El economista Ramiro Castiñeira sostuvo que el principal indicador para medir si la recuperación argentina puede traducirse en más empleo y menos pobreza es la evolución de las exportaciones. En una entrevista con Infobae, el director de la consultora Econométrica sostuvo que el país atraviesa una “transición” desde un modelo cerrado y dependiente del gasto público hacia otro apoyado en el sector privado, la estabilidad fiscal y la apertura exportadora. Su diagnóstico se inscribe en un contexto en el que el gobierno de Javier Milei reivindica la baja de la inflación y la corrección de desequilibrios macroeconómicos, mientras una parte del mercado todavía duda sobre la velocidad y la calidad de la recuperación.
Castiñeira enmarcó el proceso actual en una ruptura con el ciclo previo. Recordó que Argentina arrastra décadas de economía cerrada, emisiones para financiar el déficit y cepos sobre la actividad privada. Frente a eso, afirmó que la administración libertaria restituyó protagonismo al sector productivo y eliminó restricciones que, según su lectura, frenaban el comercio exterior y distorsionaban los precios internos. También destacó que la inflación bajó desde niveles cercanos al 300% anual hacia una zona de 30%, y que la economía ya muestra dos años consecutivos de crecimiento, algo que no ocurría desde hace más de una década.

Exportaciones y empleo
El eje más contundente de su análisis estuvo en el mercado laboral. Castiñeira señaló que el empleo asalariado privado registrado permanece estancado desde 2011 y que, en esos años, el ajuste del mercado de trabajo se absorbió sobre todo por la informalidad, el monotributo y el sector público. Desde esa perspectiva, sostuvo que la única vía durable para crear empleo formal es volver a crecer, y que ese crecimiento depende hoy de las exportaciones. Mencionó como referencias a las economías asiáticas y a China, que usaron el comercio exterior como palanca para reducir pobreza y ampliar el empleo privado.
Para el economista, la mejora exportadora tiene un efecto doble: expande actividad en sectores con capacidad de competir en el exterior y obliga a ordenar la macroeconomía interna. En su visión, la estabilidad cambiaria y fiscal es más importante que la intervención discrecional sobre precios relativos. También rechazó la lectura de que la apreciación del peso implique necesariamente pérdida de competitividad, y argumentó que una moneda más firme puede ser coherente con superávit comercial, mayor acumulación de reservas y una economía más sana.
El debate sobre tipo de cambio y Banco Central
Las definiciones de Castiñeira entran en una discusión sensible dentro del oficialismo y entre economistas. Mientras algunos advierten por la heterogeneidad de la recuperación y por la persistencia de sectores rezagados, él consideró que la prioridad es consolidar un marco de estabilidad y libertad económica. Defendió además la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central, a la que atribuye la posibilidad de cortar definitivamente el financiamiento monetario al Tesoro y evitar nuevas erosiones de la moneda. Sostuvo que una independencia real del BCRA exige tres condiciones: no financiar al Estado, limitar la compra de bonos al mercado secundario y impedir que las ganancias contables por devaluación se giren al Tesoro.
En esa línea, evaluó que el riesgo país refleja más el pasado de defaults y reestructuraciones que el presente, aunque admitió que la reputación crediticia tarda más en reconstruirse que los indicadores de inflación o actividad. También minimizó el riesgo inmediato sobre el programa de deuda en dólares del Tesoro hasta 2027 y atribuyó la principal vulnerabilidad al horizonte político de 2028, cuando se pondrá a prueba la continuidad del esquema actual. Sus proyecciones para 2026 y 2027 acompañan el REM: crecimiento cercano al 3%, inflación en descenso y reservas en torno de USD 50.000 millones, impulsadas por el superávit comercial, el ingreso de capitales y el RIGI.
La entrevista deja una tesis clara: para Castiñeira, la recuperación argentina no debe medirse por la velocidad del salario o el consumo en el corto plazo, sino por la capacidad de sostener exportaciones, ordenar las cuentas públicas y reconstruir confianza en la moneda. Esa lectura coincide con el discurso oficial, pero también expone su punto más frágil: la mejora más visible hasta ahora fue macroeconómica, mientras que la transmisión hacia el empleo registrado y el ingreso todavía depende de que la expansión deje de ser parcial y se vuelva más amplia y persistente.
