El primer semestre de 2026 dejó en El Salvador un desequilibrio externo sin precedentes recientes. Las importaciones alcanzaron 9.319,7 millones de dólares, mientras las exportaciones se situaron en 3.400,6 millones, generando un déficit de 5.919,1 millones. Esta cifra supera en 11,6 por ciento el saldo negativo registrado en igual período de 2025 y marca el nivel más alto desde 1994, según los datos consolidados por el Banco Central de Reserva.
Raíces históricas del desequilibrio externo
Desde la firma de los acuerdos de paz en 1992, la economía salvadoreña ha mantenido una balanza comercial estructuralmente negativa. La apertura comercial de los años noventa y la posterior dolarización en 2001 incrementaron la dependencia de bienes importados sin que el aparato productivo interno lograra compensar esa demanda. El Fondo Monetario Internacional ya estimaba que el desequilibrio externo rondaría el 26 por ciento del PIB para 2026, una proyección que ahora se confirma con los datos semestrales.
El crecimiento económico de 3,9 por ciento registrado en 2025, impulsado principalmente por construcción, turismo y consumo privado, elevó la necesidad de materiales intermedios y productos terminados que el país no fabrica a escala suficiente. Esta dinámica no es nueva, pero se ha intensificado con la llegada de remesas que en 2025 sumaron 9.987 millones de dólares, equivalentes al 24 por ciento del PIB y provenientes en un 92 por ciento de Estados Unidos.
El papel de las remesas en el ciclo de importaciones
Hasta el 98 por ciento de esos envíos familiares se destinan al consumo inmediato de bienes y servicios. El resultado es un círculo donde el ingreso externo financia compras que, a su vez, amplían el déficit comercial. En el semestre analizado, las importaciones crecieron 8,8 por ciento, casi el doble del ritmo de las exportaciones, que avanzaron 4,1 por ciento. El volumen físico exportado sí aumentó 10,3 por ciento, pero el valor no alcanzó a cerrar la brecha.

Los productos tradicionales como café y azúcar mostraron un repunte del 23 por ciento en valor, beneficiados por precios internacionales favorables y mayor volumen en el caso del azúcar. Sin embargo, estos rubros representan apenas el 8,6 por ciento de la canasta exportadora total. El grueso de las ventas sigue dependiendo de sectores no tradicionales, que concentran el 78,1 por ciento del total y crecieron solo 2,8 por ciento.
Dependencia bilateral con Estados Unidos
La relación comercial con Estados Unidos ilustra la magnitud del problema. Ese país adquirió bienes salvadoreños por 1.106,1 millones de dólares, el 32,5 por ciento del total exportado, pero vendió al país centroamericano 2.514,4 millones. El déficit bilateral resultante de 1.408,3 millones representa un incremento del 20,4 por ciento respecto a 2025 y constituye el más elevado desde 1994.
Cualquier modificación en la política arancelaria o migratoria de Washington afecta simultáneamente ambos lados de la balanza salvadoreña. Las exportaciones de maquila textil, por ejemplo, retrocedieron 14,2 por ciento, aunque otros rubros como microcondensadores eléctricos compensaron parcialmente con un alza del 39,5 por ciento. La agroindustria avanzó 13,6 por ciento y la maquinaria mecánica creció 27,1 por ciento, pero estos avances no logran modificar la tendencia general.
Consecuencias sobre la estabilidad macroeconómica
El desequilibrio externo limita el margen de maniobra de las autoridades monetarias y fiscales. Al carecer de moneda propia, El Salvador depende de flujos de divisas externas para financiar el déficit. Las remesas cubren parte de esa necesidad, pero también refuerzan la propensión al consumo importado. La firma EMFI advirtió que las exportaciones, aunque crecieron 8,3 por ciento al cierre de 2025, no compensaron el fuerte incremento de las compras externas.
En el mediano plazo, esta situación puede traducirse en mayor presión sobre las reservas internacionales y en una percepción de riesgo país más elevada para eventuales emisiones de deuda o proyectos de inversión extranjera directa. Sectores que dependen de insumos importados, como la construcción y ciertos servicios turísticos, enfrentan costos crecientes si el tipo de cambio real se ajusta por otras vías.
Implicaciones sociales y productivas a largo plazo
El consumo financiado por remesas sostiene niveles de vida superiores a los que permitiría la producción interna, pero también reduce los incentivos para desarrollar capacidades exportadoras más sofisticadas. La maquila textil, otrora motor de empleo formal, sigue perdiendo terreno frente a competidores regionales, mientras que las exportaciones de mayor valor agregado, como componentes electrónicos, aún representan una porción reducida del total.
El FMI ha señalado que reducir el desequilibrio requiere reformas orientadas a fortalecer los sectores exportadores y a disminuir la dependencia de divisas externas. Sin embargo, los datos del primer semestre de 2026 muestran que esa brecha sigue abierta y que el pico exportador alcanzado en 2022, de 3.707 millones de dólares, sigue sin recuperarse. La distancia de 306 millones de dólares respecto a esa marca semestral indica que el aparato productivo no ha logrado retomar la senda de expansión observada hace cuatro años.
La persistencia de este desequilibrio condiciona las opciones de política económica para la próxima década. Cualquier estrategia que busque elevar el crecimiento potencial deberá enfrentar simultáneamente la necesidad de sustituir importaciones en bienes intermedios y de diversificar destinos y productos de exportación, sin depender exclusivamente del flujo de remesas que, aunque estable, permanece sujeto a variables externas.
