El autor declara su total desconocimiento del fútbol sin arrepentimiento y rechaza el entusiasmo exagerado que rodea al deporte. Critica el grito prolongado de los cronistas al anunciar goles y el comportamiento de aficionados que corean consignas homofóbicas, lo que considera un descrédito para México y un riesgo para la seguridad en los estadios.

Señala como absurdo que un partido entre 22 jugadores pueda resolverse en un penalti donde recae toda la presión sobre el portero y el ejecutor. Su análisis se extiende a la FIFA, a la que acusa de corrupción bajo la dirección de Infantino, mencionando la pausa de hidratación incluso en climas fríos y la sumisión ante presiones externas como evidencia de mercantilismo por encima de valores deportivos.
El texto concluye equiparando su ignorancia futbolística con una postura escéptica general, respaldada por el verso de López Velarde sobre la debilidad humana ante las propias ideas. Esta postura ofrece una mirada crítica que cuestiona tanto el espectáculo como las estructuras que lo sostienen.
