Ascenso y descenso en riesgo

La petición de Jorge Álvarez Máynez ante la Comisión Nacional Antimonopolio reabre una discusión que el futbol mexicano ha postergado durante años: si la suspensión del ascenso y descenso fue una respuesta excepcional a la crisis de 2020 o si terminó convirtiéndose en una ventaja estructural para los clubes de mayor poder económico. El hecho de que el tema haya pasado del plano deportivo al regulatorio cambia su alcance. Ya no se trata solo de una inconformidad de equipos y aficionados, sino de un posible examen sobre competencia, reglas de mercado y equidad institucional en una de las industrias más visibles del país.

Si la autoridad decide revisar a fondo la medida, el primer efecto podría ser positivo: obligar a la Liga MX y a la FMF a justificar con mayor precisión por qué se mantuvo la congelación del sistema competitivo más allá de la emergencia sanitaria. Esa sola exigencia puede mejorar la transparencia de un modelo que ha operado durante años con decisiones percibidas como cerradas y poco sometidas a escrutinio. Para los clubes de la Liga de Expansión MX, una investigación formal también representa una oportunidad de colocar sobre la mesa el valor deportivo de competir con una meta real de ascenso, un incentivo que ordena la inversión, la formación de talento y la planificación institucional.

El impacto deportivo sería considerable. En cualquier liga cerrada, el descenso funciona como una presión permanente sobre el rendimiento; su ausencia reduce la urgencia competitiva y tiende a estabilizar a los participantes actuales, incluso cuando sus resultados son pobres. Mantener ese esquema por un periodo prolongado puede proteger a clubes financieramente frágiles, pero también debilita la meritocracia y concentra el poder en la cúpula. El reclamo de Álvarez Máynez, más allá de su carga política, toca un punto sensible: si no existe riesgo real de perder la categoría ni posibilidad efectiva de subir, la competencia pierde intensidad y la audiencia puede percibir que el resultado deportivo tiene menos consecuencias.

El problema, sin embargo, no se agota en la defensa del mérito. Reabrir el ascenso y descenso sin una transición ordenada puede producir efectos contraproducentes. La FMF impuso requisitos de certificación financiera, administrativa e infraestructura justamente porque la movilidad entre divisiones sin un piso mínimo de solvencia puede derivar en crisis recurrentes, cambios de sede, impagos o clubes incapaces de sostenerse en la máxima categoría. Si la discusión pública empuja a reinstalar el sistema sin resolver esas debilidades, el remedio podría generar más inestabilidad que competencia real. La experiencia reciente muestra que el futbol mexicano arrastra problemas de planeación que no se corrigen solo con cambiar el reglamento.

También hay un riesgo jurídico e institucional. La apelación presentada ante el TAS por cinco clubes de Expansión y la solicitud ante la autoridad antimonopolio abren frentes paralelos que podrían producir resoluciones distintas o ritmos desfasados. Esa superposición puede alargar la incertidumbre para jugadores, directivos, patrocinadores y aficiones. Un mercado deportivo que no sabe si el sistema seguirá cerrado, si habrá ascenso condicionado o si la medida será revisada por competencia opera con señales débiles para invertir. En una industria donde los presupuestos dependen de derechos de televisión, taquilla y proyección comercial, la ambigüedad suele castigar primero a los clubes de menor margen.

Para la Liga MX, la presión pública tiene una consecuencia adicional: obliga a revisar su relación con la legitimidad social. Los abucheos a Mikel Arriola y los reclamos en espacios públicos muestran que el debate ya no se limita a las mesas técnicas. Cuando una parte relevante de la afición percibe que la estructura favorece a quienes ya están dentro, la conversación deja de ser administrativa y se convierte en un problema de credibilidad. Esa erosión importa porque una liga puede sobrevivir a malos resultados, pero no a la idea de que compite con reglas que no premian el esfuerzo de la misma manera para todos.

Al mismo tiempo, una intervención regulatoria excesiva también tendría límites. El deporte profesional combina lógica competitiva con contratos privados, inversiones de largo plazo y acuerdos entre actores que no siempre encajan de forma simple en el lenguaje de la competencia económica. Cualquier decisión deberá distinguir entre una restricción indebida y una medida de ordenamiento razonable. Si no lo hace, podría generar un precedente incierto para otros sectores donde existen estándares de acceso, certificación o control de calidad. Por eso el caso exige un análisis fino: no basta con afirmar que el ascenso debe volver, ni con sostener que la suspensión fue temporal y por tanto legítima de forma indefinida.

El escenario más sensato sería uno de transición verificable, con plazos claros, criterios públicos y un esquema que combine responsabilidad financiera con movilidad deportiva real. Si la discusión termina en una simple restauración simbólica, el problema de fondo persistirá. Si, en cambio, obliga a rediseñar la relación entre mérito, solvencia y regulación, el futbol mexicano podría salir con una estructura más creíble. La pregunta de fondo no es solo quién asciende o desciende, sino qué tipo de competencia quiere sostener la liga y cuánto está dispuesta a sacrificar para evitar que el cierre temporal se convierta en un modelo permanente.

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El Mundial dejó poco en la caja públicaEl Mundial de Futbol 2026 fue presentado como una ventana extraordinaria para el turismo, el consumo y la recaudación. Sin embargo, los datos revisados por México Evalúa apuntan en otra dirección: el impacto sobre los ingresos públicos mexicanos fue limitado y, en varios rubros, claramente insuficiente para modificar la trayectoria fiscal del país. En el primer semestre del año, los ingresos presupuestarios apenas crecieron 0.1% anual, hasta 4 billones 277 mil 354 millones de pesos. La cifra es relevante no por su tamaño, sino por lo que revela: aun con un evento global que movilizó millones de visitantes y reactivó parcialmente la actividad económica, la hacienda pública no logró capturar una mejora proporcional en la base tributaria.La lectura se vuelve más nítida cuando se separan los componentes. Los ingresos petroleros avanzaron 2.1% anual, mientras que la recaudación asociada al pago de impuestos apenas subió 0.4%. Dentro de ese universo, el ISR cayó 6.2% anual. El dato desarma una narrativa cómoda: la de que un gran acontecimiento deportivo, por sí mismo, corrige la debilidad fiscal. Lo que hubo fue un impulso de corto plazo sobre sectores específicos, no una expansión robusta y generalizada de la recaudación. En otras palabras, el Mundial sí movió la economía; lo que no hizo fue traducir ese movimiento en un salto fiscal de magnitud.La diferencia entre actividad económica y caja pública importa porque México sigue dependiendo de un modelo recaudatorio que ha apostado, desde el sexenio anterior, a una fiscalización más intensa. Ese esquema tiene un techo visible. México Evalúa sostiene que la recaudación secundaria, ligada a auditorías y autocorrección, cayó 4.9% anual en el periodo, afectada por menor cobro en auditorías y menos regularización voluntaria. La recaudación primaria, vinculada a la actividad económica, creció 2% anual, casi en línea con un PIB que avanzó 2.1% en el mismo lapso. El problema no es solo que el crecimiento fue moderado; es que dejó poco margen para extraer recursos adicionales sin elevar tasas ni ampliar significativamente la base de contribuyentes.Una bonanza turística que no se convirtió en reforma fiscalEl primer punto que conviene subrayar es que el Mundial operó como una inyección coyuntural, no como un cambio estructural. La llegada de visitantes a sedes mexicanas reactivó hospedaje, transporte, servicios y consumo urbano, pero gran parte de esa derrama se concentró en actividades con baja capacidad de arrastre tributario o con márgenes de evasión y informalidad todavía altos. Cuando el gasto se dispersa entre pequeñas transacciones, servicios temporales y cadenas de proveeduría fragmentadas, el salto en ingresos fiscales suele ser menor de lo que sugieren los titulares optimistas.Ese contraste también ayuda a explicar por qué el ISR retrocedió. Si la actividad asociada al evento se concentró en servicios temporales o en empleos de corta duración, el efecto sobre salarios gravables y utilidades empresariales pudo ser limitado. Además, parte del consumo extra se canaliza hacia importaciones o compras con bajo componente formal, lo que reduce el efecto neto sobre la recaudación interna. El dato trimestral del Inegi, que ubicó el PIB en 1.5% de crecimiento en abril-junio, confirma recuperación, pero no una aceleración suficiente para alterar la estructura fiscal.El límite del modelo basado en fiscalizaciónLa segunda conclusión es más incómoda para el Estado: la estrategia de fortalecer la recaudación por vigilancia tiene rendimientos decrecientes cuando la economía no crece con fuerza y cuando el universo fiscalizable no se expande al mismo ritmo. México Evalúa advierte que el avance modesto en ingresos muestra las limitaciones del modelo implantado desde el sexenio pasado. El dato de la recaudación secundaria es clave porque expone que el Estado ya no puede confiar solo en apretar controles para obtener incrementos relevantes. Si las auditorías rinden menos y la autocorrección baja, el sistema entra en una fase de agotamiento operativo.Esto no significa que la fiscalización haya perdido valor. Significa que su capacidad de sustitución es limitada. Un país puede cerrar brechas de evasión durante cierto tiempo, pero no construir una expansión permanente de ingresos públicos solo con inspección y ajustes administrativos. La experiencia reciente lo sugiere con claridad: mientras el gasto sube 2.1% anual, el ingreso avanza prácticamente inmóvil. Esa asimetría es la verdadera fuente de presión sobre el déficit. Incluso cuando los Requerimientos Financieros del Sector Público se reducen 4.3% anual, la brecha de fondo entre ingresos y gasto sigue ampliándose en términos estructurales.El gobierno de Claudia Sheinbaum enfrenta aquí una contradicción central. Quiere reducir el déficit después del salto histórico de 5.7% del PIB en 2024 y llevarlo a 4.1% este año, pero lo hará con una economía que no ofrece un rebote fiscal suficiente. Si el crecimiento se desacelera o si el consumo vinculado al Mundial se diluye rápidamente, la consolidación fiscal dependerá más de recortes o de reasignaciones que de una mejora espontánea de los ingresos.Lo que viene para Hacienda y para los contribuyentesLa tercera lectura apunta hacia el mediano plazo. Para la Secretaría de Hacienda, el desafío no será solo cerrar 2026 con disciplina contable, sino evitar que la política fiscal quede atrapada entre tres fuerzas simultáneas: ingresos estancados, gasto rígido y deuda en niveles históricamente altos. Cuando esa combinación se instala, cualquier choque externo o caída de actividad en sectores clave vuelve más frágil la posición fiscal. El Mundial pudo haber servido como amortiguador temporal, pero no como solución de fondo.Para las empresas, el episodio deja una señal ambigua. Por un lado, confirma que los grandes eventos sí pueden generar ventas y actividad adicional. Por otro, muestra que esa derrama no siempre se traduce en mejores condiciones de política pública ni en una carga fiscal más estable. Para los contribuyentes, la advertencia es distinta: si la recaudación no despega por crecimiento, la tentación del gobierno suele ser intensificar la supervisión sobre los mismos pagadores cautivos. Eso puede elevar la presión administrativa sin resolver la fragilidad de origen.También hay un debate de fondo entre quienes defienden la ruta actual y quienes piden una reforma más amplia. Los primeros argumentan que el país aún puede extraer eficiencia de la administración tributaria sin tocar tasas ni abrir una discusión política costosa. Los segundos responden que la informalidad, la baja productividad y la concentración de la base fiscal hacen inviable seguir estirando el mismo mecanismo. Ambas posiciones contienen una parte de verdad, pero los datos del semestre favorecen una conclusión sobria: el modelo actual sostiene la recaudación, pero ya no alcanza para impulsarla.Si la actividad turística y el consumo extraordinario del Mundial no lograron mover de manera visible la caja pública, el mensaje para los próximos trimestres es directo. México necesita crecer más, recaudar mejor y gastar con mayor precisión al mismo tiempo. Cualquiera de esas tareas por separado puede administrar la tensión; juntas definen si el país entra a una consolidación fiscal ordenada o a una etapa de ajuste más forzado, con menor margen para política pública y mayor costo para la inversión y el crecimiento.

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