La revisión al alza de la previsión de crecimiento económico de México para 2026, de 1.10 a 1.20 por ciento, ofrece una señal de alivio después de varios meses de ajustes descendentes. El cambio, registrado en la encuesta de julio del Banco de México entre especialistas del sector privado, no representa una aceleración contundente, pero sí sugiere que el deterioro esperado al inicio del año podría haber tocado un punto de inflexión. La mejora coincide con el crecimiento trimestral de 1.5 por ciento observado en el segundo trimestre, después de una contracción de 0.6 por ciento en el periodo anterior.
El dato puede favorecer la confianza de empresas, consumidores y mercados, especialmente porque la economía mexicana venía arrastrando expectativas más débiles desde febrero. Sin embargo, la cifra anual continúa siendo modesta y permanece por debajo de lo que el país necesitaría para ampliar de forma significativa el empleo formal, elevar los ingresos y reducir presiones sociales. El principal riesgo consiste en interpretar un repunte trimestral como una recuperación firme cuando todavía existen dudas sobre su duración y sobre la calidad de los factores que lo impulsaron.

Una mejora que recupera confianza, no dinamismo suficiente
El incremento de la previsión tiene un efecto positivo inmediato sobre las decisiones económicas. Una expectativa de crecimiento ligeramente mayor puede reducir la cautela de algunas compañías, sostener planes de contratación y mejorar la disposición a invertir en sectores vinculados con manufactura, comercio y servicios. También puede respaldar la percepción de que México conserva capacidad de recuperación pese a la debilidad de la demanda interna y a un entorno internacional menos favorable.
La encuesta muestra además una mejora en la percepción de los especialistas: 39 por ciento considera que la economía se encuentra en mejor situación que hace un año, la proporción más elevada desde abril de 2024. Aunque todavía 61 por ciento opina lo contrario, la cifra representa una reducción frente al 65 por ciento de la medición anterior y se encuentra muy por debajo del 92 por ciento registrado al cierre de 2025. El cambio puede contribuir a estabilizar expectativas, un elemento relevante en una economía donde las decisiones de inversión suelen reaccionar con rapidez a la incertidumbre.
No obstante, el crecimiento previsto de 1.20 por ciento sigue mostrando una expansión limitada. Para que la mejora se traduzca en un avance perceptible para los hogares, tendría que acompañarse de mayor productividad, salarios reales sostenibles y creación de empleos de calidad. Un crecimiento cercano a ese nivel puede ser suficiente para evitar una recesión prolongada, pero difícilmente generará por sí solo una transformación sustantiva de la capacidad productiva o una reducción acelerada de la informalidad.
El rebote trimestral enfrenta una prueba decisiva
El resultado del segundo trimestre es el principal argumento detrás de la revisión positiva. El salto de 1.5 por ciento a tasa trimestral muestra que la contracción previa no se convirtió automáticamente en una tendencia descendente. También confirma que algunos segmentos de la actividad mantienen capacidad de respuesta cuando mejoran las condiciones de producción, exportación o gasto público y privado.
La dificultad está en determinar cuánto de ese crecimiento es permanente. Gerónimo Ugarte, de Valmex Casa de Bolsa, advirtió que el desempeño estuvo relacionado con factores transitorios y anticipó un menor dinamismo del consumo privado. Si los hogares enfrentan elevados costos financieros, ingresos insuficientes o menor confianza, el gasto puede perder impulso durante los siguientes trimestres. En ese escenario, el crecimiento del segundo trimestre funcionaría más como una compensación estadística por la caída anterior que como el inicio de una expansión robusta.
La propia encuesta de Banxico señala que aumentó la probabilidad de una reducción del PIB real ajustado por estacionalidad en varios de los trimestres consultados, con excepción del segundo trimestre de 2026. Esta advertencia importa porque revela que los analistas observan riesgos de nuevos retrocesos, aun después del dato positivo. La recuperación, por tanto, no debe evaluarse únicamente con el resultado de un trimestre, sino con la continuidad de la producción, el consumo y la inversión durante la segunda mitad del año.
Inversión y T-MEC: el punto vulnerable
La inversión privada será uno de los principales indicadores para distinguir entre una recuperación temporal y una trayectoria de crecimiento sostenido. Las empresas pueden posponer proyectos cuando no tienen claridad sobre la demanda, el costo del financiamiento, la regulación o las condiciones comerciales con Estados Unidos y Canadá. La revisión del T-MEC añade un elemento de incertidumbre para industrias integradas a las cadenas regionales, en particular la automotriz, la electrónica, los equipos industriales y algunos segmentos agroalimentarios.
Una negociación comercial compleja podría retrasar decisiones de capital, modificar rutas de abastecimiento o elevar los costos de cumplimiento. Incluso sin cambios abruptos en los aranceles, la posibilidad de nuevas exigencias puede llevar a las compañías a esperar antes de ampliar plantas o contratar proveedores locales. Para México, el riesgo es especialmente relevante porque buena parte de su potencial de crecimiento depende de captar inversiones asociadas con la relocalización de cadenas productivas.
La oportunidad del nearshoring tampoco está garantizada. México cuenta con proximidad geográfica al mercado estadounidense, una amplia red de tratados y experiencia manufacturera, pero necesita resolver limitaciones de energía, agua, transporte, seguridad y certidumbre jurídica. Sin esos elementos, las inversiones de mayor valor agregado pueden dirigirse a otros países o concentrarse en operaciones de ensamblaje con efectos más reducidos sobre la productividad nacional.
Seguridad y energía condicionan el crecimiento futuro
El análisis de México, ¿cómo vamos? subraya que el país puede crecer a un ritmo mayor, pero requiere mejores condiciones de seguridad pública y una oferta energética más amplia. La relación entre ambos factores y la actividad económica es directa: la inseguridad eleva costos logísticos, afecta la operación de pequeñas empresas y desalienta la llegada de capital a regiones con potencial industrial. La falta de energía suficiente, por su parte, limita la instalación de nuevas plantas y puede provocar interrupciones o encarecer la producción.
Las consecuencias recaen de manera desigual. Las grandes compañías pueden contratar seguros, establecer sistemas propios de vigilancia o instalar generadores, mientras que los pequeños negocios suelen absorber directamente las pérdidas por robos, extorsiones y cortes de suministro. Si estas restricciones persisten, el crecimiento podría concentrarse en sectores y zonas con infraestructura consolidada, dejando menos beneficios en regiones que necesitan mayor inversión y empleo.
La política pública tendrá que equilibrar la urgencia de atraer capital con la necesidad de garantizar reglas claras y servicios confiables. Incentivos fiscales o programas de promoción pueden acelerar proyectos, pero serán insuficientes si no se acompañan de infraestructura, seguridad efectiva y capacidad de conexión a la red eléctrica. El riesgo de una estrategia centrada solo en anunciar inversiones es generar expectativas superiores a la capacidad real de ejecución.
Inflación a la baja, con espacio monetario limitado
Los especialistas redujeron su previsión de inflación general para 2026 de 4.20 a 4.0 por ciento y mantuvieron en 4.0 por ciento la estimación para la inflación subyacente. Esta mejora puede aliviar el presupuesto de los hogares y disminuir la presión sobre los costos empresariales. También fortalece la posibilidad de que la política monetaria conserve una postura menos restrictiva, siempre que las expectativas permanezcan ancladas y no aparezcan nuevos choques de precios.
Para 2027 se prevé una inflación general de 3.84 por ciento, mientras que la subyacente fue ajustada al alza, de 3.80 a 3.86 por ciento. La diferencia sugiere que, aunque la inflación total podría moderarse, algunos componentes más persistentes todavía representan un desafío. Servicios, vivienda, alimentos procesados y otros bienes vinculados con costos internos pueden mantener una presión que reduzca el poder adquisitivo, particularmente entre los hogares de menores ingresos.
La previsión de una tasa de referencia de 6.50 por ciento para finales de 2026 y 2027 indica que los analistas no esperan una relajación monetaria agresiva. Esto podría proteger la estabilidad de precios y apoyar al peso, pero también mantendría relativamente caro el crédito para empresas y familias. La autoridad monetaria enfrentará una disyuntiva: reducir el costo del dinero para estimular la actividad o mantener cautela para evitar que una inflación subyacente persistente obligue a revertir posteriormente los recortes.
El peso estable también depende del entorno externo
La expectativa de un tipo de cambio de 17.88 pesos por dólar al cierre de 2026 y de 18.45 para 2027 refleja una visión relativamente ordenada del mercado cambiario. Un peso sin depreciaciones abruptas ayuda a contener el costo de las importaciones, facilita la planeación financiera y reduce el impacto de ciertos insumos externos sobre los precios internos. También puede favorecer a empresas con deuda denominada en dólares.
Pero la estabilidad cambiaria no está asegurada. Cambios en las tasas de interés de Estados Unidos, episodios de aversión global al riesgo, tensiones comerciales o dudas sobre las finanzas públicas pueden provocar salidas de capital y una depreciación más rápida de la prevista. Un peso más débil apoyaría a algunos exportadores, aunque encarecería maquinaria, combustibles y componentes importados, con efectos potenciales sobre la inflación y la inversión.
La previsión de crecimiento de 1.80 por ciento para 2027 plantea una recuperación moderada, cercana al rango de 1.7 a 1.8 por ciento señalado por Valmex, pero todavía inferior al crecimiento potencial de la economía mexicana. El dato permite esperar una mejora gradual, no un despegue. Para que las proyecciones se conviertan en una tendencia más sólida, será necesario que el consumo no pierda fuerza, que la inversión avance pese a la incertidumbre comercial y que las restricciones de seguridad y energía comiencen a resolverse. De lo contrario, la revisión al alza de 2026 podría quedar como una pausa dentro de un ciclo de expansión débil, vulnerable a cualquier nuevo choque interno o externo.
