El puente del río Rey no basta solo

Cuando la Comisión Nacional de Emergencias entregó el nuevo puente vehicular sobre el río Rey, en el límite entre Puriscal y Parrita, el anuncio se enmarcó en el lenguaje habitual de la reconstrucción post-desastre: conectividad restaurada, ₡811 millones invertidos, más de 450 beneficiarios directos. Detrás de esas cifras se esconde una pregunta menos cómoda. ¿Hasta qué punto una obra de este tipo transforma de verdad las condiciones de vida de las comunidades indígenas y rurales, o se limita a tapar un hueco que volverá a abrirse con la próxima temporada de lluvias intensas?

El puente de Bajo El Rey sustituye una estructura que el huracán Eta dejó prácticamente inutilizable en 2020. Durante casi seis años, los habitantes de la Reserva Indígena de Zapatón, Alto Pérez, Mastatal y la propia comunidad de Bajo El Rey convivieron con un cruce riesgoso que cortaba el acceso a escuelas, centros de salud y mercados en los meses más húmedos. La nueva vía funciona como alterna a las rutas nacionales 318 y 239, y en papel devuelve continuidad al transporte de palma africana, plátano y papaya, cultivos que sostienen la economía familiar de la zona. También acerca a los visitantes a un conjunto de cataratas situadas a unos 500 metros, un activo turístico que la Asociación de Mujeres Emprendedoras Indígenas de Zapatón espera capitalizar.

La primera lectura es de alivio legítimo. Damaris García, integrante de la asociación de mujeres, lo resumió sin rodeos: ver un puente seguro motiva, porque antes cruzar era un riesgo constante. Ese testimonio no es anécdota. En territorios indígenas donde la infraestructura estatal llega tarde y se deteriora rápido, cada tramo confiable de carretera o puente altera el cálculo cotidiano de tiempo, costo y peligro. El acceso a servicios esenciales deja de depender del nivel del río. Los productores pueden programar cosechas sin temer que la carga se quede varada. Los emprendimientos turísticos dejan de ser promesas a medias.

Cuando la resiliencia se mide solo en metros de concreto

Sin embargo, reducir la resiliencia de una comunidad vulnerable a la inauguración de una estructura de acero y concreto es un error de diagnóstico que Costa Rica ha repetido con frecuencia. El Fondo Nacional de Emergencias existe precisamente porque los fenómenos hidrometeorológicos dañan infraestructura de manera cíclica. Eta no fue un evento aislado; formó parte de una secuencia de temporadas cada vez más intensas que el cambio climático está volviendo norma. Construir de nuevo lo que se cayó no equivale, por sí solo, a haber aprendido la lección.

Un análisis más fino obliga a preguntarse qué no se financió junto con los ₡811 millones del puente. ¿Se reforzaron las laderas y cauces aledaños? ¿Existe un plan de mantenimiento preventivo con presupuesto asignado y responsables claros en los gobiernos locales de Puriscal y Parrita? ¿Se contempló la participación de las propias comunidades indígenas en el diseño y la vigilancia de la obra, más allá del rol de beneficiarias pasivas? La experiencia regional muestra que las obras que no incorporan conocimiento local sobre el comportamiento del río y de las lluvias tienden a fallar antes de lo previsto. El puente puede ser sólido; el entorno que lo sostiene, no necesariamente.

Además, el beneficio directo a 450 personas es una cifra que merece matizarse. En zonas de baja densidad y alta dispersión, el impacto real se mide menos en cabezas de población y más en la densidad de vínculos económicos que se reactivan. Si los intermediarios de la palma y el plátano siguen imponiendo precios de compra que capturan el margen, o si el turismo llega de forma desordenada y concentra ingresos en operadores externos, el puente habrá mejorado la movilidad sin redistribuir poder económico. La infraestructura es condición necesaria, no suficiente.

Tres lecturas que chocan entre sí

Desde la CNE, el puente se presenta como evidencia de que el mecanismo de reconstrucción funciona: se identifica el daño, se asigna fondo de emergencia, se entrega obra. Es una narrativa de eficacia administrativa que necesita mostrarse, sobre todo cuando la opinión pública cuestiona la velocidad de respuesta ante desastres. Para los gobiernos locales, la estructura alivia presión política inmediata y les permite señalar que “algo se hizo” en un corredor que históricamente ha estado al margen de las grandes inversiones viales.

Las comunidades indígenas, en cambio, operan con otra temporalidad. Seis años de aislamiento intermitente no se borran con un corte de cinta. La desconfianza acumulada hacia las instituciones se alimenta de promesas anteriores que se diluyeron. El riesgo, percibido por varios líderes locales en conversaciones informales posteriores a la inauguración, es que el puente se convierta en vitrina de un día y luego quede sin mantenimiento, o que sirva de pretexto para posponer otras demandas —electrificación confiable, conectividad digital, titulación de tierras, acceso efectivo a salud— que siguen pendientes. La obra es bienvenida; la sospecha de que sea la única intervención visible durante la próxima década, también.

Hay un tercer actor menos visible: los productores y los pequeños operadores turísticos no organizados. Para ellos, el puente reduce costos de transporte y abre la puerta a visitantes, pero también puede atraer competencia de mayor escala o presión sobre el uso del suelo si el flujo turístico crece sin planificación. La Asociación de Mujeres Emprendedoras Indígenas de Zapatón tiene una ventaja organizativa relativa; quienes trabajan de forma individual enfrentan más incertidumbre sobre cómo capturar el valor que la nueva conectividad genera.

El cuello de botella que el puente no resuelve

Un punto de vista que conviene poner sobre la mesa es el siguiente: la verdadera fragilidad de esta región no estaba solo en el puente viejo, sino en la monocausalidad de su economía y en la dependencia de rutas que carecen de redundancia real. Tener una vía alterna es un avance. Pero si las rutas 318 y 239 siguen en condiciones precarias, o si un nuevo evento cierra simultáneamente varios puntos del corredor Puriscal-Parrita, el puente del río Rey se convierte en un eslabón aislado dentro de una cadena débil. La resiliencia territorial exige redes, no puntos.

Otro ángulo subestimado es el demográfico. Las comunidades indígenas y rurales de esta franja enfrentan, como muchas otras del país, procesos de envejecimiento y emigración de jóvenes hacia el Valle Central o hacia destinos laborales fuera de la zona. Un puente más seguro puede frenar esa salida si se traduce en mejores ingresos locales. Si no lo hace, la infraestructura quedará sobredimensionada respecto de una población que se reduce. La inversión de casi 1,8 millones de dólares solo se justifica plenamente si se articula con políticas productivas y de retención de población en el territorio.

Existe, además, una tensión latente entre conservación y apertura. Las cataratas cercanas son un atractivo genuino, pero también un ecosistema sensible. Facilitar el acceso sin protocolos de carga turística, manejo de residuos y participación comunitaria en la gestión del destino puede degradar el recurso que se pretende aprovechar. El turismo indígena de base comunitaria ha demostrado en otras regiones de Costa Rica que puede generar ingresos dignos; también ha mostrado que, sin reglas claras, termina desplazado por operadores con más capital.

Lo que puede pasar en los próximos cinco años

Si el puente se integra a un plan mínimo de mantenimiento y a una estrategia de comercialización agrícola y turística liderada por las propias comunidades, el escenario más probable es de mejora moderada pero tangible: menos días de aislamiento, mayor predictibilidad para la venta de cosechas, un flujo turístico inicial que fortalece a la asociación de mujeres y, eventualmente, a otros emprendimientos. Ese es el escenario que la CNE y los gobiernos locales proyectan, aunque rara vez lo detallan con indicadores verificables.

El escenario adverso es igualmente plausible. Un invierno extremo daña los accesos al puente o socava sus estribos por falta de obras de protección en el cauce. El mantenimiento se diluye entre competencias municipales y nacionales. El turismo llega de forma esporádica y sin derrame local significativo. Los jóvenes siguen migrando. En ese caso, dentro de una década el país estará de nuevo hablando de “reconstruir la conectividad” en la misma zona, con un nuevo desembolso del Fondo de Emergencias y el mismo discurso de resiliencia.

Hay un riesgo intermedio, más sutil: que el puente funcione bien como infraestructura, pero se convierta en vector de presiones externas no deseadas —especulación sobre tierras aledañas, proyectos extractivos o turísticos de envergadura que desplacen el control comunitario—. La conectividad abre puertas en ambas direcciones. Sin salvaguardas de gobernanza territorial indígena, lo que hoy se celebra como oportunidad puede mutar en vulnerabilidad de otro tipo.

La obra sobre el río Rey es, en sentido estricto, una reparación necesaria y tardía. Su valor real no se medirá en el día de la inauguración ni en el comunicado de prensa, sino en si las instituciones aceptan que un puente solo sostiene el desarrollo cuando a su alrededor se construyen capacidades productivas, reglas de mantenimiento y poder de decisión local. De lo contrario, Costa Rica seguirá sustituyendo estructuras dañadas por huracanes sin alterar la ecuación de fondo: comunidades que dependen de un solo paso sobre el río, y un Estado que reacciona cuando ese paso ya no existe.

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