El precio del oro experimentó en el segundo trimestre de 2026 su mayor retroceso en trece años, perdiendo cerca del 16 % entre abril y junio. Tras alcanzar un máximo histórico de 5.586 dólares la onza el 29 de enero, los futuros del metal se situaron en torno a 3.989 dólares, mientras que el oro al contado bajó hasta 3.974 dólares. Esta corrección, impulsada por expectativas de tipos de interés más elevados, ha generado un efecto dominó que afecta tanto a los mercados financieros como a las economías dependientes de la extracción minera.
Antecedentes de la subida y el giro de política monetaria
Durante 2024 y 2025 el oro actuó como refugio frente a tensiones geopolíticas y a la persistencia de la inflación en varias economías avanzadas. Los bancos centrales de China, India y varios países de Oriente Medio incrementaron sus reservas, mientras que los inversores particulares adquirieron lingotes y ETF vinculados al metal. Sin embargo, a partir de diciembre de 2025 la Reserva Federal estadounidense comenzó a señalar que los recortes de tipos serían más graduales de lo esperado. Esta señal alteró el cálculo de los inversores: los bonos del Tesoro ofrecían ahora rendimientos reales positivos, restando atractivo al oro, que no genera intereses ni dividendos.
El cambio de expectativas se materializó con rapidez. Los datos de empleo de mayo de 2026 superaron las previsiones y la inflación subyacente se mantuvo por encima del 2,8 %, reforzando la idea de que los tipos permanecerían altos durante más tiempo. Como consecuencia, los flujos hacia los ETF de oro registraron salidas netas de 8.200 millones de dólares solo en junio, según datos de la industria.

Impacto inmediato en la minería y las economías extractivas
La caída de precios ha golpeado directamente a las compañías mineras. En Sudáfrica, Gold Fields anunció la revisión de dos proyectos de expansión en la cuenca del Witwatersrand porque el precio de equilibrio necesario para obtener rentabilidad superaba los 4.200 dólares. En Perú, la empresa Buenaventura postergó la fase dos de su mina de Tantahuatay, lo que afecta a 1.800 empleos directos previstos para 2027. Estas decisiones ilustran cómo una corrección sostenida del metal reduce la inversión de capital y ralentiza el desarrollo de nuevos yacimientos.
Los gobiernos que dependen de los royalties mineros también enfrentan ajustes presupuestarios. Ghana, tercer productor africano de oro, calcula que cada 100 dólares de caída en el precio reduce sus ingresos fiscales en 180 millones de dólares anuales. El Ejecutivo ya ha solicitado un crédito puente al FMI para cubrir el hueco generado por la menor recaudación del segundo semestre.
Reconfiguración de carteras y efectos en otros activos
Los gestores de fondos soberanos y los family offices han comenzado a reasignar capital hacia instrumentos de renta fija y acciones de alta capitalización con dividendos estables. En Suiza, varios fondos de pensiones redujeron su exposición al oro del 7 % al 4,5 % de la cartera entre marzo y junio. Este movimiento ha contribuido a la apreciación del franco suizo y a un aumento de la demanda de bonos alemanes a diez años.
Al mismo tiempo, la plata ha seguido una trayectoria similar, aunque con mayor volatilidad. Su precio al contado cayó hasta 57,80 dólares, afectando a la industria solar fotovoltaica, donde la plata se utiliza en la fabricación de células. Empresas como First Solar han reportado incrementos del 9 % en los costes de aprovisionamiento, lo que podría trasladarse a los precios finales de los paneles si la cotización no se recupera.
Consecuencias a medio y largo plazo para la estabilidad financiera
La corrección del oro plantea interrogantes sobre la capacidad de los bancos centrales para diversificar reservas sin generar perturbaciones de precios. Si las entidades monetarias de mercados emergentes deciden pausar sus compras, el metal podría enfrentar una presión adicional a la baja. Esta dinámica reduciría el margen de maniobra de países que buscan protegerse frente a sanciones o depreciaciones de sus monedas locales.
Por otra parte, la menor rentabilidad de las mineras podría acelerar procesos de consolidación sectorial. Grandes grupos como Newmont ya han iniciado conversaciones para adquirir activos de competidores medianos con balances más débiles. Esta concentración podría limitar la competencia en licitaciones mineras y, en última instancia, influir en los precios futuros del metal cuando la demanda industrial o de joyería se recupere.
En el ámbito de los inversores minoristas, la experiencia de 2026 refuerza la necesidad de entender que el oro no es un activo de crecimiento, sino de preservación de valor en contextos muy específicos. Las carteras que mantuvieron una exposición excesiva al metal durante la primera mitad del año sufrieron pérdidas superiores al 12 %, lo que podría traducirse en menor apetito por este tipo de cobertura en el próximo ciclo económico.
El episodio también pone de relieve la interconexión entre política monetaria estadounidense y los mercados de materias primas. Mientras la Reserva Federal mantenga una postura restrictiva, el oro probablemente seguirá cotizando por debajo de los niveles alcanzados a principios de 2026. Solo un giro claro hacia recortes agresivos o un repunte inesperado de la inflación podría revertir la tendencia actual.
