El comienzo de septiembre dejó una señal financiera poco habitual para la economía argentina: varias variables sensibles se movieron al mismo tiempo hacia una mayor estabilidad. El dólar mayorista cerró en $1.508, apenas por debajo del valor de fin de agosto; el riesgo país descendió a 494 puntos básicos; y la tasa de caución a un día terminó en 19% anual, perforando el 20% luego de haber rozado el 28% apenas un mes atrás. La combinación no elimina los desafíos macroeconómicos, pero reduce en el corto plazo la percepción de un ajuste cambiario inminente.

Un dólar lejos del límite de intervención
La calma cambiaria se explica, en parte, por la distancia entre el tipo de cambio mayorista y el techo de la banda. Según la consultora LCG, el límite superior se ubica actualmente en $1.881, un 24% por encima de la cotización vigente. Esa brecha ofrece margen antes de que el mercado interprete que el régimen cambiario enfrenta una prueba decisiva y, al mismo tiempo, disminuye los incentivos a anticipar una corrección abrupta.
También cedieron las diferencias entre el dólar oficial y las cotizaciones financieras. La brecha con el MEP quedó en 1,3%, mientras que frente al contado con liquidación se ubicó en 5,2%. Son niveles que sugieren una menor presión de dolarización de carteras, luego de que las compras privadas de divisas alcanzaran unos USD 2.900 millones en julio y habrían mantenido una magnitud similar en agosto. Cuando las brechas son reducidas, la demanda de cobertura suele perder urgencia porque el costo de salir de los activos en pesos resulta menos atractivo.
Los futuros descartan un salto discreto
El mercado de futuros refuerza ese diagnóstico. Los contratos para los próximos meses incorporan una suba cercana a 1,7% mensual hasta fin de año y ubican al dólar mayorista de diciembre alrededor de $1.610. Esa trayectoria supone una depreciación administrada y no un salto discreto. Incluso aparece la posibilidad de que 2026 cierre con una cotización inferior a $1.600, aunque ese escenario dependerá de la evolución de la inflación, las reservas y la demanda de dinero.
Durante buena parte del año, distintos economistas instalaron la discusión sobre un eventual atraso cambiario y plantearon que una devaluación podría mejorar la competitividad y apuntalar al mercado interno. Sin embargo, el récord de exportaciones y la persistencia de una cuenta corriente superavitaria debilitaron esa hipótesis. La Unión Industrial Argentina tampoco colocó un tipo de cambio más alto entre sus reclamos centrales en su último encuentro anual: la prioridad empresarial pasó a estar más vinculada con una reducción de impuestos y costos estructurales.
Inflación y reservas, los respaldos del escenario
La estrategia oficial depende de sostener la estabilidad del dólar como ancla para la desaceleración inflacionaria. Las estimaciones privadas para agosto se ubican entre 1,4% y 1,8%, por debajo del 1,9% registrado en junio, que hasta ahora era el menor índice mensual del año. Una inflación más baja reduce la necesidad de una suba nominal de tasas y permite que el Gobierno preserve un entorno financiero menos restrictivo.
Las reservas brutas alcanzaron USD 50.800 millones, favorecidas principalmente por la valorización del oro. El Banco Central, de todos modos, mantiene un espacio limitado para acumular divisas mediante compras directas: en la última rueda adquirió apenas USD 15 millones. La evolución de las compras privadas también muestra una moderación, ya que pasaron de USD 2.162 millones en agosto a un ritmo estimado de USD 768 millones mensuales al inicio de septiembre. Esa desaceleración contribuye a aliviar la tensión sobre el mercado oficial, aunque no reemplaza la necesidad de generar flujos genuinos de divisas.
Bonos con demanda y menor premio por incertidumbre
La baja del riesgo país a 494 puntos básicos, luego de dos semanas por encima de 500, indica que los bonos argentinos recuperaron compradores. Con rendimientos cercanos a 10% anual en dólares, parte del mercado encuentra una relación entre riesgo y retorno suficientemente atractiva. La expectativa política influye en esa decisión: los inversores siguen las posibilidades de reelección de Javier Milei, aunque falta más de un año para la próxima votación y el panorama electoral todavía no está definido.
El descenso del riesgo país no equivale a un regreso pleno al crédito internacional ni garantiza una mejora sostenida de las condiciones de financiamiento soberano. Sí establece un límite a la percepción de deterioro: mientras los bonos mantengan demanda, resulta más difícil que una señal puntual de volatilidad se transforme en una salida generalizada de activos argentinos. La prueba será si esta compresión puede sostenerse ante datos fiscales, políticos o externos menos favorables.
Liquidez para las pymes, con una condición pendiente
La señal más concreta de relajación provino de las tasas cortas en pesos. La caución a un día bajó a 19% anual desde niveles cercanos al 28% a comienzos de agosto, después de que el Tesoro liberara pesos en la última licitación del mes. El mercado interpretó que disminuían las tensiones de liquidez que habían presionado las tasas semanas atrás. Que el dólar se haya mantenido estable pese a esa mayor disponibilidad de pesos es un dato relevante para el programa económico.
Para el Gobierno, las tasas reales negativas pueden ayudar a reactivar la actividad y abaratar el financiamiento para las pequeñas y medianas empresas, especialmente mediante el descuento de cheques. Pero esa ventaja tiene un límite: la liquidez sólo será expansiva si no vuelve a traducirse en demanda de divisas o en una aceleración de la inflación. La calma actual descansa sobre un equilibrio delicado entre oferta de dólares, confianza en la política cambiaria y disciplina macroeconómica; sostener esos tres factores será más importante que celebrar un solo dato favorable.
