La soja argentina mantiene una brecha promedio de 880 kilos por hectárea, equivalente al 28 por ciento del rendimiento potencial en condiciones de secano. Esta diferencia persiste pese a la disponibilidad de tecnologías de manejo que podrían reducirla de manera significativa. Roberto Rotondaro y Matías Saks, de Fertilizar Asociación Civil, identificaron la nutrición balanceada y el control integrado de plagas como los dos pilares que permitirían capturar ese potencial perdido en los lotes ya sembrados.
¿Por qué el fósforo sigue marcando la diferencia?
El fósforo no solo eleva el rendimiento directo, sino que también sostiene la fijación biológica de nitrógeno al promover la formación de nódulos. Cuando los niveles de este nutriente resultan insuficientes, la planta reduce su capacidad de incorporar nitrógeno atmosférico y el ciclo productivo se debilita desde la base. Actualmente, cerca del 60 por ciento de los lotes argentinos muestra valores de fósforo próximos a la insuficiencia y el balance de nutrientes continúa siendo negativo. Una fertilización adecuada puede incrementar hasta un 37 por ciento la eficiencia en el uso del agua, un recurso estratégico en sistemas de secano.
En la campaña 2025 solo se fertilizó el 48 por ciento del área de soja de primera y el 17 por ciento de la soja de segunda. Esta baja adopción revela que muchos productores aún perciben la práctica como un costo variable más que como una inversión estructural. Sin embargo, los datos de ensayos regionales indican que la reposición de fósforo genera retornos consistentes incluso en años de precios moderados del grano.

El picudo negro deja de ser problema regional
El avance del picudo negro de la vaina (Rhyssomatus subtilis) representa un segundo factor que amplía la brecha de rendimiento. La plaga, antes confinada al NOA, ya produjo daños en Córdoba y Santa Fe durante la última campaña, con pérdidas que oscilaron entre el 10 y el 100 por ciento del rendimiento según el nivel de infestación. Matías Medrano, de la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres, advirtió que las nuevas zonas afectadas pueden anticiparse aprovechando la experiencia acumulada en el noroeste.
La dispersión de la plaga plantea un desafío logístico y sanitario que trasciende las fronteras provinciales. Los productores de las regiones recientemente alcanzadas enfrentan la necesidad de adoptar protocolos de monitoreo temprano y tratamientos preventivos que hasta ahora eran opcionales. La falta de coordinación entre provincias podría acelerar la expansión del insecto y elevar los costos de control en toda la cadena sojera.
Una visión integral del manejo
La fertilización estratégica y el control del picudo negro no operan de forma aislada. Un enfoque integrado que combine diagnóstico de nutrientes, rotación con gramíneas, monitoreo sistemático y tratamientos oportunos permite elevar la productividad sin expandir la frontera agrícola. Esta estrategia también mejora la calidad del grano y reduce la vulnerabilidad frente a eventos climáticos extremos.
Los datos de Fertilizar Asociación Civil muestran que los lotes con reposición completa de fósforo alcanzan rendimientos hasta un 15 por ciento superiores a los que reciben aplicaciones parciales o nulas. Al mismo tiempo, los ensayos de la EEAOC confirman que la rotación con cultivos de cobertura disminuye la presión del picudo negro en un 25 por ciento promedio. Estos resultados respaldan la idea de que la brecha de rendimiento no es un límite técnico insuperable, sino el resultado de decisiones de manejo fragmentadas.
Perspectivas de productores, investigadores y exportadores
Los productores medianos y grandes coinciden en que el costo inicial de la fertilización representa una barrera cuando los precios del grano bajan. Sin embargo, aquellos que mantienen programas continuos de reposición de nutrientes reportan mayor estabilidad de rendimientos a lo largo de las campañas. Los investigadores destacan que la adopción de estas prácticas requiere acompañamiento técnico sostenido y no solo recomendaciones puntuales.
Los exportadores, por su parte, observan que un grano con mejor contenido proteico derivado de una nutrición adecuada puede mejorar la competitividad argentina en mercados exigentes. Esta ventaja comercial queda subestimada cuando el foco se coloca únicamente en el volumen producido. El diálogo entre estos actores revela tensiones entre el corto plazo financiero y la construcción de sistemas productivos más resilientes.
Riesgos de inacción y tendencias esperadas
Si la adopción de fertilización y manejo integrado de plagas no se acelera, la brecha de rendimiento podría estabilizarse o incluso ampliarse en las próximas campañas. La expansión continua del picudo negro sin protocolos nacionales de contención elevaría los costos de producción y reduciría la rentabilidad de las nuevas zonas sojeras. Además, la degradación progresiva de los suelos por balances negativos de nutrientes comprometería la sostenibilidad a mediano plazo.
Las proyecciones indican que la demanda mundial de soja seguirá creciendo, pero los compradores premiarán cada vez más la trazabilidad y la eficiencia en el uso de recursos. Argentina cuenta con la ventaja de poder aplicar tecnologías ya probadas; el riesgo principal radica en la lentitud de su adopción masiva. Una estrategia coordinada entre asociaciones técnicas, organismos públicos y productores podría transformar la brecha actual en una oportunidad de diferenciación productiva.
