Servicio doméstico en Argentina: cambios y persistencias

Hacia 1920, la demanda de empleadas domésticas encabezaba los avisos clasificados de los diarios de Buenos Aires. Esa primacía reflejaba una estructura social donde el trabajo en hogares ajenos constituía una de las principales vías de inserción laboral para las mujeres de sectores populares. Hoy, casi un siglo después, las cifras de la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC indican que unas 800 mil mujeres trabajan en casas particulares en el país, con 70 mil en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y ocho mil en Santiago del Estero. La continuidad de estos números invita a examinar qué ha cambiado y qué permanece en esta ocupación.

De la contratación “cama adentro” al predominio por horas

Entre 1890 y 1920, las familias de clase alta y media alta preferían empleadas que residieran en la casa. Con el paso de las décadas, la modalidad “con retiro” ganó terreno hasta convertirse en la forma más extendida. Este desplazamiento respondió tanto a transformaciones en los estilos de vida urbanos como a la mayor disponibilidad de transporte público. Sin embargo, la transición no eliminó del todo la convivencia prolongada entre empleada y empleador, que sigue existiendo en algunos casos y plantea interrogantes sobre los límites entre lo laboral y lo personal.

Los lugares de origen de las trabajadoras también se modificaron en tres grandes etapas. Las primeras décadas del siglo XX vieron llegar a españolas e italianas. Entre 1930 y 1960 predominaron las migrantes internas provenientes del noroeste argentino. En la actualidad, las paraguayas, bolivianas y peruanas constituyen el grupo más numeroso, especialmente en Buenos Aires. Cada ciclo migratorio aportó dinámicas distintas de inserción y de negociación de condiciones laborales.

Una ocupación feminizada y poco registrada

El Censo Nacional de 1895 mostraba que el servicio doméstico representaba entre el 35 % y el 40 % de la población económicamente activa femenina. Aunque al principio existían varones en el sector, la feminización se consolidó rápidamente hasta alcanzar el 98 % del total. Esta composición persistente revela una división sexual del trabajo que asigna a las mujeres las tareas de reproducción de la vida cotidiana.

A pesar de reformas como la Ley 26.844 de 2013, que amplió derechos laborales, el sector sigue concentrando altos niveles de informalidad. La superposición entre trabajo no registrado y sector informal continúa siendo una característica estructural que limita el acceso a protección social y jubilatoria para miles de trabajadoras.

Servicio doméstico en Argentina: cambios y persistencias

El aporte de Santiago del Estero a la fuerza laboral

La provincia de Santiago del Estero experimentó una fuerte erosión demográfica durante el siglo XX. Entre 1947 y 1960 su población disminuyó en términos absolutos. Los varones emigraron como trabajadores golondrinas hacia las cosechas de la pampa húmeda, mientras que las mujeres se dirigieron a Buenos Aires para desempeñarse en el servicio doméstico. Esta migración femenina, a diferencia de la masculina, resultó mayoritariamente definitiva. Las “mucamas santiagueñas” se integraron a hogares porteños sin retornar, contribuyendo de forma silenciosa a la reproducción de la vida urbana.

Del trabajo invisible a la economía del cuidado

Durante siglos, cocinar, limpiar, lavar y cuidar niños o ancianos fueron considerados deberes naturales de las mujeres y, por tanto, quedaron fuera del reconocimiento económico y simbólico. La literatura y la pintura han dejado constancia de esta realidad: desde Dickens y Balzac hasta Vermeer y Berni. En Argentina, autores como Manuel Mujica Láinez reflejaron las relaciones de servidumbre en las grandes casas de Buenos Aires.

Investigadoras como Elizabeth Jelin, Santiago Canevaro y Ania Tizziani han señalado que la frase “es como de la familia” condensa tanto el afecto como la desigualdad inherente a estas relaciones. La pandemia de Covid-19 puso en evidencia que, cuando el trabajo de cuidado se interrumpe, toda la vida social se resiente. Este reconocimiento impulsó el debate hacia la noción de economía del cuidado, que considera estas tareas esenciales para el sostenimiento de la sociedad.

Tecnología y persistencia del factor humano

En el siglo XXI conviven aspiradoras robotizadas y aplicaciones de contratación con la necesidad insustituible de atención personalizada. Ningún dispositivo puede reemplazar la paciencia requerida para acompañar a un niño enfermo o a un anciano en sus últimos años. Esta tensión entre automatización y presencia humana plantea nuevos desafíos para la regulación del sector y para la valoración social del trabajo doméstico.

El análisis histórico muestra que el servicio doméstico ha funcionado como termómetro de las desigualdades de género, clase y origen geográfico. Las cifras actuales y la persistencia de la informalidad indican que, pese a los avances normativos, la ocupación sigue ocupando un lugar ambiguo: indispensable para el funcionamiento cotidiano de los hogares, pero todavía desvalorizada en términos de derechos y reconocimiento.

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