El lunes 13 de julio de 2026 el tipo de cambio interbancario abrió en 17.48 pesos por dólar, tras registrar una depreciación inicial del 0.10 por ciento respecto al cierre del viernes previo. Esta variación se atribuyó directamente al aumento de las tensiones entre Estados Unidos e Irán, después de que Washington confirmara una nueva ofensiva militar contra objetivos iraníes. El movimiento del peso mexicano se inscribe en un patrón recurrente donde los episodios de escalada geopolítica en Oriente Medio generan salidas de capital de monedas emergentes hacia activos considerados refugio.
Orígenes del conflicto y su evolución reciente
Las tensiones entre Estados Unidos e Irán tienen raíces en la retirada unilateral de Washington del acuerdo nuclear de 2015, que desencadenó una serie de sanciones secundarias sobre el sector petrolero iraní. Desde entonces, incidentes como el derribo de un dron estadounidense en 2019 y el asesinato del general Soleimani en 2020 marcaron picos de volatilidad que afectaron los precios del crudo Brent y la cotización de monedas de economías dependientes de exportaciones. La ofensiva anunciada en julio de 2026 representa una continuidad de esa dinámica, aunque con el agregado de una mayor incertidumbre sobre la respuesta iraní y posibles bloqueos en el estrecho de Ormuz.
Analistas de Banco Base señalaron que la depreciación del peso responde a un incremento inmediato de la aversión al riesgo global. En episodios anteriores, como el registrado entre mayo y septiembre de 2019, el tipo de cambio USD/MXN superó los 20 pesos durante varias semanas, afectando el costo de importaciones mexicanas de bienes intermedios y presionando la inflación importada. El contexto actual añade la expectativa de datos de inflación estadounidense y la primera comparecencia de Kevin Warsh como presidente de la Reserva Federal, factores que podrían amplificar o moderar el movimiento cambiario según las señales de política monetaria.

Repercusiones en los flujos de capital y el sector energético
La subida de precios internacionales del petróleo, impulsada por la percepción de riesgo de interrupciones en el suministro, genera efectos contrapuestos para México. Como exportador neto de crudo, el país podría beneficiarse de mayores ingresos fiscales si los precios se mantienen elevados durante varios meses. Sin embargo, la volatilidad cambiaria encarece el servicio de la deuda denominada en dólares y reduce el poder adquisitivo de las remesas cuando se convierten a pesos. En 2022, durante otro episodio de tensión en el mismo estrecho, Pemex reportó un incremento del 18 por ciento en sus ingresos por exportaciones, pero el Banco de México tuvo que intervenir en el mercado de futuros para estabilizar el tipo de cambio.
Las monedas que mejor desempeño mostraron en la jornada, como el dólar neozelandés y el won surcoreano, corresponden a economías con superávit comercial estructural y menor exposición a conflictos en Oriente Medio. En cambio, el shekel israelí y la rupia india registraron las mayores pérdidas, reflejando la proximidad geográfica o la dependencia energética de esos países. Este patrón de diferenciación entre monedas sugiere que los inversionistas están aplicando un filtro de riesgo geopolítico más selectivo que en crisis anteriores.
Efectos sobre la política monetaria y las expectativas de inflación
La depreciación del peso añade presión alcista sobre los precios internos de bienes importados, en un momento en que México mantiene una tasa de interés de referencia del 9.25 por ciento. Si las tensiones persisten, el Banco de México podría verse obligado a posponer recortes de tasas previstos para finales de 2026, a fin de evitar un repunte de la inflación subyacente. Un caso similar ocurrió tras la invasión de Ucrania en 2022, cuando Banxico elevó su tasa en 300 puntos base adicionales respecto a lo planeado inicialmente para contener la depreciación y el traslado a precios.
Los datos de inflación estadounidense que se publicarán esta misma semana adquieren mayor relevancia, pues una lectura superior a lo esperado reforzaría la postura restrictiva de la Fed y podría atraer aún más capital hacia el dólar. Al mismo tiempo, la comparecencia de Kevin Warsh será observada en busca de señales sobre la independencia de la Reserva Federal frente a presiones políticas derivadas del conflicto militar.
Perspectivas de mediano plazo para México y mercados emergentes
En el mediano plazo, la persistencia del conflicto podría alterar cadenas de suministro de componentes electrónicos y petroquímicos que México importa desde Asia, elevando costos de producción en la industria automotriz y de electrodomésticos. Empresas como Volkswagen de México y Samsung en Tijuana ya han reportado en el pasado incrementos de hasta 4 por ciento en sus costos logísticos durante periodos de alta volatilidad en el tipo de cambio. Esta situación podría acelerar decisiones de relocalización de proveedores hacia Norteamérica, un proceso que ya estaba en marcha por el nearshoring.
Además, el encarecimiento del crédito en dólares para empresas mexicanas con pasivos en esa moneda podría reducir la inversión fija bruta durante el segundo semestre de 2026. Históricamente, cada incremento de 1 peso en el tipo de cambio promedio se ha asociado con una contracción de entre 0.3 y 0.5 puntos porcentuales en la formación de capital del sector privado, según estimaciones del Instituto Mexicano para la Competitividad. Los inversionistas institucionales locales, como las Afores, enfrentan además una mayor exposición a activos denominados en dólares, lo que podría generar minusvalías en los rendimientos reportados a los trabajadores si la depreciación se prolonga.
El comportamiento del rand sudafricano y el yen japonés durante la jornada ilustra cómo economías con déficits gemelos o alta dependencia de importaciones energéticas sufren de manera desproporcionada. México, aunque cuenta con reservas internacionales superiores a 200 mil millones de dólares, no está exento de estos efectos de contagio si la aversión al riesgo global se intensifica en las próximas semanas.
