La agenda penal que México todavía no resuelve

La Cámara de Diputados mexicana enfrenta una paradoja legislativa: nunca habían llegado tantas propuestas relacionadas con justicia, seguridad y nuevas formas de violencia, pero buena parte de ellas permanece atrapada entre comisiones, desacuerdos políticos y la resistencia de instituciones encargadas de aplicar la ley. Entre septiembre de 2024 y julio de 2026, las diputadas y los diputados federales presentaron 6,497 iniciativas. De ese conjunto, 745, equivalentes al 11.6 por ciento, fueron turnadas a la Comisión de Justicia de San Lázaro.

La cifra no representa únicamente una carga administrativa. Revela la dimensión de una crisis que se expresa en varios frentes: impunidad superior al 90 por ciento, expansión de delitos digitales, reclutamiento forzado por grupos criminales, violencia feminicida, uso ilícito de inteligencia artificial y una ciudadanía que exige respuestas más rápidas frente a conductas que el marco penal todavía no define con precisión. Sin embargo, el volumen de iniciativas también plantea una pregunta incómoda: ¿la proliferación de nuevos delitos y penas está construyendo una política criminal más eficaz o apenas está trasladando la presión social al Código Penal?

Un Congreso saturado por la respuesta penal

La Comisión de Justicia funciona como un punto de convergencia porque casi cualquier problema público puede traducirse en una reforma legal. La seguridad, la protección de menores, la violencia de género, la privacidad, la regulación tecnológica y la delincuencia organizada terminan, de una u otra manera, en modificaciones al Código Penal Federal, a las leyes de víctimas o a los procedimientos de procuración de justicia.

Ricardo Mejía Berdeja, diputado del Partido del Trabajo e integrante activo de la comisión, atribuye esta centralidad a la reconfiguración del sistema de justicia derivada de la reforma judicial concretada en 2024. Su lectura es que el país atraviesa un periodo de “irradiación normativa”: una transformación de gran alcance genera reformas secundarias, ajustes institucionales y nuevas obligaciones legales. A ello se suma una dinámica parlamentaria más vinculada con demandas recogidas en territorio.

Pero hay otra interpretación posible. La Comisión de Justicia se ha convertido también en un depósito de expectativas sociales que el Estado no ha podido resolver mediante investigación, prevención o reparación. Cuando una fiscalía no esclarece un delito, la respuesta política suele ser proponer una pena más alta. Cuando una víctima no encuentra protección, se plantea crear una agravante. Cuando una conducta tecnológica se vuelve visible, se intenta incorporarla de inmediato al catálogo penal. El problema es que la ley puede describir una conducta, pero no sustituye a los peritos, los policías de investigación, los ministerios públicos ni los jueces capaces de ejecutarla.

El diputado de Movimiento Ciudadano Pablo Vázquez Ahued denomina “populismo penal” a esa tendencia. Su argumento se apoya en una relación básica: si la impunidad supera el 90 por ciento, elevar las penas no modifica por sí mismo la probabilidad de que una persona sea investigada, detenida y sancionada. El castigo nominal puede aumentar mientras el riesgo real para el agresor permanece prácticamente intacto.

El reclutamiento forzado expone el vacío más grave

Entre los pendientes destaca la tipificación precisa del reclutamiento forzado. La propuesta impulsada, entre otros legisladores, por Mejía Berdeja busca sancionar a quienes incorporen o sometan a una persona al servicio de la delincuencia organizada o de una agrupación criminal mediante violencia, amenaza, engaño, abuso de vulnerabilidad o aprovechamiento de vínculos de confianza, parentesco o autoridad.

La importancia de esta reforma va más allá de aumentar una pena. El reclutamiento forzado suele ubicarse en una zona difusa entre desaparición, trata, corrupción de menores, secuestro, amenazas y delincuencia organizada. Esa fragmentación puede dificultar la investigación de cadenas de mando y reducir la capacidad del Estado para identificar a las víctimas como personas obligadas a participar en actividades criminales, en vez de tratarlas automáticamente como integrantes voluntarios de una organización.

La reticencia del Gobierno federal y de fiscalías estatales a respaldar una definición específica muestra el principal conflicto: tipificar el delito obligaría a precisar responsabilidades, métodos de prueba y competencias institucionales. También podría aumentar la presión sobre autoridades que actualmente investigan los casos bajo figuras dispersas. Para las familias, en cambio, la falta de una categoría clara significa que la experiencia de sus hijos, hijas o parientes puede no quedar reflejada en la carpeta de investigación.

El riesgo social es especialmente alto en zonas donde las organizaciones criminales controlan empleos informales, caminos, escuelas o redes de transporte. El reclutamiento puede comenzar con una oferta laboral falsa, continuar con amenazas contra la familia y terminar en explotación armada. Una legislación eficaz tendría que contemplar no solo la conducta del reclutador, sino también la protección de las víctimas, la no criminalización de personas coaccionadas y mecanismos de coordinación entre fiscalías, autoridades laborales, sistemas de protección infantil y unidades contra la trata.

La tecnología está adelantando al derecho

Las iniciativas sobre delitos cibernéticos y artificial intelligence muestran un segundo desfase: las tecnologías capaces de causar daño evolucionan más rápido que las categorías jurídicas tradicionales. El proyecto del panista Marcelo Torres Cofiño propone incorporar al Código Penal Federal un capítulo sobre robo y suplantación de identidad digital y violencia digital extorsiva. Lidia Herrera Natividad, del PT, plantea penas de cuatro a cinco años para quien suplante una identidad y utilice, obtenga, reproduzca, altere o transfiera datos personales, biométricos, documentos, firmas electrónicas o mecanismos de autenticación sin autorización.

Estas propuestas responden a un mercado de fraude que ya no depende exclusivamente del robo físico de documentos. Las credenciales digitales, los datos biométricos y las firmas electrónicas pueden utilizarse para contratar créditos, abrir cuentas, extorsionar o apropiarse de servicios. El daño se extiende desde la pérdida económica inmediata hasta la construcción de historiales falsos que afectan el acceso de las víctimas a vivienda, empleo y financiamiento.

El debate más delicado está en el uso de inteligencia artificial para producir contenido sexual manipulado. Emilio Suárez Licona, del PRI, propone considerar como violación a la intimidad sexual la elaboración no consentida de material generado mediante inteligencia artificial, algoritmos, redes neuronales, aplicaciones automatizadas u otras tecnologías capaces de simular o alterar contenido audiovisual.

La propuesta reconoce una transformación esencial: el daño no depende ya de que exista una grabación auténtica. Una imagen falsa puede provocar humillación, pérdida de empleo, violencia familiar o acoso masivo aunque la persona nunca haya participado en el acto representado. La legislación, por tanto, debe proteger la autonomía y la reputación sexual, no únicamente la autenticidad del archivo.

El desafío técnico será probar la autoría en un entorno donde los contenidos pueden producirse desde plataformas extranjeras, difundirse mediante cuentas anónimas y replicarse en segundos. Una tipificación demasiado amplia podría afectar expresiones legítimas, sátira o investigación periodística; una definición demasiado estrecha dejaría fuera nuevas modalidades de manipulación. La solución exige reglas probatorias, cooperación con plataformas, preservación rápida de evidencia y atención psicológica para las víctimas, no solo una pena de prisión.

La agenda social se diversifica, pero no se descongestiona

La justicia no es el único espacio con acumulación de iniciativas. La Comisión de Puntos Constitucionales registra 646 propuestas sobre derechos humanos, paridad y pueblos indígenas. Hacienda y Crédito Público concentra 598 proyectos relativos al impuesto sobre la renta, el IVA, el IEPS y la regulación de créditos, seguros médicos y fianzas. Salud suma 452 iniciativas; Trabajo y Previsión Social y Educación, 329 cada una.

En el ámbito laboral aparecen el derecho a la desconexión digital, nuevas licencias, más días de descanso obligatorio y la reducción de la jornada. En educación se discuten entornos escolares seguros, salud mental, contenidos académicos, formación en inteligencia artificial y desconexión digital en planteles. La coincidencia entre estas agendas y la de delitos tecnológicos no es accidental: la digitalización está modificando simultáneamente la vida privada, el empleo, la educación y la relación con el Estado.

La diputada priista Ana Isabel González sostiene que los avances requieren mayor trabajo técnico y acuerdos con autoridades educativas. Su posición ilustra una diferencia relevante frente al enfoque exclusivamente punitivo: en salud mental, prevención del acoso, acceso a medicamentos o uso responsable de tecnologías, el resultado depende de presupuestos, protocolos y personal capacitado. Una reforma legal sin capacidad operativa puede generar derechos formales que no se cumplen en escuelas ni hospitales.

Algo similar ocurre con las propuestas financieras. Mejía Berdeja menciona la necesidad de establecer condiciones más justas para los seguros de gastos médicos mayores y limitar la permanencia de antecedentes en historiales crediticios. Estas medidas podrían aliviar problemas reales para familias que enfrentan enfermedades costosas o quedan excluidas del crédito durante años. Sin embargo, la regulación también debe evitar que el costo de mayores obligaciones sea trasladado a primas más altas, restricciones de cobertura o menor oferta para usuarios de mayor riesgo.

El Ejecutivo domina el ritmo y redefine el conflicto

Las diferencias partidistas ofrecen explicaciones contrapuestas sobre el rezago. Federico Döring, vicecoordinador del PAN, acusa a Morena de controlar la agenda y utilizar reformas de justicia para construir mecanismos de persecución política y prisión preventiva oficiosa contra opositores. Desde la mayoría oficialista, la prioridad se presenta como la implementación del proyecto de gobierno y la atención de demandas sociales.

Vázquez Ahued observa un control más amplio: afirma que 80 por ciento de los decretos publicados en el Diario Oficial de la Federación tienen origen en iniciativas del Ejecutivo. Si la proporción es correcta, el dato no demuestra por sí solo que el Congreso carezca de autonomía, pero sí evidencia una asimetría de agenda. El Gobierno dispone de mayores recursos técnicos, capacidad de negociación y urgencia política para colocar sus reformas, mientras las iniciativas individuales pueden acumularse sin dictamen.

La disputa no es únicamente procedimental. Cuando el Ejecutivo concentra la producción normativa, el Congreso corre el riesgo de convertirse en una instancia de ratificación y no en un espacio de deliberación. Para las organizaciones de víctimas, empresas tecnológicas, sindicatos, fiscalías y ciudadanía, esto reduce la posibilidad de que las leyes incorporen conocimientos especializados antes de su aprobación.

También existe una tensión entre rapidez y calidad. La presión por responder a una crisis puede justificar reformas urgentes, especialmente cuando hay víctimas en riesgo. Pero las leyes penales mal diseñadas producen ambigüedad, litigios prolongados y criterios contradictorios. En delitos digitales, una redacción imprecisa puede facilitar denuncias abusivas o hacer que los jueces descarten casos por falta de elementos. En reclutamiento forzado, una definición incompleta puede invisibilizar a las víctimas o permitir que los responsables evadan la responsabilidad mediante intermediarios.

Lo que puede ocurrir en el tramo final

El escenario más probable es una selección política de iniciativas. Las propuestas vinculadas con delitos digitales, inteligencia artificial y protección de menores tienen alta visibilidad pública y podrían avanzar si se presentan como respuestas inmediatas a casos concretos. El reclutamiento forzado, en cambio, enfrenta mayores dificultades porque exige coordinación federal y estatal, además de compromisos presupuestales y una definición que puede incomodar a las fiscalías.

Una segunda posibilidad es que se aprueben reformas parciales: nuevas penas, agravantes o delitos autónomos sin modificar las capacidades de investigación. Ese resultado permitiría a los partidos mostrar actividad legislativa, pero dejaría intacto el problema que Vázquez Ahued identifica como central: fiscalías débiles, investigaciones deficientes y baja probabilidad de sanción.

Una tercera ruta, más exigente, consistiría en vincular cada reforma penal con indicadores de cumplimiento. Por ejemplo, una norma contra la suplantación digital debería incluir unidades especializadas, protocolos para bancos y plataformas, tiempos de respuesta para congelar operaciones y estadísticas públicas sobre denuncias y sentencias. Una ley sobre reclutamiento forzado debería medir víctimas identificadas, personas rescatadas, investigaciones contra reclutadores y reparación integral. Sin esos mecanismos, el Congreso no podrá saber si sus reformas reducen el daño o simplemente amplían el catálogo de delitos.

El riesgo de mantener el rezago es doble. Por un lado, las víctimas de violencia digital, reclutamiento y abuso tecnológico seguirán enfrentando respuestas fragmentadas. Por otro, la acumulación de proyectos puede alimentar frustración y convertir cada nueva crisis en una oportunidad para aprobar castigos simbólicos. La Cámara de Diputados todavía puede corregir ese rumbo, pero necesita decidir si su prioridad será contar iniciativas o construir un sistema capaz de investigar, prevenir y reparar.

La agenda pendiente revela que México no carece de diagnósticos. Hay propuestas sobre identidad digital, contenidos sexuales manipulados, derechos laborales, protección de datos, gobiernos digitales, salud mental y reclutamiento criminal. Lo que falta es jerarquizar, dictaminar con rigor y asegurar que las instituciones tengan recursos para aplicar las normas. En un país donde nueve de cada diez delitos pueden quedar impunes, la verdadera prueba de la legislatura no será cuántas conductas nuevas castigue, sino cuántas víctimas logre dejar de enfrentar solas al sistema de justicia.

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