México enfrenta las negociaciones comerciales con Estados Unidos desde una posición vulnerable: más de ocho de cada 10 dólares de sus exportaciones terminan en ese mercado y Washington busca ampliar las condiciones de acceso. Las conversaciones encabezadas por el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, y el representante comercial estadounidense, Jamieson Greer, incluyen acero, aluminio, sectores estratégicos, cadenas regionales y la sustitución de importaciones asiáticas. Sin embargo, Estados Unidos quiere más concesiones.
El episodio ocurrido con Canadá la semana pasada mostró hasta dónde puede llegar esa presión. El primer ministro canadiense, Mark Carney, suspendió las negociaciones comerciales con Donald Trump después de que el presidente estadounidense pretendiera limitar la capacidad de Canadá para negociar y firmar tratados con otros países. También surgieron diferencias sobre las reglas de origen automotriz y las protecciones culturales. Carney rechazó esas condiciones.

El caso canadiense resulta relevante para México porque Trump considera el acceso al mercado estadounidense una herramienta de negociación. México cuenta con 14 tratados de libre comercio que abarcan más de 50 países, pero esa red no se ha traducido en una diversificación equivalente de sus exportaciones. En junio pasado, 84.14% de las ventas externas mexicanas se dirigieron a Estados Unidos; entre las exportaciones no petroleras, la proporción fue de 85.23%.
La dependencia también está vinculada con la estructura productiva. Una parte importante de la competitividad manufacturera mexicana se sostiene en la importación de acero, aluminio, componentes electrónicos, maquinaria, resinas y otros insumos de bajo costo. Además, empresas estadounidenses, alemanas, japonesas y coreanas instalaron plantas en México para integrarse a cadenas mundiales de suministro, lo que estrecha la relación económica con el mercado norteamericano.
El giro arancelario desde enero
Desde el 1 de enero, México elevó hasta 50% los aranceles aplicables a 1,463 fracciones provenientes de países sin tratado de libre comercio, principalmente China y otras economías asiáticas. La decisión respondió a la presión para contener triangulaciones y fortalecer las cadenas regionales. El 25 de marzo, China concluyó que esas medidas constituían barreras al comercio y la inversión.
Las medidas arancelarias forman parte del contexto en el que se desarrollan las conversaciones actuales con Washington. En ellas se han tratado las reglas para el acero y el aluminio, la protección de sectores estratégicos, la integración regional y la sustitución de insumos asiáticos. La agenda muestra que Estados Unidos no concentra su exigencia en un solo producto, sino en la forma en que México organiza sus relaciones comerciales y sus cadenas de abastecimiento.
México todavía dispone de elementos para negociar. Miles de empresas estadounidenses dependen de plantas mexicanas, proveedores nacionales y cruces fronterizos diarios. Una interrupción de esas operaciones también afectaría a fabricantes, agricultores, distribuidores y consumidores estadounidenses. Esas compañías pueden convertirse en interlocutoras ante la Casa Blanca, aunque el peso de esa interdependencia deberá medirse frente a la ventaja que representa para Trump el tamaño del mercado estadounidense.
La respuesta mexicana puede incluir reglas de origen más estrictas para impedir triangulaciones chinas, sustitución de importaciones estratégicas cuando exista producción nacional competitiva, coordinación con Canadá y una diversificación hacia Europa y Asia. Pero esos cambios no reemplazarían rápidamente al mercado estadounidense. Canadá tampoco cuenta con una salida inmediata: siete de cada 10 dólares que exporta tienen como destino Estados Unidos.
Por ello, la posición planteada para México combina concesiones selectivas y límites definidos. El país puede ceder en reglas de origen, triangulación china y algunos sectores estratégicos, pero debe resistir cualquier intento de Washington por decidir con qué países puede comerciar. La negociación pondrá a prueba si las cadenas productivas construidas entre México y Estados Unidos permiten compensar, aunque sea parcialmente, la marcada asimetría entre ambos países.
