La jornada del 7 de julio comenzó con el dólar estadounidense cotizando en promedio a 40,23 pesos uruguayos, un nivel que marca un incremento del 1,31% frente al cierre previo de 39,71 pesos. Esta variación se produce en un contexto de volatilidad del 15,22%, superior al promedio de referencia del 14,86%, y refleja la tendencia alcista observada en días recientes. El movimiento no es aislado: en la última semana el billete verde avanzó 1,73% y en términos interanuales registra un aumento del 0,94%.
Volatilidad contenida pero persistente
El repunte actual se inscribe en un patrón de mayor inestabilidad cambiaria que el mercado uruguayo ha experimentado desde comienzos de año. Aunque el Banco Central del Uruguay mantiene su esquema de flotación independiente, la amplitud de las oscilaciones diarias ha crecido, impulsada por factores externos como la evolución de las tasas de interés en Estados Unidos y la demanda estacional de divisas por parte de importadores. La cotización de apertura de 40,23 pesos representa el nivel más alto alcanzado en varios días consecutivos, lo que obliga a los operadores a recalibrar sus coberturas ante la posibilidad de nuevos saltos en el corto plazo.
Proyecciones del BCU para 2026
La última encuesta del Banco Central del Uruguay proyecta que el tipo de cambio cerrará 2026 en torno a 40,19 pesos por dólar, tras registrar valores de 38,92 en enero y 39,48 en junio de ese mismo año. Para 2027, los analistas consultados elevan la mediana a 41,46 pesos. Paralelamente, las estimaciones de crecimiento del PBI se mantienen moderadas: 1,87% en 2026, 1,85% en 2027 y 1,92% en 2028, cifras inferiores a las expectativas de julio del año anterior. La inflación, por su parte, se sitúa en 4,40% para 2026 y converge gradualmente hacia el centro del rango meta de 4,5% en los años siguientes. Estas proyecciones sugieren un escenario de estabilidad relativa, aunque con menor dinamismo del esperado en el producto interno.

Trayectoria del peso desde 1993
El peso uruguayo circula como moneda oficial desde 1993, tras la conversión que eliminó tres ceros a la antigua denominación. La introducción de bandas de flotación en la década de 1990 y el posterior paso al régimen de flotación independiente en 2002, tras la crisis financiera, configuraron el marco actual de determinación del tipo de cambio. Desde la maxidevaluación de aquel año, la moneda experimentó un período prolongado de apreciación real que contribuyó a la consolidación de la clase media, hoy estimada en el 60% de la población. Sin embargo, la competitividad de largo plazo sigue siendo un desafío estructural que las autoridades intentan abordar mediante reformas en educación e inserción laboral femenina.
El panorama que se abre a partir de julio de 2026 combina una cotización más elevada con expectativas de crecimiento moderado y una inflación que se acerca al objetivo del Banco Central. Esta combinación exige que los agentes económicos ajusten sus estrategias de cobertura y que el sector productivo evalúe con precisión el impacto de un dólar estructuralmente más alto sobre costos y márgenes de exportación.
