El superpeso vuelve: confianza, dependencia y riesgo

El peso mexicano volvió a perforar una frontera que durante años funcionó como referencia psicológica para empresas, hogares e inversionistas: el dólar cotizó temporalmente en 16.97 pesos, su nivel más bajo desde junio de 2024. La cifra no es únicamente una noticia de mercado. Condensa una relación de siete décadas entre estabilidad, endeudamiento, inflación, política económica y confianza externa. Cada episodio de fortaleza o debilidad cambiaria ha revelado tanto las virtudes como las limitaciones del modelo económico vigente.

La pregunta relevante no es si el peso puede mantenerse algunos días en la zona de 16 pesos, sino qué condiciones tendrían que persistir para que esta apreciación dejara de ser un movimiento financiero reversible y se convirtiera en una tendencia sostenible. La experiencia mexicana ofrece una respuesta incómoda: las monedas fuertes pueden ser una señal de credibilidad, pero también pueden ocultar desequilibrios cuando se sostienen más por flujos especulativos que por una mejora proporcional de la productividad.

Setenta años de paridades que terminaron rompiéndose

Entre abril de 1954 y agosto de 1976, el tipo de cambio permaneció en 12.50 pesos por dólar. La paridad fija fue posible dentro del llamado desarrollo estabilizador, una etapa marcada por un crecimiento anual superior a 6 por ciento y tasas de inflación de un dígito. El tipo de cambio estable se convirtió en una promesa política: simbolizaba que el Estado podía controlar las variables fundamentales de la economía y proteger el poder adquisitivo de la población.

El problema fue que la estabilidad cambiaria terminó tratándose como un objetivo absoluto, aun cuando se deterioraban las cuentas públicas. Durante el gobierno de Luis Echeverría aumentaron el gasto, el déficit y la deuda externa. El 31 de agosto de 1976, la paridad abandonó su nivel histórico y el dólar se acercó a 20 pesos. La depreciación superó 50 por ciento y una generación entera descubrió que una cotización aparentemente inamovible podía cambiar de un día para otro.

El auge petrolero posterior permitió a José López Portillo posponer el ajuste, pero no resolverlo. México se endeudó contra ingresos futuros, mientras la caída del precio del crudo y el aumento de las tasas estadounidenses hicieron insostenible la estrategia. En febrero de 1982, el retiro del Banco de México del mercado cambiario llevó al dólar de aproximadamente 26 a más de 45 pesos. Meses después llegaron la suspensión de pagos, la estatización bancaria y el control generalizado de cambios.

La década de 1980 confirmó una regla que sigue vigente: defender una paridad sin corregir el desequilibrio fiscal o externo transforma una presión gradual en una crisis concentrada. Con Miguel de la Madrid, la inflación llegó a 159 por ciento en 1987 y el dólar libre pasó de unos 150 pesos a finales de 1982 a cerca de 2 mil 300 al concluir 1988. El tipo de cambio dejó de ser una referencia de estabilidad y pasó a ser el espejo de la pérdida de confianza.

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La crisis de 1994 cambió las reglas del juego

El Pacto de diciembre de 1987 utilizó el tipo de cambio como ancla contra la inflación. La estrategia funcionó inicialmente: durante el gobierno de Carlos Salinas, la inflación descendió desde niveles de tres dígitos a menos de 10 por ciento, y en 1993 nacieron los nuevos pesos, que eliminaron tres ceros a la moneda. Sin embargo, la estabilidad nominal acumuló una sobrevaluación real. El déficit de cuenta corriente llegó a cerca de 7 por ciento del producto interno bruto y fue financiado con capitales de corto plazo.

La combinación era vulnerable porque dependía de que los inversionistas renovaran continuamente su confianza. El levantamiento zapatista, los asesinatos políticos, la emisión masiva de tesobonos y la incertidumbre sobre la capacidad de pago redujeron las reservas internacionales. El 20 de diciembre de 1994 se amplió la banda cambiaria; dos días después, agotado el margen de intervención, el peso quedó en libre flotación. De 3.47 pesos por dólar pasó a más de 7.60 en 1995.

La paradoja de aquella catástrofe es que dejó la institución que mejor ha absorbido los choques posteriores. Desde el 22 de diciembre de 1994, el peso flota, y desde abril de ese año el Banco de México cuenta con autonomía. El tipo de cambio dejó de ser un trofeo presidencial que debía defenderse por razones de prestigio y comenzó a operar como amortiguador. Cuando el país enfrenta un golpe externo, la depreciación distribuye parte del ajuste entre precios, importaciones, utilidades y balances, en lugar de agotar reservas para sostener una cifra política.

La prueba llegó con la quiebra de Lehman Brothers. El dólar pasó de menos de 10 pesos a 15.37 en marzo de 2009, pero México no recurrió a controles cambiarios, congelamiento de depósitos ni restricciones generalizadas para comprar divisas. La misma lógica operó, con distintos grados de intensidad, durante los episodios de 2016 y 2020. La flotación no elimina el costo de una crisis, pero reduce la probabilidad de que una presión externa se convierta en una ruptura institucional.

El peso fuerte no nace de una sola causa

El episodio actual tiene antecedentes inmediatos. En 2002, durante el gobierno de Vicente Fox, el dólar rondó los 9 pesos gracias a la entrada de capitales y a la disciplina fiscal y monetaria. Aquel primer “superpeso” duró pocos años. Entre 2012 y enero de 2017, el tipo de cambio pasó de 12.87 a un máximo de 21.91 pesos, impulsado por la elección de Donald Trump y por un entorno internacional desfavorable. En términos reales, descontando la diferencia de inflación, la pérdida del peso fue cercana a 30 por ciento.

La pandemia llevó la cotización por encima de 25 pesos en abril de 2020. Después comenzó la segunda etapa de apreciación. Las tasas de Banxico llegaron a 11.25 por ciento, las remesas alcanzaron máximos históricos, las exportaciones manufactureras se beneficiaron de la relocalización de cadenas productivas y el dólar perdió fuerza global. El peso llegó a 16.26 en abril de 2024, la cotización más apreciada en casi nueve años.

La reacción poselectoral de 2024 y las amenazas arancelarias de Donald Trump llevaron el dólar cerca de 21 pesos a comienzos de 2025, pero el movimiento volvió a invertirse. La debilidad internacional de la moneda estadounidense, el diferencial de tasas y las operaciones de “carry trade” impulsaron la demanda por activos denominados en pesos. El mecanismo es sencillo: un inversionista se financia en una moneda de bajo rendimiento y coloca el capital en instrumentos mexicanos con una tasa mayor, siempre que considere limitado el riesgo de depreciación.

La primera conclusión analítica es que el superpeso actual es una coalición de flujos, no el resultado de una transformación única de la economía mexicana. Las remesas ayudan a sostener el consumo y aportan dólares, pero no equivalen a un aumento de productividad. El nearshoring eleva las exportaciones y la inversión potencial, aunque todavía enfrenta problemas de energía, agua, infraestructura, seguridad y certidumbre regulatoria. Las tasas altas atraen capital, pero también encarecen el crédito interno y frenan la actividad.

Quién gana y quién paga por la apreciación

Para los consumidores y las empresas que importan insumos, un peso fuerte reduce el costo de bienes intermedios, maquinaria, combustibles y productos finales. También modera la inflación de mercancías y abarata los viajes, la educación y algunos servicios contratados en el extranjero. Las empresas con deuda en dólares reciben un alivio en sus balances, mientras las compañías que requieren importar tecnología pueden invertir con menor presión cambiaria.

Los beneficios no se distribuyen de manera uniforme. Los exportadores reciben menos pesos por cada dólar ingresado. Las industrias manufactureras que compiten con productos importados enfrentan una presión adicional sobre sus márgenes. Los hogares que reciben remesas también pierden poder de compra en moneda nacional: una familia que recibe la misma cantidad de dólares obtiene menos pesos cuando la cotización cae de 21 a 17. Para millones de hogares, la fortaleza cambiaria puede coexistir con una reducción efectiva del ingreso proveniente del exterior.

El sector turístico presenta una tensión similar. Un peso apreciado abarata México para los visitantes extranjeros si los precios internos no se ajustan con rapidez, pero encarece los viajes de los mexicanos al exterior y reduce el valor en pesos de los ingresos generados por hoteles, restaurantes y operadores turísticos que dependen del mercado internacional. El resultado depende de la estructura de costos y de la capacidad de cada empresa para fijar precios.

Banxico también enfrenta un dilema. Una moneda fuerte ayuda a contener la inflación importada y puede facilitar una reducción de tasas, pero una disminución demasiado rápida del diferencial con Estados Unidos podría desactivar el “carry trade” y provocar una salida de capitales. Mantener tasas elevadas protege la cotización, aunque prolonga el costo financiero para familias, pequeñas empresas y gobiernos locales. La autoridad monetaria debe decidir cuánto peso asignar a la inflación observada y cuánto a los riesgos de una reversión abrupta.

La confianza puede convertirse en dependencia

La segunda conclusión es que el superpeso no debe confundirse con soberanía económica. La cotización refleja la confianza de los mercados en la estabilidad macroeconómica, las finanzas públicas y la relación comercial con Estados Unidos, pero también refleja decisiones de inversionistas que pueden modificarse fuera del control de México. Una parte de la demanda por pesos existe porque las tasas mexicanas son altas; si la inflación estadounidense cambia, la Reserva Federal modifica su orientación o aumenta la percepción de riesgo local, ese capital puede salir con rapidez.

La tercera conclusión es que la apreciación puede retrasar decisiones incómodas. Un dólar barato reduce temporalmente el costo de importar, pero disminuye la urgencia de fortalecer proveedores nacionales, diversificar exportaciones y elevar la productividad. Si la industria interpreta la fortaleza del peso como permanente, puede quedar expuesta cuando cambien las tasas o se interrumpan las cadenas logísticas. El riesgo no está en que el peso sea fuerte, sino en que empresas y gobierno construyan presupuestos suponiendo que siempre lo será.

Desde la perspectiva del gobierno, la moneda apreciada mejora ciertos indicadores de deuda externa y reduce el costo presupuestario de obligaciones denominadas en dólares. También ayuda políticamente porque limita el traslado de los choques internacionales a los precios. Pero una política fiscal expansiva, una ampliación persistente del déficit o dudas sobre la autonomía institucional podrían convertir esa ventaja en una fuente de vulnerabilidad. La historia de 1976, 1982 y 1994 muestra que los mercados castigan más la acumulación de desequilibrios que la depreciación inicial.

Qué puede romper el equilibrio actual

El escenario más probable no es una repetición mecánica de las crisis del pasado, sino una depreciación gradual o intermitente. El régimen de flotación, las reservas, la autonomía de Banxico y la estructura exportadora ofrecen defensas que no existían en las décadas de 1970 y 1980. Sin embargo, esas defensas no garantizan estabilidad permanente. Una escalada arancelaria con Estados Unidos, un conflicto sobre las reglas del tratado comercial, una desaceleración de las remesas o una caída de la inversión asociada al nearshoring afectarían directamente la oferta de dólares y la percepción de riesgo.

También importa la política monetaria. Si Banxico reduce tasas antes de que la inflación subyacente esté firmemente controlada, el peso podría perder parte de su atractivo. Si mantiene una postura restrictiva durante demasiado tiempo, puede profundizar la desaceleración y deteriorar la calidad crediticia de empresas y hogares. El mercado vigilará el diferencial con Estados Unidos, pero también la trayectoria de la deuda pública, la recaudación, el déficit y la capacidad institucional para ejecutar proyectos de infraestructura.

Para los próximos meses, es razonable esperar una cotización volátil dentro de un rango amplio, con episodios de fortaleza si continúan los flujos hacia activos mexicanos y con repuntes del dólar ante cualquier sorpresa comercial, fiscal o política. Una permanencia prolongada por debajo de 17 pesos exigiría que coincidieran varios factores: dólar débil a escala internacional, tasas mexicanas todavía atractivas, inflación descendente y ausencia de un deterioro visible en la relación con Washington. No es imposible, pero tampoco puede considerarse el escenario estructural por defecto.

La lección final de la historia cambiaria mexicana es menos espectacular que una predicción puntual y más útil para tomar decisiones: el tipo de cambio no debe defenderse por orgullo ni celebrarse como prueba definitiva de éxito. La paridad fija fracasó cuando sustituyó la corrección de los desequilibrios; la flotación ha funcionado porque permite absorberlos, aunque no los elimina. El superpeso durará mientras los mercados crean que México conserva estabilidad, disciplina y acceso confiable al mercado estadounidense. Cuando esa percepción cambie, la velocidad de la reversión dependerá de cuánto se haya confundido una oportunidad financiera con una fortaleza permanente.

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