El suelo deja de ser un recurso inerte cuando se reconoce su capacidad para sostener la producción de alimentos y regular los ciclos geoquímicos del planeta. Expertos reunidos con motivo del Día Internacional de la Conservación del Suelo alertan de que la impermeabilización y la pérdida de materia orgánica amenazan esta función vital en España y en el resto del mundo.
El sellado que detiene la vida
Artmi Cerdà, catedrático de Física en la Universidad de Valencia, señala que las carreteras, urbanizaciones y aeropuertos están destruyendo suelos fértiles a ritmo acelerado. El asfalto y el hormigón impiden la infiltración del agua y cortan el intercambio de gases, lo que equivale a una muerte funcional del suelo. La solución inmediata pasa por detener la expansión urbana indiscriminada y dirigir las nuevas construcciones hacia terrenos de menor calidad agrícola.
Esta medida no solo preserva la productividad, sino que evita el aumento de costes asociados a la gestión de aguas pluviales y a la pérdida de capacidad de recarga de acuíferos.

La materia orgánica, el factor de resistencia
Engracia Madejón Rodríguez, investigadora del IRNAS-CSIC, identifica la pérdida de materia orgánica como el problema más grave a escala global. Las altas temperaturas, la erosión y los efectos del cambio climático aceleran esta pérdida. Un suelo con niveles altos de materia orgánica resiste mejor la erosión, retiene más agua y reduce la movilidad de contaminantes. En cambio, un suelo degradado o bien rechaza el agua superficialmente o la deja pasar sin retenerla, privando a las plantas y a los organismos del recurso necesario.
La biodiversidad oculta bajo nuestros pies
Cerdà recuerda que aproximadamente la mitad de la biodiversidad planetaria se concentra en los suelos. Esta diversidad permite la descomposición de restos vegetales y animales, transformándolos en nutrientes disponibles para las plantas. Sin suelos vivos y diversos, los procesos biogeoquímicos que mantienen el funcionamiento del planeta se interrumpen. La investigadora propone tres acciones concretas: mantener cubiertas vegetales que reduzcan la erosión y aporten materia orgánica, incorporar abonos orgánicos externos y aplicar labores de conservación que limiten la alteración del perfil del suelo.
Degradación mediterránea y contaminación acumulada
El Mediterráneo arrastra un proceso de degradación iniciado hace diez mil años con el desarrollo de la agricultura. La llegada de fertilizantes químicos incrementó la contaminación por metales pesados como cadmio, plomo, cobre y zinc. La Agencia Europea de Medio Ambiente advierte de que estos elementos afectan la salud de los ecosistemas y la calidad del agua. Además, Madejón Rodríguez señala la presencia de contaminantes orgánicos, plaguicidas y compuestos emergentes como fármacos y plásticos, cuya transferencia a la cadena trófica representa un riesgo creciente para la salud humana.
La supervivencia como obligación práctica
Cerdà subraya que los suelos filtran todas las aguas del planeta y constituyen la base de la nutrición. Protegerlos no responde únicamente a criterios ambientales, sino a una necesidad directa de supervivencia. Cuando un territorio pierde su cubierta vegetal, el agua superficial arrastra el suelo fértil y deja sin sustrato a los ecosistemas futuros. Las capas más superficiales, donde se concentra la mayor actividad biológica, son precisamente las más vulnerables y las más productivas. Preservarlas exige decisiones de planificación territorial que antepongan la calidad del suelo a la rentabilidad inmediata de la urbanización.
