2027: crecimiento tibio, desinflación lenta

La foto macroeconómica que se proyecta para el bienio 2026-2027 no ofrece un quiebre, sino una continuidad incómoda: crecimiento positivo, pero insuficiente para recomponer rápido el ingreso; desinflación sostenida, pero demasiado gradual para reordenar expectativas en poco tiempo; y un frente externo robusto, capaz de dar aire, aunque no de resolver por sí solo las tensiones políticas y sociales que acompañan a una economía todavía frágil. Ese es el dato central que conviene retener. No hay aquí una crisis abierta ni una recuperación vigorosa, sino un sendero de estabilización que mejora algunos indicadores duros mientras deja pendientes los más sensibles para la vida cotidiana: empleo, salarios reales y crédito.

La proyección de actividad confirma ese diagnóstico. Un crecimiento del producto de entre 1,7% y 2,1% en 2026, con una aceleración moderada hacia 2,5% en 2027, implica expansión genuina pero no necesariamente bienestar distribuido. En economías que vienen de caídas previas o de largos períodos de estancamiento, tasas de ese orden suelen ser celebradas en los balances oficiales y, al mismo tiempo, percibidas como insuficientes por hogares y empresas. La razón es simple: cuando el arrastre estadístico y la heterogeneidad sectorial pesan tanto, el promedio no alcanza a ocultar que hay actividades que crecen más por recuperación de piso que por una mejora estructural. El contraste con las estimaciones del mercado y del FMI, más optimistas, también es revelador: allí no solo hay diferencias de pronóstico, sino de hipótesis sobre la velocidad de recomposición interna.

El primer punto de fondo es que la desinflación, aunque avance, no garantiza alivio político. Cerrar 2026 con una inflación cercana al 30% e ingresar a 2027 con un nivel todavía alrededor del 21% significa seguir viviendo en un régimen de precios altos. En términos comparados, son mejoras claras respecto de los registros recientes, pero no una normalización. Para el comercio minorista, la industria con inventarios y los trabajadores informales, el problema no es solo cuánto sube el índice general, sino la persistencia de la indexación defensiva: listas de precios que se corrigen tarde pero fuerte, contratos que se renegocian con desconfianza y decisiones de consumo que continúan anticipándose o postergándose según la expectativa del mes siguiente. La baja de la inflación reduce el daño, pero no reconstruye de inmediato la previsibilidad.

Ese matiz importa porque el mercado laboral suele responder con retraso. Con una actividad que crece poco, las empresas recuperan márgenes antes de ampliar plantillas; prefieren estabilizar turnos, recomponer capital de trabajo y normalizar balances. En ese marco, la mejora del producto puede convivir con una sensación social de estancamiento si la creación de empleo formal no despega y si los salarios reales tardan en ganarle a los precios. La historia económica reciente de Argentina muestra que una desinflación sin dinamismo suficiente tiende a producir un alivio estadístico antes que una mejora masiva del poder de compra. Por eso, la discusión política de 2027 probablemente no se ordene alrededor del dato agregado de inflación, sino de la capacidad del modelo para traducirse en ingresos visibles.

El segundo punto es que el superávit comercial aparece como el pilar más sólido del esquema. Un saldo de bienes de 29.050 millones de dólares en 2026, con exportaciones en torno de 104.500 millones, es una señal de fortaleza externa que cambia la discusión sobre reservas y fragilidad cambiaria. La combinación de energía, minería y una cosecha excepcional aporta dólares en cantidades que hace pocos años parecían fuera de alcance. Eso tiene dos efectos concretos: reduce la probabilidad de una crisis de balanza de pagos inmediata y le da al Gobierno un activo para sostener el tipo de cambio sin acudir a medidas traumáticas. Pero también introduce una dependencia: cuanto más descansan las cuentas externas en unos pocos motores, más expuesto queda el programa a shocks climáticos, retrasos de inversión o alteraciones de precios internacionales. La estabilidad mejora, aunque todavía sobre una base concentrada.

Desde la perspectiva de los exportadores, el escenario es favorable pero no homogéneo. Energía y minería capturan rentas de escala y acceso a mercados externos; el agro aporta volumen, aunque sigue sujeto a clima y retenciones; la industria orientada al mercado interno, en cambio, enfrenta una normalización más lenta por la combinación de demanda débil y costos financieros todavía altos. Ese contraste ayuda a explicar por qué una macro ordenada no siempre se traduce en una economía equilibrada. Hay sectores que ya viven en clave de expansión y otros que apenas sobreviven a un proceso de ajuste. En ese desbalance está una de las tensiones menos visibles del período: el éxito externo puede convivir con una recuperación interna muy desigual.

El frente fiscal, en cambio, muestra la principal zona de alerta. El superávit primario del primer semestre de 2026, aunque todavía positivo, cayó 38% real interanual. Más preocupante es la foto cuando se incorporan intereses capitalizados: el resultado se vuelve deficitario y la caja registra un rojo equivalente al 0,2% del producto, el primero de esa naturaleza en toda la gestión. Aquí hay una cuestión técnica, pero también política. La discusión sobre el orden fiscal no se agota en el saldo primario; si los intereses crecen por encima de la recaudación y se postergan obligaciones en el balance contable, el alivio puede ser transitorio. El dato de los últimos doce meses, con un superávit primario reducido al 1% del producto frente al 1,4% comprometido con el FMI, sugiere que el margen de maniobra se achicó más rápido de lo previsto.

La caída de la recaudación ayuda a explicar el deterioro, pero no lo agota. La actividad avanza lento, las rebajas impositivas pesan y el Estado enfrenta el dilema de sostener el ancla fiscal sin estrangular más la recuperación. Desde el punto de vista del Gobierno, la prioridad es preservar credibilidad para evitar que el frente externo se vuelva vulnerable; desde el punto de vista de provincias, sindicatos y empresas, el ajuste ya se acerca a una zona en la que cada punto adicional de contención puede restar dinamismo a la economía real. La disputa, entonces, no es solo contable: es distributiva. ¿Cuánto sacrificio adicional puede absorber la recaudación sin comprometer la inversión, el consumo y la gobernabilidad? Esa es la pregunta que el programa todavía no responde con claridad.

Hay, además, un tercer aprendizaje que suele perderse en lecturas demasiado lineales: un escenario macro ordenado no necesariamente redefine una elección. Si la inflación baja pero sigue alta, si el producto crece pero no se siente, y si el saldo externo mejora mientras el ingreso disponible continúa estancado, el oficialismo puede llegar a 2027 con una narrativa de estabilización creíble pero con un costo social todavía visible. La oposición, por su parte, difícilmente encuentre una palanca en el desorden macro si éste no aparece; su apuesta probablemente se apoye en la brecha entre estadísticas y experiencia cotidiana. En otras palabras, el voto no se decidirá solo por el éxito técnico del programa, sino por la velocidad con la que ese éxito se vuelva tangible en precios relativos, empleo y consumo.

El riesgo principal para los próximos dieciocho meses no es una recaída abrupta, sino una consolidación demasiado lenta. Si la desinflación pierde ritmo, el superávit comercial se mantiene pero la inversión privada no despega, y el ajuste fiscal se vuelve más difícil de sostener por una base tributaria débil, el Gobierno podría llegar a la contienda de 2027 con una macro más estable pero una sociedad todavía impaciente. Esa combinación es políticamente delicada porque desarma tanto la épica de la emergencia como la promesa de la mejora rápida. El escenario base, en suma, no fracasa, pero tampoco enamora. Y en una Argentina donde la memoria económica es corta y la tolerancia social al estancamiento es baja, esa diferencia puede decidir mucho más que un índice de inflación.

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