La cotización del dólar estadounidense en 57,95 pesos dominicanos al inicio de la jornada del 31 de julio refleja una estabilidad relativa que contrasta con las proyecciones de depreciación gradual hacia 2026. Este nivel inicial, apenas un 0,07% superior al cierre previo, sugiere que el mercado cambiario mantiene un margen de maniobra controlado por el Banco Central, aunque las expectativas de un tipo de cambio que alcance 66,35 pesos en septiembre de 2026 introducen variables que afectan tanto a importadores como a sectores exportadores de servicios.
Crecimiento impulsado por tasas de interés más bajas
El informe de UBS Financial Services anticipa una aceleración del PIB real hacia el 4% en 2026, sustentada en la reducción de tasas de interés que liberaría demanda interna y estimularía la inversión privada. Esta dinámica positiva podría beneficiar directamente a sectores como el inmobiliario y la industria, donde el acceso a crédito más barato facilita expansiones de capacidad productiva. La estabilidad política y las políticas pro-mercado mencionadas en el documento refuerzan la confianza de inversionistas extranjeros, lo que se traduce en flujos de inversión directa neta estimados entre 3,5% y 4% del PIB, concentrados en turismo, comercio, energía y manufacturas.
El turismo, en particular, podría experimentar una recuperación sostenida si el entorno internacional se mantiene favorable. Un dólar relativamente estable en el corto plazo reduce la presión sobre los costos de importación de insumos hoteleros, mientras que los superávits en la cuenta de servicios compensan parcialmente los déficits comerciales de mercancías. Esta combinación permite proyectar que el déficit por cuenta corriente se mantendría en un rango manejable de 2% a 2,5% del PIB durante 2025 y 2026.
Riesgos de depreciación controlada en el horizonte
Sin embargo, la proyección del Banco Central de que el tipo de cambio alcanzaría aproximadamente 69,15 pesos un año después de septiembre de 2026 introduce un escenario de depreciación continua que podría erosionar el poder adquisitivo de los hogares dependientes de importaciones. Los sectores que requieren insumos externos, como la manufactura ligera y la distribución minorista, enfrentarían márgenes de ganancia comprimidos si los costos de reposición de inventarios aumentan de manera sostenida.

La volatilidad actual del 8,57%, inferior a la referencia histórica del 11,42%, indica un periodo de relativa calma, pero esta condición podría revertirse ante decisiones divergentes entre el Banco Central dominicano y la Reserva Federal estadounidense. Un endurecimiento monetario inesperado en Estados Unidos podría acelerar la salida de capitales de corto plazo, presionando al alza el tipo de cambio y elevando el costo del servicio de la deuda pública, que se mantiene estable en torno al 58% del PIB solo bajo supuestos de ausencia de shocks macroeconómicos.
Efectos fiscales y vulnerabilidad ante eventos externos
El presupuesto suplementario aprobado para 2025, que eleva el gasto de capital en 0,4% del PIB y amplía el déficit global al 3,5%, representa un estímulo fiscal focalizado que podría sostener la actividad económica en el corto plazo. No obstante, el objetivo de reducir el déficit a 3,2% del PIB en 2026 y alcanzar un superávit primario de 0,5% depende de una ejecución disciplinada de ingresos y de la ausencia de presiones adicionales sobre el gasto corriente. Cualquier desviación en la recaudación tributaria, derivada de una desaceleración del consumo interno por la depreciación del peso, complicaría el cumplimiento de estas metas.
Los desafíos de gobernabilidad y los eventos climáticos adversos, identificados por UBS como riesgos comunes en mercados emergentes, añaden capas de incertidumbre. Un huracán de intensidad significativa podría dañar infraestructura turística y agrícola, reduciendo los ingresos por exportaciones de servicios y remesas en un momento en que el país busca consolidar su recuperación. Estos factores externos no controlables por la política monetaria local podrían amplificar la volatilidad cambiaria más allá de los niveles observados recientemente.
Implicaciones para la inversión extranjera y el empleo
La atracción de inversión extranjera directa en sectores clave como energía y turismo genera oportunidades de empleo calificado y transferencia tecnológica, siempre que las condiciones macroeconómicas permanezcan estables. Sin embargo, una depreciación más rápida de la prevista podría encarecer los proyectos de capital intensivo que dependen de financiamiento en dólares, desincentivando nuevos compromisos de inversionistas que evalúan el retorno ajustado por riesgo cambiario.
Las remesas, que constituyen un soporte importante para el consumo de los hogares, podrían perder parte de su impacto real si el peso se debilita frente al dólar de manera acelerada. Aunque el flujo nominal se mantenga, el poder de compra interno se reduce, afectando especialmente a comunidades en zonas rurales y urbanas periféricas que dependen de estos ingresos para cubrir necesidades básicas y educación.
Escenarios de incertidumbre y posibles ajustes de política
La interacción entre la demanda interna de dólares para importaciones y el comportamiento de la economía local configura un equilibrio delicado. Si el crecimiento del PIB se acerca al 4% proyectado, la mayor actividad importadora podría presionar adicionalmente el tipo de cambio, obligando al Banco Central a intervenir con reservas internacionales para evitar saltos bruscos. Esta estrategia de depreciación controlada requiere una coordinación precisa con la política fiscal para evitar que el estímulo presupuestario se vea contrarrestado por efectos de segunda ronda sobre la inflación importada.
En conjunto, el panorama para 2026 presenta un balance entre el impulso derivado de tasas de interés más bajas y la estabilidad política, frente a riesgos asociados a la depreciación gradual del peso, posibles choques climáticos y desafíos de ejecución fiscal. Los actores económicos locales y extranjeros deben monitorear de cerca las decisiones de ambos bancos centrales y la evolución de los superávits en servicios para ajustar estrategias de cobertura y diversificación de riesgos.
