Tailandia busca pantalla en México

La llegada de 15 empresas audiovisuales tailandesas a Ciudad de México no es una misión comercial aislada ni una simple búsqueda de compradores para series extranjeras. El encuentro Sawasdee México expresa una transformación más amplia: Tailandia intenta convertir el prestigio creciente de sus contenidos, su gastronomía, sus destinos turísticos y su cultura popular en una plataforma de negocios internacional. México, con un mercado de streaming consolidado, una industria de producción en expansión y una audiencia acostumbrada a consumir relatos de distintos países, aparece como una puerta estratégica hacia América Latina.

La agenda reunió a productoras, distribuidores, especialistas en posproducción, efectos visuales, infraestructura y contenidos LGBTIQ+, con representantes mexicanos interesados en licencias, inversión y coproducciones. Esa diversidad revela que la apuesta no se limita a exportar títulos terminados. El objetivo es participar en una cadena de valor más extensa: vender derechos, encontrar socios creativos, utilizar servicios locales, producir versiones adaptadas y, eventualmente, filmar proyectos conjuntos.

Del turismo cultural a la exportación de relatos

En los últimos años, el gobierno tailandés ha reforzado la noción de “Thai Soft Power”, una política que vincula industrias creativas, turismo, deportes, diseño, música, gastronomía y producción audiovisual. La lógica se apoya en una lección ya comprobada por otros países asiáticos. Corea del Sur convirtió la circulación internacional de K-pop, dramas y películas en un factor de proyección cultural que también elevó el interés por sus alimentos, su idioma, sus marcas y sus destinos. Japón logró algo similar, con trayectorias propias, mediante anime, videojuegos y cultura editorial.

Tailandia busca construir una versión adaptada a sus recursos y a sus géneros más competitivos. Sus series románticas juveniles, dramas familiares, películas de terror y narrativas de suspenso han ganado visibilidad en plataformas digitales. A ello se suma un segmento particularmente dinámico: las series LGBTIQ+, incluyendo producciones conocidas internacionalmente como BL, centradas en historias amorosas entre hombres. Ocho de las 15 compañías asistentes al encuentro mexicano se especializan en este tipo de contenidos, una proporción que da cuenta de su peso exportador.

La relevancia económica de esas historias no depende únicamente de la audiencia directa. Una serie con seguidores internacionales puede activar licencias musicales, mercancías, giras de actores, turismo ligado a locaciones y comunidades digitales de traducción y promoción. El modelo modifica la función tradicional de una productora: ya no administra sólo una obra, sino una propiedad intelectual capaz de circular en múltiples formatos y territorios. Para un país que desea ganar presencia global sin competir en volumen con Hollywood, esa capacidad de especialización resulta decisiva.

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Un mercado mexicano más abierto y segmentado

La elección de México responde a condiciones concretas. El país combina una gran población hispanohablante, un consumo elevado de televisión y plataformas, una tradición de melodrama ampliamente desarrollada y una industria publicitaria capaz de amplificar tendencias culturales. Las telenovelas mexicanas formaron durante décadas una audiencia familiarizada con relatos románticos serializados, conflictos intergeneracionales y figuras estelares. Esa experiencia puede facilitar la recepción de dramas tailandeses, aunque sus códigos narrativos, ritmos y referencias sociales sean distintos.

El auge del streaming amplió esa apertura. Las plataformas han debilitado parcialmente la antigua dependencia de los catálogos televisivos nacionales o estadounidenses y han hecho habituales las producciones turcas, coreanas, españolas, japonesas e indias. El éxito internacional de series coreanas como El juego del calamar mostró que una historia localizada puede atravesar fronteras si combina un conflicto reconocible, personajes sólidos y una distribución global eficaz. Las producciones tailandesas no necesitan imitar ese fenómeno; pueden beneficiarse de una audiencia que ya acepta subtítulos, doblaje y referencias culturales alejadas de su entorno inmediato.

Sin embargo, la oportunidad no debe confundirse con una garantía de éxito. México es un mercado altamente competido, donde plataformas, canales abiertos, productores independientes y estudios internacionales disputan atención, presupuesto publicitario y tiempo de pantalla. La distribución de títulos tailandeses dependerá de decisiones prácticas: calidad del doblaje al español latino, visibilidad en los algoritmos, campañas de prensa, acuerdos con operadores locales y capacidad de identificar nichos sin encasillar toda la oferta en una sola etiqueta cultural.

La coproducción como puente y no sólo como contrato

La vía con mayor potencial es la coproducción. Una alianza entre una firma tailandesa y una mexicana puede compartir riesgos financieros, combinar equipos técnicos y facilitar la llegada a públicos de ambas regiones. También permite resolver un problema frecuente de la exportación audiovisual: un contenido puede ser apreciado por comunidades digitales, pero carecer de promoción suficiente para alcanzar una audiencia masiva. Cuando hay un socio local involucrado desde el desarrollo, éste tiene incentivos para adaptar la estrategia comercial, buscar ventanas de exhibición y movilizar redes de distribución.

Los géneros citados por las compañías tailandesas ofrecen terrenos específicos para esa cooperación. El terror, por ejemplo, es una tradición vigorosa tanto en México como en Tailandia. Ambos países poseen imaginarios religiosos, relatos populares sobre apariciones y una relación intensa entre familia, muerte y memoria. Una coproducción no tendría que homogeneizar esas diferencias; podría convertirlas en motor narrativo. El antecedente internacional de películas como Ringu y sus adaptaciones demuestra que el terror viaja cuando conserva una identidad propia, aunque requiera ajustes para otros mercados.

La animación y los efectos visuales constituyen otra posibilidad menos visible, pero potencialmente más estable. En lugar de limitarse a rodajes puntuales, empresas mexicanas y tailandesas podrían colaborar en etapas de diseño, posproducción, renderizado o desarrollo de propiedad intelectual. Ese tipo de intercambio fortalece capacidades técnicas y crea relaciones de largo plazo. También puede abrir espacios para empresas medianas, estudios especializados y profesionales independientes que no suelen participar en grandes coproducciones cinematográficas.

El atractivo mexicano y sus condiciones pendientes

La Comisión Mexicana de Filmaciones presentó al país como destino de producción por su diversidad de locaciones, servicios especializados, hospitalidad e incentivos. La oferta es tangible: desiertos, ciudades históricas, selvas, costas, arquitectura industrial y una amplia red de técnicos permiten resolver géneros y escalas de producción muy distintas. Estados como Chihuahua, Morelos y Jalisco ya disponen de mecanismos de reembolso, mientras que el incentivo federal EFICA busca reintegrar hasta 40% de ciertos gastos vinculados a proveeduría nacional.

Durango ilustra el valor de esa infraestructura histórica. Su relación con el cine no se reduce a paisajes reconocibles: durante décadas acumuló experiencia en atención a producciones, construcción de sets, logística y servicios. La presencia de plataformas como Netflix, Amazon Prime y Disney+ en distintos puntos del país ha reforzado la idea de que México puede competir por proyectos internacionales. Para socios tailandeses, filmar en territorio mexicano podría ofrecer acceso a escenarios que resultan difíciles de replicar en Asia y, al mismo tiempo, proximidad cultural y geográfica con el resto del continente.

Pero el atractivo depende de la certidumbre. Productores extranjeros suelen evaluar incentivos, seguridad, tiempos de permisos, conectividad, costos laborales y claridad fiscal antes de decidir una inversión. Un anuncio de apoyos pierde eficacia cuando su acceso es opaco o cambia durante la planeación. México puede convertir el interés de Tailandia en contratos si coordina mejor a federación, estados y municipios, publica reglas estables y ofrece acompañamiento operativo. La competencia no es sólo con otros países latinoamericanos, sino con destinos que han construido ventanillas únicas y políticas audiovisuales predecibles.

Diversidad, censura y circulación regional

La presencia destacada de contenidos LGBTIQ+ añade una dimensión cultural y política al encuentro. Tailandia se ha posicionado en Asia como un productor relevante de estas narrativas, en contraste con mercados donde la censura estatal, los tabúes religiosos o las restricciones de plataformas limitan la representación de diversidad sexual. China e Indonesia fueron mencionados como ejemplos de entornos con barreras más severas para determinados relatos, escenas de intimidad, símbolos religiosos o historias de fantasmas.

México ofrece un entorno comparativamente más abierto para la circulación de estos contenidos, aunque no está exento de tensiones sociales, estereotipos ni desigualdades de representación. La oportunidad consiste en ampliar la variedad de personajes y conflictos disponibles para las audiencias, no en importar fórmulas de manera automática. Las series tailandesas pueden encontrar espectadores jóvenes que buscan relatos afectivos distintos de los formatos tradicionales; al mismo tiempo, los distribuidores deberán evitar estrategias que reduzcan la diversidad a un producto de nicho o a una moda pasajera.

El intercambio también puede fortalecer conversaciones profesionales sobre clasificación de contenidos, derechos de autor, subtitulaje, doblaje y acceso a públicos diversos. Esas cuestiones suelen parecer secundarias frente a una alfombra roja o al anuncio de una coproducción, pero determinan quién puede ver una obra, cómo se interpreta y qué ingresos genera. Una mala localización puede distorsionar referencias culturales; una clasificación restrictiva puede cerrar ventanas de exhibición; una negociación desigual de derechos puede dejar fuera a creadores y talentos.

Una relación comercial con margen de expansión

La ministra consejera Kannika Kakandee señaló que las importaciones mexicanas de productos y servicios tailandeses representan alrededor de 2% del total. La cifra muestra que la relación económica bilateral aún tiene espacio para crecer y que el audiovisual puede funcionar como una herramienta de reconocimiento mutuo. A diferencia de una mercancía industrial, una serie o una película transmite referencias sobre comida, ciudades, lenguas y formas de convivencia. Cuando esas referencias despiertan interés, pueden favorecer intercambios comerciales en otros sectores.

El Thai Festival México 2026, anunciado para agosto en el Cenart, encaja en esa misma estrategia. Gastronomía, música, cine, T-Pop y exhibiciones de Muay Thai pueden reforzarse entre sí si se vinculan con estrenos, acuerdos de distribución y actividades profesionales. La eficacia de esa diplomacia cultural dependerá de su continuidad: un festival genera curiosidad; una red sostenida de exhibición, formación y negocios crea mercado.

El encuentro Sawasdee México abre una posibilidad relevante para ambas industrias, pero su resultado se medirá fuera de los salones de networking. Habrá impacto real si los contactos derivan en contratos transparentes, proyectos creativos equilibrados, empleos técnicos y una circulación más amplia de historias. Para Tailandia, México puede ser una plataforma de entrada a América Latina. Para México, la relación puede diversificar socios, atraer inversión y confirmar que su industria audiovisual no sólo ofrece paisajes para filmar, sino capacidad para crear, coproducir y competir en una conversación global.

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