La designación de Ciudad de México como una de las sedes del Mundial de Fútbol 2026 se inserta en una trayectoria de más de medio siglo de organización de grandes eventos deportivos por parte de la capital mexicana. Desde los Juegos Olímpicos de 1968 hasta la Copa del Mundo de 1986, la ciudad ha acumulado experiencia en la gestión de infraestructuras temporales y flujos masivos de visitantes. El certamen de 2026, sin embargo, se distingue por desarrollarse en un contexto de recuperación postpandémica y por la participación conjunta de tres países anfitriones, lo que multiplicó las expectativas de derrama económica en cada una de las plazas seleccionadas.
Los datos difundidos por la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de la Ciudad de México reflejan una inyección de 22 mil 678 millones de pesos y la generación de 80 mil empleos temporales. Estas cifras no surgieron de manera aislada: respondieron a un esquema de coordinación entre autoridades locales, empresas de transporte y organismos empresariales que anticiparon la llegada de más de 1.1 millones de turistas con un gasto promedio de hasta 22 mil 500 pesos por persona. El diseño de rutas de última milla mediante unidades de la Red de Transporte de Pasajeros, el Metro y el Tren Ligero permitió canalizar a los aficionados hacia el Estadio Ciudad de México sin colapsar el sistema vial existente.
La preparación previa y sus antecedentes
La candidatura mexicana para 2026 se construyó sobre la base de estudios de viabilidad elaborados desde 2017, cuando la FIFA abrió el proceso de selección. En aquella etapa, el gobierno capitalino identificó que la modernización de espacios públicos, la mejora de la iluminación y el ordenamiento del comercio informal constituirían requisitos indispensables para cumplir con los estándares de seguridad y accesibilidad exigidos por el organismo internacional. Estas intervenciones, lejos de limitarse a la duración del torneo, formaron parte de un plan de largo plazo orientado a elevar la competitividad turística de la metrópoli frente a otras ciudades latinoamericanas que también aspiran a atraer eventos masivos.
El antecedente más cercano se encuentra en la experiencia de Guadalajara y Monterrey durante el mismo certamen, donde los gobiernos estatales implementaron programas similares de recuperación de áreas verdes y logística de transporte. La comparación entre las tres sedes mexicanas revela que Ciudad de México logró concentrar el mayor volumen de visitantes gracias a su conectividad aérea y a la existencia de un parque hotelero más amplio, aunque también enfrentó mayores desafíos de congestión en zonas históricas.
Reconfiguración de sectores productivos
El impacto inmediato se concentró en cinco ramas de actividad: hospedaje, alimentación, transporte, venta de artesanías y servicios de atención al cliente. Los hoteles reportaron ocupaciones superiores al 90 por ciento durante las fechas de los partidos, mientras que restaurantes y bares ubicados en las inmediaciones del estadio registraron incrementos de hasta tres veces su facturación habitual. Esta reactivación temporal no se limitó a los días de juego; se extendió a las semanas previas y posteriores debido a la presencia de delegaciones, periodistas y turistas que prolongaron su estancia para visitar sitios patrimoniales.
Los 80 mil empleos temporales se distribuyeron principalmente entre personal de logística, guías turísticos, conductores y vendedores ambulantes reubicados en zonas autorizadas. Aunque estos puestos desaparecieron al concluir el evento, el entrenamiento recibido en atención al cliente y protocolos de seguridad constituye un activo que muchos trabajadores podrán transferir a otras industrias de servicios. La Canaco CDMX ha señalado que parte de este personal ya ha sido absorbido por cadenas hoteleras que buscan ampliar su plantilla de cara a la temporada de verano.

Efectos sobre el espacio urbano y la imagen internacional
La retirada de vendedores ambulantes y la rehabilitación de áreas verdes en torno al estadio generaron un cambio perceptible en la percepción de seguridad de los alrededores. Este tipo de intervenciones, sin embargo, plantea interrogantes sobre la sostenibilidad de las medidas adoptadas. Experiencias similares en otras ciudades que han albergado eventos de gran escala muestran que, sin un programa de mantenimiento continuo y de reincorporación laboral de los comerciantes desplazados, los espacios recuperados pueden volver a deteriorarse en un plazo de dos a tres años.
Desde la perspectiva de la proyección internacional, el Mundial consolidó la narrativa de una capital capaz de organizar certámenes de primer nivel sin incurrir en los sobrecostos que caracterizaron a ediciones anteriores en Sudamérica. Esta reputación puede traducirse en mayores probabilidades de atraer futuras convenciones, ferias y torneos regionales, siempre que las mejoras en transporte público y alumbrado se mantengan más allá del ciclo electoral.
Riesgos y consideraciones de largo plazo
El carácter temporal de la mayor parte de los empleos generados obliga a examinar cómo se integrarán esos trabajadores a la economía formal una vez concluida la fase de alta demanda. Modelos implementados en Brasil tras el Mundial de 2014 indican que, cuando no existen mecanismos de reconversión laboral, la tasa de informalidad tiende a regresar a niveles previos al evento. En el caso de Ciudad de México, la Canaco ha propuesto un programa de certificación para que los participantes en el esquema de última milla puedan acceder a puestos permanentes en empresas de logística y turismo.
Otro aspecto a considerar es la presión sobre los recursos públicos destinados a la limpieza y seguridad durante el torneo. Aunque la derrama económica compensó parcialmente estos gastos, el balance neto dependerá de la capacidad del gobierno local para capitalizar el incremento en la ocupación hotelera mediante una política fiscal que destine parte de los ingresos adicionales al mantenimiento de las infraestructuras mejoradas.
Perspectivas de continuidad
La experiencia acumulada durante el Mundial de 2026 ofrece una base concreta para diseñar estrategias de atracción de eventos deportivos y culturales de menor escala pero mayor frecuencia. La articulación entre transporte público, recuperación de espacios y coordinación con el sector privado demostró ser funcional bajo condiciones de alta demanda. Replicar este modelo en eventos como la Copa Libertadores o ferias internacionales requerirá ajustes en los calendarios de mantenimiento y en los esquemas de financiamiento compartido entre los distintos niveles de gobierno.
El verdadero indicador de éxito no residirá únicamente en las cifras de derrama registradas durante el mes de julio, sino en la capacidad de la ciudad para retener parte del flujo turístico y convertirlo en visitas recurrentes a lo largo de los próximos años. Para ello, resulta indispensable que las mejoras en iluminación, áreas verdes y ordenamiento comercial se sostengan mediante presupuestos ordinarios y no dependan exclusivamente de la organización de megaeventos.
