Suelo público para VPO en Cerro Muriano

La decisión de la Diputación de Córdoba de sacar al mercado dos parcelas en Cerro Muriano para promover alrededor de 55 viviendas protegidas no responde solo a una operación patrimonial. En realidad, refleja un giro cada vez más visible en las administraciones provinciales: cuando el acceso a la vivienda se convierte en una restricción estructural, el suelo público deja de ser un activo pasivo y pasa a funcionar como una palanca de política social. En este caso, los terrenos de la calle General Castaños, valorados inicialmente en 1,35 millones de euros, entran en una lógica distinta a la de la mera desinversión. La institución quiere convertirlos en capacidad residencial efectiva, algo mucho más escaso y valioso que la suma contable del inventario.

La operación llega en un momento en que el problema de la vivienda ha dejado de concentrarse exclusivamente en las grandes capitales. El encarecimiento del alquiler, la falta de oferta asequible y la dificultad para acceder a una hipoteca alcanzan también a municipios medianos y a núcleos periféricos con cierta presión de demanda. Cerro Muriano, por su localización dentro del término municipal de Córdoba y su conexión con la dinámica urbana de la capital, representa bien ese cambio de escenario. No se trata de construir en un vacío demográfico, sino en un entorno donde la vivienda protegida puede actuar como contrapeso frente a la expulsión de jóvenes, trabajadores con ingresos medios y familias que ya no encuentran alternativas razonables en el mercado libre.

El elemento más relevante del procedimiento no es la venta en sí, sino la forma en que se va a adjudicar. La Diputación ha anunciado que no primará únicamente la oferta económica, sino también criterios sociales y de calidad de proyecto, con exigencia de anteproyectos para comparar propuestas. Esa decisión introduce una lectura de fondo: la administración reconoce que el precio del suelo no garantiza por sí solo el interés público, y que en la promoción de vivienda protegida la calidad urbanística, la eficiencia constructiva y la adecuación social del diseño pesan tanto como el ingreso inmediato que pueda obtenerse por la enajenación. En la práctica, esto obliga a las empresas aspirantes a competir no solo por capacidad financiera, sino por solvencia técnica y compromiso con un producto residencial que no quede atrapado en la lógica del mínimo cumplimiento.

Esa exigencia puede tener consecuencias más amplias de las que sugieren las cifras del proyecto. Si la fórmula funciona, la Diputación habrá creado un precedente útil para otras administraciones locales y provinciales que poseen suelo infrautilizado pero dudan entre conservarlo, subastarlo o reservarlo para vivienda asequible. El mensaje es claro: el patrimonio público puede producir valor social sin renunciar a criterios de eficiencia. Para el sector promotor, esto también supone un cambio de marco. Las promociones de VPO dejan de ser expedientes marginales o meramente compensatorios y pasan a requerir una competencia real por calidad, algo que puede elevar el estándar de futuras operaciones públicas en la provincia.

La iniciativa adquiere todavía más peso si se observa junto al plan paralelo de 46 viviendas protegidas en alquiler asequible en 11 municipios cordobeses, con una inversión global de unos 5,5 millones de euros y ejecución a través de CINCO. La coexistencia de ambos programas apunta a una estrategia de doble vía: por un lado, suelo para propiedad o promoción protegida en un entorno urbano con demanda más visible; por otro, alquiler asequible en municipios pequeños donde el mercado privado suele ser demasiado estrecho para sostener ofertas variadas. Esa combinación importa porque reconoce que el problema de la vivienda no es homogéneo. En la capital y su corona metropolitana pesa más el acceso inicial; en buena parte del interior provincial, el reto suele ser evitar que la falta de oferta consolide la pérdida de población.

El fondo político de la operación es igualmente relevante. Fuentes ha vinculado esta política con la fijación de población y la mejora de la calidad de vida en los municipios, una formulación que va más allá del discurso habitualmente repetido sobre vivienda. Cuando una administración provincial interviene en suelo y promoción residencial, en realidad está actuando sobre uno de los factores que más condicionan la permanencia de hogares jóvenes y la estabilidad laboral de las economías locales. La vivienda asequible influye en la capacidad de retener profesorado, sanitarios, personal técnico, pequeños autónomos y trabajadores de servicios, perfiles que sostienen la vida cotidiana de los municipios y que suelen ser los primeros en desplazarse cuando los precios se desalinean con los salarios.

También hay un aspecto de disciplina institucional que conviene subrayar. La Diputación no está improvisando una respuesta puntual, sino usando su patrimonio para articular una política prolongada. En términos de gestión pública, eso significa transformar suelo en instrumento de planificación, no en un simple activo contable. Si el proceso de licitación se resuelve con transparencia y la calidad de las viviendas responde a lo anunciado, el impacto puede extenderse más allá de Cerro Muriano. Podría reforzar la credibilidad de la institución como agente capaz de intervenir donde el mercado no ofrece soluciones suficientes y, al mismo tiempo, alimentar un modelo de colaboración con promotores privados sometido a condiciones más exigentes y orientado al interés general.

El resultado final dependerá de varios factores: la actualización real del valor del suelo, la rapidez administrativa, la capacidad de atraer ofertas solventes y la coordinación con el planeamiento urbano y las infraestructuras del entorno. Pero incluso antes de que se coloque la primera piedra, la operación ya ha dejado una señal nítida. Córdoba está ensayando una respuesta que entiende la vivienda como una cuestión de estructura social y no solo de mercado. En un contexto de precios tensos y de escasez persistente, esa lectura puede parecer modesta en volumen, pero es estratégica en método. Si se consolida, marcará una forma distinta de usar el patrimonio público: no como reserva inmóvil, sino como herramienta activa para sostener población, orden urbano y cohesión territorial.

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