La decisión de tres presidentes regionales de la Reserva Federal de votar por un alza inmediata de tasas en julio de 2026 no surgió de la nada. Sus argumentos se nutren de una memoria colectiva sobre lo que ocurrió cuando la inflación se instaló por más de una década en la economía estadounidense. Durante los años setenta, choques petroleros, rigideces salariales y una política monetaria inicialmente complaciente generaron una espiral que terminó exigiendo tasas de interés superiores al 20 por ciento bajo Paul Volcker. Aquella experiencia marcó a generaciones de banqueros centrales que hoy advierten que la persistencia de la inflación por encima del dos por ciento durante cinco años consecutivos repite patrones ya conocidos.
El peso de la demanda estructural
Neel Kashkari, Beth Hammack y Lorie Logan identificaron un factor nuevo que no existía en los setenta: el consumo masivo de electricidad y capital por parte de los centros de datos de inteligencia artificial. Las inversiones billonarias en estas infraestructuras actúan como un estímulo de demanda agregado que se suma a los cuellos de botella heredados de la pandemia y a las tensiones geopolíticas en Ucrania y Oriente Medio. A diferencia de los choques de oferta transitorios, este nuevo componente parece estructural y difícil de revertir en el corto plazo. Los tres disidentes consideran que ignorar esta dinámica equivale a repetir el error de subestimar la inercia inflacionaria que caracterizó los años setenta.

El mercado laboral añade otra capa de complejidad. Con el desempleo cerca de mínimos históricos, las empresas enfrentan costos salariales crecientes que trasladan a precios finales. Hammack señaló que en su distrito de Cleveland los líderes empresariales ya no hablan de presiones puntuales sino de incrementos generalizados que afectan cadenas enteras de suministro. Esta difusión sectorial recuerda cómo en los setenta la inflación pasó de ser un fenómeno de alimentos y energía a un problema de expectativas ancladas en toda la economía.
Repercusiones en la inversión tecnológica
Si la Reserva Federal decide endurecer la política de forma más agresiva, el primer sector en sentir el impacto será el de la inteligencia artificial. Los centros de datos requieren financiamiento a largo plazo y márgenes elevados que se erosionan rápidamente cuando suben las tasas de interés. Empresas como Microsoft, Google y Amazon podrían revisar sus planes de expansión, retrasando proyectos que hasta ahora se consideraban estratégicos. Un encarecimiento del crédito también afectaría a las startups especializadas en modelos de lenguaje y computación en la nube, reduciendo la velocidad de innovación en un momento en que la competencia global con China se intensifica.
El efecto no se limitaría a Estados Unidos. Proveedores mexicanos de componentes electrónicos y servicios de mantenimiento ya integrados en cadenas de valor de la IA verían disminuida la demanda. Al mismo tiempo, un dólar más fuerte derivado de tasas más altas encarecería las importaciones mexicanas y presionaría las finanzas públicas a través del servicio de deuda denominada en moneda extranjera.
Lecciones para la estabilidad financiera global
La historia de los setenta muestra que cuando la inflación se arraiga, las correcciones posteriores suelen ser bruscas y recesivas. Kashkari defendió explícitamente la idea de actuar de manera incremental ahora para evitar medidas drásticas después. Esta lógica preventiva tiene implicaciones para los bancos centrales de economías emergentes que suelen seguir las señales de la Fed. Un alza adicional de 25 puntos básicos en Estados Unidos podría acelerar salidas de capital de países como México, Brasil o Sudáfrica, obligando a sus autoridades a subir tasas locales y frenando el crecimiento justo cuando la recuperación postpandemia aún es frágil.
Los mercados de bonos soberanos también enfrentarían volatilidad. Una Fed más agresiva elevaría el rendimiento de los treasuries, aumentando el costo de refinanciamiento para gobiernos con altos niveles de deuda. Países que emitieron bonos a tasas bajas durante la pandemia podrían ver cómo el servicio de esa deuda consume una porción mayor del presupuesto, desplazando gasto social e inversión pública.
El riesgo de expectativas desancladas
El mayor peligro señalado por los tres disidentes radica en la formación de expectativas. Cuando los hogares y las empresas comienzan a incorporar tasas de inflación más altas en sus decisiones de consumo, ahorro y negociación salarial, el problema deja de ser transitorio. Los datos de encuestas de expectativas de inflación a cinco años en Estados Unidos ya muestran un ligero repunte. Si ese movimiento se consolida, la credibilidad del objetivo del dos por ciento se erosionaría, obligando a la Reserva Federal a mantener una postura restrictiva durante más tiempo del previsto. Esa secuencia prolongaría el ciclo de tasas altas y aumentaría la probabilidad de una recesión más profunda hacia 2027 o 2028.
La experiencia de los setenta demuestra que recuperar la credibilidad una vez perdida resulta extremadamente costoso en términos de empleo y producción. Volcker necesitó dos recesiones consecutivas para doblegar la inflación. Los halcones actuales prefieren pagar un costo menor ahora que enfrentar un ajuste mayor después. Su voto disidente, aunque minoritario, envía una señal clara a los mercados sobre los riesgos de subestimar la persistencia inflacionaria en un entorno de transformación tecnológica acelerada.
Las decisiones de política monetaria nunca ocurren en el vacío. El auge de la inteligencia artificial, los conflictos geopolíticos y los legados de la pandemia configuran un escenario donde las herramientas tradicionales enfrentan límites nuevos. La discusión dentro del FOMC refleja esa tensión entre quienes priorizan la cautela y quienes exigen acción inmediata. El desenlace de este debate determinará no solo el ritmo de crecimiento estadounidense en los próximos años, sino también las condiciones financieras que enfrentarán economías integradas a través del comercio, la inversión y los flujos de capital.
