El Castillo expone el abandono patrimonial

La incorporación de una fracción abandonada del edificio del Archivo Histórico y Biblioteca Central del Agua al listado de inmuebles federales disponibles no es un trámite administrativo menor. El espacio conocido como “El Castillo”, ubicado en la esquina de Balderas y Ayuntamiento, en el Centro Histórico de Ciudad de México, condensa una contradicción pública: el Estado reconoce formalmente su valor histórico y artístico, advierte sanciones severas contra la ocupación ilegal y, al mismo tiempo, permite que el deterioro visible convierta al inmueble en un punto vulnerable dentro de una zona de alta actividad urbana.

El Instituto de Administración y Avalúos de Bienes Nacionales (Indaabin) señala que el predio es propiedad federal y que cualquier ocupación ilegal puede derivar, conforme a la Ley General de Bienes Nacionales, en penas de dos a 12 años de prisión y multas de hasta mil salarios mínimos. La advertencia tiene una lógica patrimonial y jurídica: los inmuebles públicos con protección histórica no pueden quedar sujetos a apropiaciones de hecho, usos opacos o intervenciones sin autorización. Pero la manta colocada en la fachada también evidencia que la capacidad de advertir no equivale necesariamente a la capacidad de conservar, vigilar, restaurar y activar un edificio.

La fracción puesta a disposición tiene una superficie de 514 metros cuadrados y 2 mil 534 metros cuadrados de construcción. No se trata, por tanto, de una pieza residual sin utilidad potencial. Su escala permite imaginar oficinas culturales, espacios de consulta, servicios de investigación, laboratorios de preservación documental o instalaciones públicas ligadas a la historia ambiental y urbana. El problema no es la ausencia de posibles usos, sino el vacío entre la declaratoria patrimonial, la disponibilidad administrativa y un proyecto operativo con recursos, responsables, calendario y condiciones de mantenimiento.

Un inmueble disponible no es aún un inmueble recuperado

Incluir “El Castillo” en el listado federal abre la puerta para que dependencias públicas soliciten su uso con fines de interés público. Esa decisión puede ser relevante porque desplaza el caso de la mera denuncia sobre abandono hacia una posible reasignación institucional. Sin embargo, la figura de “inmueble disponible” contiene una limitación importante: ordena la oferta de un activo, pero no garantiza demanda, presupuesto ni ejecución. En el patrimonio construido, los procesos se detienen con frecuencia precisamente en ese punto. Hay un edificio identificado, una institución propietaria y una vocación general de interés público, pero falta el actor que asuma costos y obligaciones concretas.

La recuperación de un inmueble histórico exige más que ocuparlo. Requiere diagnósticos estructurales, revisión de instalaciones eléctricas e hidráulicas, control de humedad, restauración de elementos originales, seguridad perimetral, accesibilidad, permisos y un programa permanente de mantenimiento. Cuando el edificio está en una zona con tránsito intenso, actividad comercial, población flotante y presión sobre el espacio público, también se vuelve indispensable una coordinación con autoridades locales. La reutilización sin una estrategia de operación puede producir una apertura temporal y una nueva etapa de abandono pocos años después.

Ese es el primer punto que suele subestimarse: la política de recuperación patrimonial no fracasa únicamente por falta de presupuesto inicial. También falla cuando el gasto se concentra en la inauguración y no en la operación. Una fachada restaurada puede mejorar la percepción urbana, pero un edificio histórico sigue degradándose si no cuenta con vigilancia, limpieza, mantenimiento preventivo y una comunidad institucional que lo use de manera cotidiana. El valor público se sostiene con presencia y cuidado, no solamente con placas, declaratorias o anuncios jurídicos.

El archivo convierte el deterioro en un asunto nacional

La situación adquiere una dimensión mayor porque el inmueble forma parte del entorno que resguarda el Archivo Histórico y Biblioteca Central del Agua, en Balderas 94. El acervo reúne más de 240 mil expedientes organizados en siete fondos documentales que abarcan de 1558 a 1990. Incluye registros de la época colonial, documentos sobre infraestructura hidráulica generados durante el porfiriato, informes geológicos e hidrológicos de finales del siglo XX y una colección fotográfica sobre la historia del agua. Desde marzo de 2018, este patrimonio documental está inscrito por la UNESCO en el Registro Memoria del Mundo en México.

La importancia de ese archivo no reside sólo en su antigüedad. Sus documentos pueden ser herramientas para comprender disputas territoriales, trazos de canales, obras de riego, antecedentes de inundaciones, decisiones de aprovechamiento hidráulico y transformaciones del suelo. En una metrópoli que enfrenta escasez de agua, hundimientos, lluvias extremas y conflictos por abastecimiento, los expedientes históricos no son un lujo académico: ofrecen información acumulada para investigadores, autoridades, comunidades y especialistas que estudian problemas todavía vigentes.

Por ello, el abandono de una fracción del conjunto debe leerse como un riesgo de gobernanza del conocimiento. El Archivo Histórico del Agua fue fundado en 1994 y se trasladó a sus instalaciones actuales en 2013. La permanencia de deterioros generales más de una década después revela que el resguardo documental y el cuidado del continente arquitectónico han avanzado a velocidades distintas. México ha reconocido el valor del acervo, pero esa protección simbólica no elimina los riesgos físicos de un edificio envejecido ni sustituye la inversión sostenida que requiere.

El valor del archivo frente al valor del suelo

La ubicación del inmueble explica tanto su potencial como su fragilidad. Balderas y Ayuntamiento están dentro de un área central con conectividad, comercio, oficinas, transporte público y una fuerte densidad de usos. Desde una lógica inmobiliaria, un edificio federal de más de 2 mil 500 metros cuadrados construidos en esa zona representa un activo estratégico. Desde una lógica patrimonial, esa misma centralidad vuelve más delicada cualquier decisión: una intervención mal diseñada puede degradar elementos históricos; una desocupación prolongada puede incentivar invasiones, vandalismo, robo de materiales y daños difíciles de revertir.

Existe además una tensión entre dos formas de medir el éxito. Para una autoridad administradora, resolver el caso puede significar asignar el inmueble a otra dependencia y reducir el inventario de bienes sin uso. Para conservadores, investigadores y organizaciones culturales, el éxito depende de si la nueva función respeta el valor arquitectónico, mantiene el acceso público o especializado y asegura recursos para el largo plazo. Para vecinos y comerciantes, la prioridad puede estar en mejorar seguridad, limpieza y condiciones del entorno. Estas metas pueden coincidir, pero no son idénticas.

Una reasignación apresurada a oficinas convencionales, por ejemplo, podría devolver actividad al predio, aunque no necesariamente aprovecharía su conexión con el Archivo Histórico del Agua. En cambio, un centro de consulta, conservación, mediación cultural o investigación sobre memoria hídrica podría reforzar una vocación existente, pero requeriría presupuesto técnico y personal especializado. El dilema de fondo es si el edificio será tratado como espacio disponible o como infraestructura cultural y documental. La diferencia define el tipo de inversión, los estándares de intervención y la obligación de rendir cuentas sobre sus resultados.

La ocupación informal no se resuelve sólo con sanciones

El reporte sobre personas en situación de calle que permanecen junto al inmueble y realizan allí sus necesidades plantea una segunda controversia. La presencia de población vulnerable alrededor de edificios abandonados suele ser presentada exclusivamente como un problema de seguridad o de imagen urbana. Esa lectura es incompleta. La falta de uso, vigilancia y mantenimiento crea condiciones para la ocupación informal, pero las personas que buscan resguardo también enfrentan carencias de vivienda, atención sanitaria y alternativas de permanencia. Criminalizar el síntoma sin corregir el abandono puede desplazar el problema unas calles, sin resolverlo.

La advertencia penal establecida por la Ley General de Bienes Nacionales es necesaria para distinguir entre el derecho de asistencia social y la ocupación organizada o lucrativa de propiedades públicas. No obstante, su aplicación requiere proporcionalidad. El Estado debe proteger el inmueble, evitar daños y garantizar condiciones seguras para el archivo, pero también coordinar una respuesta social que no convierta la recuperación patrimonial en una simple operación de expulsión. Las secretarías y organismos responsables de patrimonio, seguridad, desarrollo social y administración de bienes tienen competencias distintas; la ausencia de coordinación suele hacer que ninguna resuelva integralmente el problema.

Esta es una de las lecciones más relevantes del caso: los edificios abandonados son nodos donde se cruzan política patrimonial, exclusión social, seguridad urbana y burocracia inmobiliaria. Abordarlos desde una sola dependencia reduce la eficacia. Una recuperación seria tendría que incluir protección física inmediata, evaluación de riesgos, limpieza profesional, atención social en el perímetro y un destino institucional definido. El orden de esas acciones importa. Cerrar un inmueble sin plan de uso puede preservar temporalmente la fachada, pero difícilmente restituye su función urbana.

La oportunidad de unir patrimonio y política del agua

La conexión entre el inmueble y el Archivo Histórico del Agua permite plantear una segunda idea de fondo: México podría usar este caso para dejar de separar patrimonio cultural y política hídrica. La historia del agua está inscrita en documentos, obras, mapas, fotografías, edificios y decisiones administrativas. Sin embargo, las instituciones suelen tratar los archivos como depósitos y las crisis hídricas como urgencias exclusivamente técnicas. Esa división limita la capacidad de aprender de experiencias previas, especialmente en una ciudad cuya expansión ha modificado cuencas, manantiales, drenajes y zonas de recarga durante más de un siglo.

Un proyecto de recuperación con orientación pública podría convertir una parte del edificio en apoyo real para la investigación y divulgación del acervo: áreas de consulta digital, talleres de conservación, exposiciones documentales temporales o espacios de colaboración entre archivistas, urbanistas, hidrólogos e historiadores. No se trataría de convertir el patrimonio en espectáculo, sino de ampliar su utilidad social. El éxito dependería de que la programación no sustituya la investigación y de que cualquier adaptación arquitectónica cumpla con criterios de conservación.

El precedente internacional muestra que los archivos especializados ganan relevancia cuando se vinculan con problemas públicos contemporáneos. Los documentos sobre obras hidráulicas, concesiones, sequías, inundaciones y transformaciones territoriales pueden aportar series históricas y contexto a debates actuales sobre planeación. No reemplazan los datos técnicos modernos ni las decisiones de infraestructura, pero ayudan a identificar continuidades: sitios recurrentemente inundables, conflictos por aprovechamiento, cambios en la administración del recurso y consecuencias no previstas de ciertas obras.

El siguiente riesgo es una recuperación sin presupuesto recurrente

El mayor riesgo no es únicamente que “El Castillo” siga vacío. También existe el riesgo de una recuperación de corto plazo, impulsada por presión mediática o por la necesidad de mostrar resultados administrativos, sin financiamiento recurrente. Las intervenciones patrimoniales suelen requerir recursos más altos que la adecuación de un inmueble ordinario, porque deben respetar materiales, técnicas y elementos protegidos. A ello se añaden los costos de seguridad, servicios, restauración preventiva y personal. Sin una partida multianual, el nuevo uso podría nacer con fragilidad financiera.

Hay otro peligro: que la lista de inmuebles federales disponibles se convierta en un mecanismo de traslado de responsabilidades. Si una dependencia recibe el espacio sin recursos suficientes, el problema cambia de administrador pero no desaparece. La transparencia deberá ser decisiva: qué institución solicita el inmueble, bajo qué proyecto, con qué presupuesto, qué obra realizará, qué autorizaciones patrimoniales necesita y cómo se medirá el estado de conservación en los siguientes años. Esos datos permitirían distinguir una recuperación efectiva de una mera reasignación en papel.

La tendencia previsible es que el gobierno federal incremente la búsqueda de usos para inmuebles desocupados, presionado por restricciones presupuestales, deterioro acumulado y demandas de aprovechamiento de activos públicos. Esa política puede ser positiva si reduce vacíos urbanos y fortalece servicios públicos. Pero en inmuebles históricos el criterio de eficiencia no puede limitarse a ocupar metros cuadrados. Debe incluir conservación, acceso, seguridad documental y beneficios verificables para la ciudad.

El caso de Balderas y Ayuntamiento será una prueba concreta de esa capacidad. Si la reasignación logra articular protección patrimonial, uso público, atención al entorno y mantenimiento permanente, “El Castillo” puede pasar de ser una evidencia del abandono a una extensión funcional de una de las memorias documentales más valiosas del país. Si prevalece la lógica de deshacerse de un inmueble problemático sin asegurar operación y cuidado, la declaratoria histórica seguirá coexistiendo con puertas grafiteadas, deterioro y un patrimonio cuya relevancia pública se reconoce más de lo que se protege.

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