El primer ministro canadiense, Mark Carney, admitió que las negociaciones comerciales con Estados Unidos se han vuelto “desagradables”, después de una nueva ofensiva verbal de Donald Trump y de su amenaza de ampliar los aranceles contra productos canadienses. Ottawa mantiene enviados en Washington y prevé nuevas conversaciones con el presidente estadounidense, pero el margen político para ceder se estrecha.
Una disputa que encarece costos
Trump ya impuso gravámenes al acero, aluminio y automóviles de Canadá, y amenaza con aplicar tarifas de 50% a más bienes desde el 19 de agosto. Carney sostiene que la prioridad es proteger empleos y empresas canadienses. Su argumento central es económico: los aranceles no sólo castigan al exportador extranjero, sino que elevan los costos de importación para empresas y consumidores estadounidenses.

Como ejemplo, el mandatario señaló que los aranceles estadounidenses al aluminio han contribuido a un alza de 58% en su precio dentro de Estados Unidos. Esa presión repercute en sectores que usan el metal, desde la construcción hasta la industria automotriz, y cuestiona la promesa de que las tarifas reubicarán rápidamente la manufactura en territorio estadounidense.
La confrontación también tiene una dimensión diplomática y electoral. Trump volvió a describir a Canadá y a su liderazgo como “desagradables”, mientras Ottawa denuncia una guerra arancelaria y rechaza las insinuaciones de que el país debería convertirse en otro estado estadounidense. Esas declaraciones han alimentado el rechazo público en Canadá, donde numerosos ciudadanos han cancelado viajes a Estados Unidos.
Represalias y riesgo político
Washington reprocha a Canadá sus contramedidas, incluidas restricciones a bebidas alcohólicas estadounidenses en algunas provincias. Canadá responde que actuó tras los aranceles ya vigentes. La disputa amenaza una relación comercial esencial para ambos países y llega cuando el alto costo de vida inquieta a los votantes estadounidenses antes de las legislativas de noviembre. Para Carney, la negociación ya no trata sólo de comercio: mide la capacidad de Canadá para defender su autonomía económica frente a su principal socio.
