UNAM rompe con Territorium tras fallas en examen virtual

La decisión de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) de terminar anticipadamente el contrato con Territorium Life marca un giro institucional frente a la controversia que rodeó su primer examen de ingreso a licenciatura aplicado completamente en línea. No se trata únicamente de sustituir a un proveedor tecnológico: la universidad ha puesto en revisión la confiabilidad de un proceso que determina el acceso a la educación superior pública y que, por su propia naturaleza, exige condiciones verificables de igualdad, seguridad y trazabilidad.

Hugo Concha Cantú, abogado general de la UNAM, informó que la institución designará a una empresa especializada para realizar una auditoría tecnológica de la plataforma utilizada durante la evaluación. Además, el rector Leonardo Lomelí solicitó a la Auditoría Superior de la Federación (ASF) revisar el contrato. La doble revisión —una técnica y otra vinculada con el uso de recursos públicos— revela que el problema ya no se limita a posibles errores operativos. También alcanza la contratación, la supervisión institucional y la responsabilidad de preservar la integridad de los resultados.

El punto de quiebre: de la innovación a la verificación

La UNAM no ha presentado, hasta ahora, una conclusión definitiva sobre qué ocurrió durante el examen ni ha confirmado públicamente que existiera una extracción ilegal de información. Las autoridades han hablado de “diversas irregularidades”, mientras aspirantes denunciaron problemas relacionados con la prueba y con el posible uso de inteligencia artificial. Esa diferencia entre las acusaciones, los indicios técnicos y los hechos comprobados es central: una auditoría debe establecer si hubo fallas de diseño, interrupciones, vulnerabilidades, accesos indebidos, patrones anómalos de respuesta o una combinación de varios factores.

Concha Cantú explicó que la revisión deberá examinar servidores, discos, registros de actividad y el funcionamiento integral de la plataforma. Su argumento es relevante porque desplaza la discusión desde la especulación hacia la evidencia digital. Los servidores pueden conservar datos sobre sesiones, salidas de información y destinos de determinadas transferencias, pero la existencia de registros no garantiza por sí sola una explicación completa. Será necesario determinar si los datos fueron preservados sin alteraciones, quién tuvo acceso a ellos, durante cuánto tiempo y si la arquitectura del sistema permitía reconstruir cada incidente.

La terminación del contrato tampoco equivale a una declaración de culpabilidad contra Territorium Life. Puede representar una medida de control de daños, una decisión preventiva o una respuesta contractual ante incumplimientos que todavía deben documentarse. La empresa, al igual que la universidad, tiene interés en que se aclare el episodio: para la UNAM está en juego la legitimidad de su admisión; para el proveedor, la credibilidad de una plataforma destinada a procesos de alta sensibilidad. Sin peritajes independientes y acceso a la información contractual, cualquier conclusión anticipada podría afectar tanto a los aspirantes como a las partes involucradas.

El mercado de oficinas en México se recupera, pero privilegia espacios listos para operar

El examen presencial funcionará como prueba de control

La universidad anunció una evaluación presencial entre el 12 y el 19 de agosto de 2026. Se realizará en León, Guanajuato, los días 12 y 13; en Oaxaca, Oaxaca, el 13; en Tijuana, Baja California, los días 15 y 16; y en Ciudad de México, del 17 al 19 de agosto. No será una convocatoria abierta para cualquier persona: podrán participar quienes presentaron el examen original este año y obtuvieron un número de aciertos igual o superior al menor de los mínimos registrados entre 2021 y 2026.

Ese criterio intenta equilibrar dos objetivos difíciles de conciliar. Por un lado, evita obligar a todos los aspirantes a repetir una prueba si sus resultados no estuvieron vinculados con las anomalías denunciadas. Por otro, establece una puerta de acceso para quienes alcanzaron un nivel de desempeño que, bajo referencias históricas, podría haberlos colocado cerca de una opción competitiva. Sin embargo, el umbral también puede generar inconformidad: un resultado ligeramente inferior deja fuera a una persona que podría sostener que fue afectada por una interrupción o por condiciones desiguales de aplicación.

El examen de control no resolverá automáticamente todas las disputas. Si sus resultados se utilizan para confirmar o modificar decisiones de admisión, la UNAM tendrá que explicar qué valor probatorio le atribuye frente a la evaluación virtual. Una prueba presencial posterior no puede borrar retrospectivamente una falla tecnológica; únicamente puede aportar una nueva medición. La comparación entre ambos resultados deberá considerar diferencias de modalidad, tiempo, supervisión, condiciones físicas y preparación adicional de los aspirantes.

La primera gran consecuencia recae en los aspirantes

Para las personas que buscan ingresar a la UNAM, la crisis tiene un costo que no aparece en una hoja de balance. Quienes presentaron el examen ya invirtieron meses de preparación y ahora enfrentan incertidumbre sobre la validez de su desempeño. Quienes sean convocados al control presencial tendrán que trasladarse a una de las cuatro sedes, reorganizar actividades y asumir posibles gastos de transporte, hospedaje o alimentación. La concentración de sedes en León, Oaxaca, Tijuana y Ciudad de México puede ser operativamente razonable, pero no elimina las desigualdades territoriales.

El problema se agrava para quienes viven lejos de esas ciudades, tienen limitaciones económicas o requieren condiciones especiales de accesibilidad. Una política correctiva que busque restablecer la igualdad puede producir nuevas cargas si no contempla apoyos concretos. La sección de dudas y aclaraciones anunciada por la universidad es necesaria, aunque insuficiente si no ofrece respuestas públicas sobre criterios de elegibilidad, procedimientos de revisión, protección de datos, atención a incidencias y efectos de un eventual empate o discrepancia entre los exámenes.

La institución también debe cuidar la privacidad. Una auditoría tecnológica puede implicar el análisis de registros de conexión, identificadores de dispositivos, imágenes, datos biométricos o conversaciones de soporte, dependiendo de las herramientas utilizadas. La revisión debe limitarse a lo necesario, establecer controles de acceso y definir plazos de conservación. La transparencia no debe convertirse en una exposición adicional de información personal de miles de postulantes.

Contratar una plataforma no significa delegar la responsabilidad

La controversia expone una primera lección para el sector educativo: la externalización tecnológica no transfiere la responsabilidad pública. Aunque un proveedor opere servidores, sistemas de vigilancia o mecanismos de autenticación, la universidad conserva el deber de garantizar que el proceso sea confiable y defendible ante los aspirantes. Esto exige evaluar la plataforma antes de una convocatoria masiva, realizar pruebas de carga, auditorías de seguridad, simulacros de contingencia y ejercicios de penetración, además de definir con precisión quién decide cuando aparece una anomalía.

El segundo punto es contractual. Los acuerdos para exámenes de admisión deberían incluir obligaciones verificables sobre disponibilidad del servicio, recuperación ante fallas, conservación de bitácoras, notificación de incidentes, subcontratación, ubicación de los datos y acceso de peritos independientes. También necesitan establecer remedios claros: penalizaciones, reposición de pruebas, devolución de pagos si los hubiera y mecanismos para preservar evidencia. Una cláusula genérica de confidencialidad no sustituye un protocolo de respuesta ante incidentes.

La solicitud de una auditoría a la ASF añade una dimensión de rendición de cuentas. La revisión puede esclarecer cómo se adjudicó el contrato, qué criterios técnicos se utilizaron, si las obligaciones fueron supervisadas y si el gasto correspondió con el servicio recibido. No obstante, una auditoría financiera o administrativa no reemplaza el peritaje forense de la plataforma. Son investigaciones complementarias: una reconstruye decisiones y responsabilidades institucionales; la otra busca establecer qué sucedió dentro del sistema.

IA, vigilancia y el límite de la seguridad automatizada

Las denuncias sobre un posible uso de inteligencia artificial durante el examen reflejan una tensión que atraviesa a todo el mercado de evaluación remota. Las herramientas automatizadas pueden detectar comportamientos atípicos, comparar patrones o identificar cambios en la interacción de un usuario. Pero una alerta algorítmica no es equivalente a una prueba de fraude. El movimiento de la mirada, una conexión inestable, el uso de un dispositivo compartido o una respuesta inusualmente rápida pueden producir falsos positivos.

La posición contraria también merece atención. Si la universidad elimina por completo los controles automatizados, puede dejar expuesto un proceso que debe atender a un gran número de participantes en poco tiempo. El debate no debería plantearse como tecnología contra presencialidad, sino como sistema de controles graduados. Una alerta de IA tendría que activar una revisión humana, permitir que la persona explique el incidente y conservar una ruta de apelación. La decisión final no debería descansar en un indicador opaco cuyo funcionamiento ni el aspirante ni la propia institución puedan auditar.

La crisis puede acelerar la adopción de modelos híbridos en México: registro y gestión digital, pero aplicación presencial para las etapas de mayor impacto; o exámenes remotos con centros supervisados regionalmente. Esa fórmula elevaría costos logísticos, aunque reduciría la dependencia de un único entorno doméstico y de conexiones desiguales. Para una institución del tamaño de la UNAM, el desafío consistirá en demostrar que la eficiencia digital no se obtiene a costa de la igualdad de oportunidades.

Lo que la universidad debe explicar antes de cerrar el caso

La UNAM enfrenta una disputa de confianza, no sólo una falla técnica. Para recuperarla tendrá que publicar un calendario de auditoría, identificar a los responsables de realizarla y precisar qué aspectos serán evaluados. También debería informar cuántos aspirantes participaron, cuántas incidencias fueron registradas, qué tipos de anomalías se documentaron y cómo se distinguirán los problemas atribuibles a la plataforma de los relacionados con equipos o conexiones particulares. La información puede ofrecerse sin revelar datos personales ni facilitar vulnerabilidades de seguridad.

Los aspirantes, por su parte, no son observadores pasivos. Necesitan canales de inconformidad con folios, plazos de respuesta y decisiones motivadas. Si un resultado cambia, la universidad tendrá que explicar la base técnica y normativa de esa modificación. Las organizaciones estudiantiles y especialistas en protección de datos probablemente exigirán participar como observadores o conocer al menos la metodología de revisión. La legitimidad será mayor si la investigación no queda encerrada entre la institución y el proveedor.

El episodio también puede convertirse en referencia para otras universidades públicas que consideran migrar sus procesos de admisión a internet. La presión por ampliar cobertura, reducir traslados y acelerar resultados favorece las soluciones digitales, pero la experiencia muestra que el examen de ingreso no es una operación administrativa ordinaria. Es una decisión de alto impacto individual y colectivo. Cada minuto de indisponibilidad, cada registro perdido y cada criterio no explicado puede traducirse en una impugnación legítima.

El riesgo mayor es normalizar resultados que nadie puede defender

En el corto plazo, la prioridad será garantizar que el examen presencial de control tenga reglas transparentes, capacidad suficiente y condiciones comparables en las cuatro regiones. También será necesario evitar que la urgencia conduzca a otra implementación improvisada. Si la universidad comunica poco, la incertidumbre alimentará rumores sobre filtraciones, privilegios o manipulación; si comunica demasiado sin evidencia, puede comprometer la investigación y la privacidad de los participantes.

A mediano plazo, el resultado de las auditorías debería traducirse en cambios permanentes: certificaciones técnicas periódicas, supervisión externa, protocolos públicos de contingencia y contratos con responsabilidades medibles. La terminación de Territorium Life puede ser una medida necesaria, pero no será una solución estructural si la UNAM conserva el mismo modelo de gobernanza tecnológica. Cambiar de proveedor sin modificar los controles sólo desplaza el riesgo.

La decisión de romper el contrato abre una oportunidad para redefinir qué significa un examen digital confiable. La respuesta no se medirá únicamente por la estabilidad de los servidores o por la capacidad de detectar conductas sospechosas, sino por la posibilidad de explicar cada resultado ante quienes compiten por un lugar. Si la auditoría logra reconstruir los hechos y la evaluación de control se aplica con reglas justas, la universidad podrá contener el daño. Si no, la controversia puede extenderse a impugnaciones, costos adicionales y una pérdida de confianza que afectaría futuras generaciones de aspirantes.

Artículos relacionados

Últimos artículos