La ministra de Hidrocarburos, Paulo Henao, informó que la producción petrolera venezolana se mantuvo en 1,2 millones de barriles diarios tras los sismos del miércoles, sin alteraciones en los pozos activos ni en el suministro interno de gas y combustibles. Sin embargo, los cortes de energía afectaron directamente la refinería El Palito, el Complejo Petroquímico Morón y las plantas generadoras Planta Centro y Termocentro, dejando estas instalaciones operando muy por debajo de su capacidad.
Este contraste entre la continuidad upstream y la parálisis downstream revela una estructura sectorial fragmentada donde la extracción logra sostenerse gracias a sistemas de respaldo locales, mientras el procesamiento y la distribución dependen de una red eléctrica nacional ya deteriorada antes de los eventos sísmicos.

Resiliencia selectiva del sector extractivo
Los pozos petroleros venezolanos operan en gran medida con generación propia o conexiones dedicadas que los aíslan parcialmente de fallas generalizadas en el sistema interconectado nacional. Esta configuración permite que la extracción continúe incluso cuando las refinerías y complejos petroquímicos quedan sin suministro, como ocurrió en El Palito y Morón. El resultado es una aparente normalidad en las cifras de producción que oculta cuellos de botella acumulados en etapas posteriores de la cadena de valor.
La experiencia de 2019, cuando apagones prolongados redujeron temporalmente la capacidad de refinación en más de 60 %, muestra que estos episodios no son aislados. Cada interrupción añade costos de reinicio y mantenimiento que erosionan la rentabilidad ya comprometida por años de sanciones y falta de inversión en infraestructura.
Impacto diferenciado en actores clave
Para el gobierno, mantener el nivel de 1,2 millones de barriles diarios representa un mensaje de estabilidad ante socios como China e India, principales compradores actuales. Sin embargo, los trabajadores de las instalaciones afectadas reportan que la reactivación avanza con lentitud por la imposibilidad de alimentar unidades de proceso críticas, lo que genera incertidumbre sobre pagos y condiciones laborales en el mediano plazo.
Las comunidades cercanas a las refinerías enfrentan riesgos adicionales: la falta de electricidad impide el funcionamiento normal de sistemas de seguridad y control de emisiones, elevando la probabilidad de incidentes ambientales. Mientras tanto, importadores de productos petroquímicos básicos ya anticipan retrasos que podrían encarecer insumos para la agricultura y la industria manufacturera local.
Tres dinámicas estructurales que se consolidan
Primero, la brecha entre producción de crudo y capacidad de refinación se amplía con cada evento que afecta la red eléctrica. Venezuela exporta cada vez más petróleo crudo y depende más de importaciones de combustibles terminados, una paradoja que reduce márgenes y aumenta la vulnerabilidad a fluctuaciones de precios internacionales.
Segundo, la dependencia de generación térmica localizada en las propias instalaciones petroleras se convierte en factor diferenciador. Las empresas mixtas con mayor autonomía energética mantienen mejor desempeño que las refinerías conectadas al sistema nacional, lo que podría acelerar una reconfiguración de prioridades de inversión hacia activos con menor exposición a la red pública.
Tercero, los sismos exponen la fragilidad acumulada de la infraestructura crítica construida hace décadas sin actualizaciones sísmicas ni redundancias modernas. La lentitud en la recuperación de Planta Centro y Termocentro sugiere que los tiempos de respuesta se alargan a medida que el equipo envejece y escasean repuestos.
Escenarios futuros y riesgos latentes
Si la actividad sísmica persiste o se intensifica, el principal riesgo es una interrupción prolongada de la refinación que obligue a racionar combustible doméstico o a destinar divisas escasas a importaciones de emergencia. Un segundo riesgo es que la percepción de normalidad en la producción upstream disuada inversiones urgentes en resiliencia eléctrica, postergando soluciones estructurales.
En el mediano plazo, la combinación de sismos recurrentes y limitaciones de capital podría consolidar un modelo de operación minimalista: extraer y exportar crudo mientras se minimiza el procesamiento local. Este camino reduce la creación de valor agregado dentro del país y aumenta la exposición a decisiones de compradores externos.
La reconstrucción de la red eléctrica en zonas petroleras requerirá priorización explícita de recursos y coordinación entre PDVSA, el Ministerio de Energía Eléctrica y operadores privados. Sin esa coordinación, cada nuevo evento sísmico repetirá el mismo patrón de continuidad nominal en la extracción y deterioro progresivo en las etapas de transformación y distribución.
