El contraste entre un repunte del PIB del 1.3 por ciento en el segundo trimestre y la pérdida de 84,000 ocupados en junio dibuja un escenario económico de dos caras para México. Mientras manufactura, minería y construcción impulsaron la actividad, el mercado laboral se contrajo en cantidad y calidad. Este desfase no es un detalle técnico: plantea efectos en cascada sobre el consumo, la inversión, la cohesión social y la capacidad del país para sostener un ciclo de expansión real. La combinación de exportaciones récord, inflación a la baja y empleo estancado obliga a examinar con rigor qué puede ganar y qué puede perder la economía en los próximos trimestres.
El impulso industrial y el superávit comercial de casi 10,000 millones de dólares en el semestre ofrecen un respiro fiscal y cambiario. La demanda estadounidense de tecnología no automotriz, que creció 37.6 por ciento, demuestra que ciertos segmentos de la manufactura mexicana conservan competitividad incluso en un entorno de incertidumbre arancelaria. Ese flujo de divisas reduce presión sobre el peso, facilita el servicio de deuda externa y da al gobierno de Claudia Sheinbaum un margen político para defender la narrativa de recuperación. Al mismo tiempo, la inflación en 3.10 por ciento anual abre la puerta a recortes de tasas por parte de Banxico, lo que abarataría el crédito a empresas y hogares y podría reactivar proyectos de inversión que hoy permanecen en pausa.

Sin embargo, el mismo sector que lideró el repunte del PIB —la manufactura— terminó con 19,000 empleos menos que un año atrás. Ese fenómeno revela una desconexión peligrosa: se produce y se exporta más con menos personas. La automatización, la reasignación de turnos y la subcontratación de procesos intensivos en capital explican parte del ajuste, pero también señalan que el crecimiento reciente es intensivo en productividad y no en ocupación. Si esta tendencia se consolida, el país podría enfrentar un ciclo de “recuperación sin empleo”, donde las cifras macroeconómicas mejoran mientras el ingreso de los hogares se estanca o se precariza.
Efectos inmediatos sobre consumo y cohesión social
La contracción de la población ocupada de 60.2 a 60.1 millones y el alza de la desocupación a 1.8 millones ya se traducen en menor capacidad de gasto. Cuando menos gente trabaja y la informalidad sube a 55 por ciento, el consumo privado —principal motor histórico del PIB mexicano— pierde fuerza de manera silenciosa. Los 33.1 millones de trabajadores sin acceso a seguridad social enfrentan una doble vulnerabilidad: ingresos volátiles y ausencia de redes de protección ante enfermedad o vejez. La tasa de condiciones críticas de ocupación, que trepó a 38.5 por ciento, indica que una proporción creciente de quienes sí tienen empleo laboran pocas horas o ganan por debajo del mínimo. Ese deterioro de la calidad laboral erosiona el poder adquisitivo real incluso cuando los precios bajan.
En el corto plazo, la caída de la subocupación a 6.6 por ciento puede leerse como un alivio, pero en realidad refleja que muchas personas simplemente dejaron de buscar más horas o salieron de la fuerza laboral. La población económicamente activa apenas creció 48,000 personas en doce meses, un ritmo insuficiente para absorber a los jóvenes que entran al mercado cada año. El desaliento laboral, si se profundiza, reduce la base de cotizantes del IMSS y del ISSSTE, tensiona las finanzas de los sistemas de pensiones y eleva la presión sobre programas sociales focalizados. En entidades donde la manufactura y el comercio perdieron plazas, el riesgo de aumento de la informalidad callejera y de la migración interna hacia las grandes metrópolis se vuelve concreto.
Presiones sobre inversión y horizonte de certidumbre
Ninguna fábrica decide una ampliación de planta por el PIB de un solo trimestre. La revisión del T-MEC y la volatilidad de la política comercial de Estados Unidos convierten la ventaja arancelaria actual en un activo provisional. Mientras el gobierno celebra el 1.3 por ciento y el récord exportador, los consejos de administración de empresas globales evalúan escenarios de aranceles más altos, reglas de origen más estrictas o reubicación de cadenas hacia Asia o el propio territorio estadounidense. La pérdida de 308,000 puestos en servicios profesionales y financieros, y de 263,000 en servicios sociales, sugiere que el sector terciario de mayor valor agregado también se retrae, lo que debilita la demanda de espacios de oficinas, consultoría y tecnología local.
Si la incertidumbre se prolonga, el flujo de inversión extranjera directa podría desacelerarse justo cuando México necesita capital para modernizar infraestructura logística y energética. La construcción sumó 139,000 ocupados, un dato positivo, pero su sostenibilidad depende de que los proyectos públicos y privados no se frenen por falta de financiamiento o por cambios regulatorios. Un escenario de tasas más bajas ayudaría, pero no compensa la ausencia de un horizonte de reglas claras a cinco o diez años. En ese sentido, el rebote industrial actual puede quedar como un episodio aislado si no se traduce en compromisos de inversión de largo aliento.
Riesgos fiscales y de gobernabilidad económica
El margen que da la inflación baja es real, pero frágil. Una caída adicional del empleo formal reduciría la recaudación del ISR y de las cuotas de seguridad social, mientras los programas de transferencias enfrentarían mayor demanda. El gobierno tendría entonces que elegir entre ampliar el déficit, recortar gasto de capital o aumentar la carga tributaria sobre un universo de contribuyentes ya reducido. Cualquiera de esas opciones genera costos políticos y económicos. Además, la narrativa de “recuperación consolidada” choca con la evidencia laboral; si la discrepancia se vuelve evidente para la opinión pública, la credibilidad de las cifras oficiales y de las promesas de crecimiento inclusivo puede erosionarse.
Existe también un riesgo de polarización regional. Los estados con fuerte presencia manufacturera no automotriz capturan el beneficio exportador, mientras entidades dependientes del comercio interno, los servicios profesionales o la agricultura sienten con más fuerza la pérdida de ocupaciones. Esa asimetría alimenta demandas de mayor federalismo fiscal y puede complicar la coordinación de políticas industriales. En el peor escenario, la combinación de empleo precario y expectativas frustradas eleva la conflictividad laboral y la presión migratoria hacia Estados Unidos, lo que a su vez endurecería la postura de Washington en la renegociación del tratado.
Incertidumbres estructurales y posibles correcciones
No todo está escrito. La productividad aparente de la manufactura podría, en un segundo momento, generar empleos de mayor calificación si las empresas reinvierten utilidades en capacitación y en eslabones de mayor valor. La baja inflación y la eventual reducción de tasas pueden reactivar el crédito al consumo y a la vivienda, lo que a su vez impulsaría comercio y construcción. El gobierno cuenta con espacio para diseñar incentivos fiscales dirigidos a la formalización y a la vinculación de pymes con las cadenas exportadoras. Sin embargo, esas correcciones requieren tiempo y voluntad política; no ocurren de manera automática.
La principal incertidumbre radica en la duración del desfase entre producción y ocupación. Si se trata de un ajuste temporal por reorganización de turnos o por choques de oferta, el mercado laboral podría recuperar terreno en el segundo semestre. Si, por el contrario, responde a un cambio estructural hacia procesos menos intensivos en mano de obra, México enfrentará el desafío de generar empleos en sectores distintos a los que hoy impulsan el PIB. En ese caso, la educación técnica, la infraestructura digital y la simplificación regulatoria para emprendedores se vuelven urgentes. Ignorar esa transición dejaría al país con un crecimiento estadístico que no se traduce en bienestar tangible.
La resistencia demostrada ante la contracción del primer trimestre es un activo. Convertirla en un ciclo de expansión con empleo suficiente exige reconocer que los buenos datos de producción y exportación no bastan. Mientras la manufactura ocupe a menos personas, la informalidad avance y la población económicamente activa se estanque, el riesgo de una recuperación incompleta seguirá latente. Las decisiones de política monetaria, comercial y laboral de los próximos meses determinarán si el 1.3 por ciento fue el inicio de algo más sólido o apenas un respiro en medio de un mercado de trabajo que se rezaga.
