BRICS busca abaratar pagos transfronterizos

La discusión abierta por los BRICS sobre la conexión de sistemas de pagos rápidos y monedas digitales de bancos centrales no es un anuncio de una moneda común ni una infraestructura ya operativa. Es, por ahora, una negociación técnica y política. Pero el asunto revela una prioridad creciente: reducir el costo, la lentitud y la dependencia de intermediarios externos que caracterizan buena parte de los pagos internacionales. Sanjay Malhotra, gobernador del Banco de la Reserva de la India, situó el debate en ese terreno al señalar que aún se examinan distintas fórmulas, desde la interoperabilidad entre redes nacionales hasta el uso de monedas digitales emitidas por autoridades monetarias.

La importancia de esa agenda se entiende mejor al observar cómo funciona hoy una transferencia entre países. Una empresa india que paga a un proveedor brasileño o sudafricano suele recurrir a bancos corresponsales, a menudo con liquidación en dólares u otra moneda de amplia aceptación. En ese trayecto intervienen varias entidades, se aplican comisiones, se retienen fondos para controles de cumplimiento y el pago puede tardar días. Para una gran corporación, esos costos pueden integrarse en su estructura financiera; para pequeñas empresas exportadoras, trabajadores migrantes y comercios de frontera, pueden decidir si una operación resulta viable.

La factura de una arquitectura heredada

El sistema financiero internacional se construyó durante décadas alrededor de redes bancarias con fuerte gravitación de Estados Unidos y Europa. Esa arquitectura ofrece profundidad de mercado, normas consolidadas y mecanismos de cobertura, pero también impone costos de acceso y una marcada concentración. La necesidad de usar divisas de reserva para transacciones que no involucran directamente a esas economías crea una doble conversión: una moneda local se cambia por una divisa vehicular y luego por la moneda del receptor. Cada conversión añade margen cambiario, riesgo y gastos administrativos.

La pandemia, las tensiones geopolíticas y las sanciones financieras aplicadas en los últimos años aceleraron el interés de muchos países por disponer de rutas complementarias de pago. No se trata únicamente de una reacción política ante Washington o Bruselas. También es una respuesta a una realidad comercial: las economías emergentes intercambian más entre sí, mientras sus infraestructuras de compensación siguen siendo menos integradas que sus cadenas de suministro. El crecimiento del comercio entre Asia, América Latina, África y Oriente Medio ha hecho más visible la distancia entre la circulación física de mercancías y la lentitud de los flujos financieros que las acompañan.

Los BRICS, originalmente integrados por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica y ampliados en años recientes, reúnen economías con intereses coincidentes, aunque no idénticos. China dispone de una enorme capacidad tecnológica y comercial; India ha desarrollado plataformas domésticas de pagos de gran escala; Brasil cuenta con una experiencia relevante mediante Pix; Rusia ha reforzado alternativas nacionales desde la imposición de restricciones externas; y otros miembros buscan ampliar el uso de sus monedas en el comercio regional. La heterogeneidad del bloque complica una solución única, pero también aporta experiencias prácticas que pueden convertirse en piezas de una red interoperable.

De Pix y UPI a una red entre fronteras

La referencia a los pagos rápidos es especialmente significativa. Brasil mostró con Pix que una infraestructura pública o fuertemente coordinada puede alterar hábitos financieros en pocos años: transferencias instantáneas, disponibles permanentemente y de bajo costo, redujeron la dependencia del efectivo y ampliaron la competencia frente a canales tradicionales. India produjo un cambio comparable con la Interfaz Unificada de Pagos, conocida como UPI, que permite pagos inmediatos entre bancos y aplicaciones desde teléfonos móviles. Su masificación no eliminó los problemas financieros del país, pero sí redujo fricciones para comercios y consumidores.

La cuestión pendiente es trasladar esa eficiencia al ámbito internacional. Si una red como UPI pudiera conectarse de forma segura con Pix, el objetivo no sería crear de inmediato una institución supranacional que controle todas las transacciones. Podría consistir, en una primera etapa, en acordar estándares comunes de identificación, mensajes, conversión de divisas, protección de datos y liquidación. Un turista brasileño en India, por ejemplo, podría pagar desde una aplicación vinculada a su cuenta local, mientras el comercio recibe rupias y la conversión se realiza de manera transparente. La misma lógica serviría para pagos de bajo valor, remesas o facturas comerciales repetitivas.

Ese modelo tiene precedentes parciales fuera de los BRICS. Varios países asiáticos han conectado sistemas de pagos instantáneos mediante códigos QR, y algunos corredores regionales ya permiten transferencias móviles con menor costo. La diferencia sería la escala y la diversidad monetaria de un mecanismo BRICS. Un corredor entre dos países con vínculos intensos puede resolverse mediante acuerdos bilaterales; una red que incluya economías de distintos continentes exige reglas capaces de manejar husos horarios, supervisores diferentes, controles de capital y monedas con grados muy distintos de convertibilidad.

Las monedas digitales y la promesa de liquidación directa

Las CBDC aparecen en el debate como una posible capa adicional. A diferencia de una criptomoneda privada, una moneda digital de banco central es un pasivo directo de la autoridad monetaria y, en principio, conserva el valor de la moneda nacional. En pagos transfronterizos, su atractivo reside en la posibilidad de programar o automatizar parte de la liquidación entre instituciones autorizadas. En lugar de mantener saldos dispersos en numerosos bancos corresponsales, las entidades participantes podrían liquidar determinadas operaciones con registros sincronizados y reglas acordadas de antemano.

Sin embargo, la tecnología no resuelve por sí sola los problemas de confianza y liquidez. Para que un exportador acepte reales, rupias o yuanes en vez de dólares, necesita saber que podrá convertirlos, cubrirse frente a fluctuaciones y utilizar esos fondos sin restricciones excesivas. Un sistema digital puede acortar el tiempo de liquidación de tres días a segundos, pero no elimina el riesgo de que la moneda recibida pierda valor antes de que el empresario pague su propia nómina o compre insumos. Por eso, la interoperabilidad técnica debe ir acompañada de mercados de divisas más profundos, líneas de liquidez y reglas claras para los bancos participantes.

La experiencia del proyecto mBridge, impulsado por varias autoridades monetarias para ensayar pagos mayoristas con monedas digitales, ilustra tanto la oportunidad como la prudencia necesaria. Las pruebas demostraron que es posible liquidar transacciones internacionales en plazos mucho menores que los de la banca corresponsal convencional. Pero pasar de un piloto a una infraestructura que procese grandes volúmenes implica responder preguntas difíciles: quién gobierna la plataforma, qué jurisdicción prevalece ante un conflicto, cómo se aplican las sanciones o las órdenes judiciales y qué datos pueden compartir los participantes. Los BRICS enfrentarán dilemas similares.

Una herramienta de comercio, no una sustitución inmediata

La internacionalización de la rupia, mencionada por Malhotra, permite entender el alcance realista de esta estrategia. India quiere que una mayor parte de sus intercambios se facture y liquide en moneda local, reduciendo la exposición de sus empresas a oscilaciones del dólar. China persigue desde hace tiempo una mayor presencia internacional del yuan, mientras Brasil y otros socios defienden fórmulas que reduzcan costos sin renunciar a la autonomía de sus bancos centrales. Estos objetivos convergen en el uso de monedas locales, pero compiten cuando cada país busca que su propia divisa ocupe un lugar más importante.

Por esa razón, sería prematuro interpretar la iniciativa como el comienzo de un reemplazo acelerado del dólar. La moneda estadounidense conserva ventajas que ninguna red de pagos puede reproducir de inmediato: mercados financieros profundos, amplia disponibilidad de activos seguros, uso extendido en contratos internacionales y gran capacidad de cobertura. El comercio puede diversificar sus medios de pago sin que cambie, al mismo ritmo, la moneda en la que se ahorra, se financia la deuda o se fijan los precios de materias primas. La desdolarización, en este caso, sería más probablemente gradual, sectorial y geográficamente desigual.

La ganancia más tangible podría aparecer en operaciones donde hoy las fricciones son desproporcionadas respecto del monto enviado. Las remesas constituyen un caso claro. Un trabajador que transfiere una cantidad modesta a su familia puede perder una fracción relevante entre comisiones y tipos de cambio desfavorables. También las pequeñas y medianas empresas se beneficiarían de pagos más rápidos: una importadora de repuestos no necesita inmovilizar capital durante varios días si el proveedor puede confirmar el cobro casi al instante. Menores costos de transacción pueden ampliar el número de firmas capaces de participar en el comercio exterior.

Los límites regulatorios del nuevo mapa financiero

El riesgo es que la búsqueda de rapidez produzca sistemas fragmentados o con salvaguardas insuficientes. La banca corresponsal es costosa, pero ha desarrollado procedimientos de identificación de clientes, prevención del lavado de dinero y detección de fraude. Una plataforma conectada entre múltiples países debe alcanzar estándares equivalentes sin convertir cada pago pequeño en un trámite burocrático. También deberá proteger datos sensibles. Las autoridades tendrán que definir qué información ve cada banco central, cuánto tiempo se conserva y cómo se evita que una infraestructura concebida para facilitar pagos se transforme en un mecanismo de vigilancia excesiva.

Otro desafío es la ciberseguridad. Una interrupción en una red doméstica puede afectar comercios y consumidores dentro de un país; un incidente en un sistema interconectado puede propagarse a varios mercados y erosionar la confianza en monedas locales que aún construyen reputación internacional. La resiliencia operativa, las auditorías independientes, los protocolos de recuperación y la responsabilidad frente a pérdidas no son detalles técnicos. Determinarán si empresas y ciudadanos aceptan utilizar el nuevo canal para operaciones cotidianas o lo reservan para transacciones marginales.

El debate de los BRICS apunta, en consecuencia, a una transformación menos espectacular que una moneda común, pero potencialmente más concreta: construir carreteras financieras que permitan a las economías del bloque comerciar y enviar dinero con menos peajes. Su éxito dependerá menos de la retórica geopolítica que de la capacidad para armonizar normas, garantizar liquidez y ofrecer una experiencia más barata y confiable que la existente. Si esas condiciones se cumplen, el cambio podría fortalecer la integración económica entre países del Sur Global y dar mayor margen de elección a empresas y hogares. Si no se cumplen, quedará como una suma de proyectos nacionales incompatibles, útiles dentro de sus fronteras pero incapaces de alterar el costo real de cruzarlas.

Artículos relacionados

Últimos artículos