que exigen estándares de saneamiento para incluir un destino en sus catálogos. El caso de La Romana, donde la modernización del alcantarillado coincidió con un aumento del 19 % en la ocupación hotelera entre 2019 y 2023, ofrece un precedente cercano y verificable.
La comisión de veeduría integrada por diputados, regidores y el Clúster Turístico introduce un mecanismo de rendición de cuentas que no existía en proyectos anteriores. Su mandato de supervisión trimestral puede limitar desviaciones presupuestarias y retrasos, problemas recurrentes en la ejecución de obras públicas dominicanas. Sin embargo, la efectividad de esta instancia dependerá de que reciba acceso oportuno a datos técnicos y recursos para realizar inspecciones independientes.
A escala regional, el programa que supera el millón de beneficiarios crea un corredor de saneamiento entre Santo Domingo y Punta Cana. Esta continuidad reduce el riesgo de contaminación transfronteriza entre provincias y establece un estándar replicable para otras islas del Caribe que enfrentan presiones similares por el cambio climático y el aumento del nivel del mar. La experiencia acumulada en Boca Chica podría servir de referencia para Haití y Jamaica cuando busquen financiamiento multilateral para sus propias zonas costeras.
El verdadero desafío radica en el mantenimiento posterior. Plantas de tratamiento en el Caribe han fallado por falta de presupuesto operativo y capacitación continua del personal. El contrato con el INAPA y la Corporación de Acueducto y Alcantarillado de Boca Chica incluye cláusulas de transferencia tecnológica, pero su cumplimiento debe vigilarse durante al menos una década. Solo así el alcantarillado dejará de ser una obra aislada y se convertirá en infraestructura resiliente que sostenga el desarrollo turístico y la calidad de vida de la población por varias generaciones.
