La agroexportación de Jalisco entra en una nueva etapa: formalizar al jornalero será condición para competir

La decisión de someter a las empresas aguacateras y de berries de Jalisco a un proceso obligatorio de certificación laboral modifica una de las reglas menos visibles, pero más importantes, del campo exportador: la posibilidad de colocar fruta en los mercados internacionales ya no dependerá únicamente de la calidad, el volumen y la trazabilidad del producto, sino también de las condiciones en que fue cosechado.

El Gobierno de Jalisco anunció que las compañías que exportan aguacate deberán obtener el Certificado Laboral para la Agroexportación (CLA) a partir de la segunda semana de septiembre. Después, el esquema se extenderá gradualmente a los productores y comercializadores de berries, y posteriormente a otros productos agroexportables. La exigencia alcanzará no sólo a las empresas directamente exportadoras, sino también a su cadena de suministro, según explicó Ricardo Barbosa, secretario del Trabajo estatal.

El certificado busca comprobar que los jornaleros estén afiliados al Instituto Mexicano del Seguro Social, reciban al menos el salario mínimo y cuenten con las prestaciones establecidas por la ley. En términos formales, se trata de una política para impulsar el trabajo digno. En términos económicos, representa un intento por trasladar a toda la cadena productiva una parte de los costos laborales que durante años han permanecido ocultos o distribuidos de manera irregular.

El cambio decisivo está en la cadena, no sólo en el empaque

La relevancia del CLA no reside únicamente en que una empresa deba presentar documentos ante una autoridad. El verdadero alcance se encuentra en la obligación de revisar a los proveedores, contratistas, empacadoras y unidades de producción que intervienen antes de que el producto llegue al mercado. Una exportadora podrá cumplir con sus propios trabajadores, pero difícilmente podrá mantener una certificación si el aguacate o las berries provienen de parcelas donde persisten esquemas informales.

Ese punto modifica los incentivos de la industria. Hasta ahora, una empresa con acceso a financiamiento, infraestructura de empaque y compradores internacionales podía operar junto a proveedores con distintos niveles de cumplimiento laboral. La nueva lógica obliga a homogeneizar estándares. El comprador extranjero, la empacadora y la exportadora tendrán razones comerciales para exigir pruebas de afiliación, contratos, nóminas, jornadas registradas y pago de prestaciones.

La medida también plantea una pregunta esencial: quién absorberá el costo de la formalización. Registrar a un jornalero ante el IMSS implica realizar aportaciones patronales y reconocer obligaciones que no siempre aparecen en los acuerdos de pago por jornada. Si el pequeño productor vende a un intermediario con márgenes estrechos, es probable que intente trasladar ese costo al precio de compra o reducir el número de trabajadores contratados. Si el exportador impone la exigencia sin mejorar las condiciones comerciales de sus proveedores, la certificación podría convertirse en una barrera que favorezca a los actores de mayor escala.

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Por eso, el anuncio debe leerse como una intervención laboral y, al mismo tiempo, como una posible reconfiguración empresarial. La certificación puede elevar el piso de derechos, pero también acelerar la concentración si los productores pequeños no reciben asistencia técnica, financiamiento y mecanismos claros para cumplir.

La formalidad puede ser una ventaja comercial, no sólo una obligación

El argumento de las autoridades federales es que el empleo formal constituye uno de los instrumentos estructurales más eficaces para reducir la pobreza. Alejandro Salafranca, titular de la Unidad de Trabajo Digno de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, sostuvo que la prosperidad del sector agroexportador debe traducirse en beneficios compartidos a lo largo de la cadena productiva.

La afirmación tiene una base concreta. Un trabajador afiliado al IMSS cuenta con acceso a servicios de salud y con una trayectoria de cotización que puede ser determinante para una incapacidad, una pensión o la atención de una enfermedad derivada de la actividad laboral. Las prestaciones también reducen la vulnerabilidad de familias que dependen de ingresos estacionales y que, ante una lesión o una interrupción de la cosecha, pueden quedar sin protección.

Sin embargo, la formalidad no se produce por decreto. Requiere que exista una relación laboral identificable, que el patrón pueda ser localizado y que las autoridades tengan capacidad para verificar el cumplimiento. En el campo, la contratación suele estar fragmentada por temporadas, regiones y cuadrillas. La participación de intermediarios puede dificultar que el trabajador sepa quién es legalmente responsable de su salario, su seguridad y su inscripción en el seguro social.

La primera conclusión que se desprende de este escenario es que el CLA funcionará sólo si la certificación evalúa la realidad laboral y no únicamente la existencia de expedientes. Un sistema basado en papeles puede ser fácilmente esquivado mediante registros incompletos, subdeclaración de salarios o afiliaciones que no corresponden con los días efectivamente trabajados. La inspección deberá combinar revisión documental, entrevistas con jornaleros, visitas a campos y mecanismos de denuncia que no expongan a los trabajadores a represalias.

Los jornaleros ganan protección, pero enfrentan nuevos riesgos

Para los trabajadores agrícolas, el anuncio ofrece una oportunidad largamente postergada. La afiliación al IMSS, el salario mínimo y las prestaciones legales pueden mejorar de manera significativa la estabilidad de hogares que se mueven entre municipios o estados siguiendo los ciclos de cosecha. También puede aumentar la capacidad de negociación de los jornaleros frente a contratistas que, en ausencia de controles, tienen margen para retener pagos, modificar condiciones o desconocer accidentes laborales.

Pero una formalización mal diseñada podría generar efectos contrapuestos. Algunas empresas podrían sustituir trabajadores permanentes por contrataciones de muy corta duración para limitar sus obligaciones. Otras podrían recurrir a cooperativas, subcontratistas o figuras comerciales que mantengan la apariencia de cumplimiento sin reconocer plenamente la relación laboral. También existe el riesgo de que ciertos productores reduzcan la contratación registrada y busquen mano de obra aún más vulnerable en zonas donde la inspección sea débil.

El problema no se resuelve midiendo únicamente cuántos trabajadores aparecen afiliados. Será necesario observar si reciben el salario completo, si las jornadas respetan los límites legales, si cuentan con equipo de protección, si existen instalaciones adecuadas y si las mujeres, los migrantes y los trabajadores indígenas tienen acceso efectivo a los mismos derechos. La formalidad laboral debe incluir condiciones de seguridad y no convertirse en una simple categoría administrativa.

La segunda conclusión es que los jornaleros deben participar en la verificación del certificado. Sin canales confidenciales de queja, representación sindical efectiva y protección frente al despido, la auditoría puede reflejar la versión de la empresa y no la experiencia de quienes trabajan en el campo. La certificación ganará legitimidad si los trabajadores pueden confirmar que los documentos corresponden con su salario, sus horarios y las prestaciones que realmente reciben.

El reto para los productores pequeños será financiero y operativo

El aguacate y los berries ocupan un lugar central en la economía agroexportadora de Jalisco. Su crecimiento ha generado empleos, inversiones, infraestructura de empaque y vínculos con mercados internacionales. A la vez, esa expansión ha incrementado la presión sobre el suelo, el agua, la logística y la disponibilidad de trabajadores. La exigencia laboral llega en un momento en que las empresas también enfrentan costos de insumos, variaciones climáticas, exigencias sanitarias y una competencia internacional cada vez más estricta.

Las grandes exportadoras cuentan con departamentos jurídicos, sistemas de trazabilidad y capacidad para auditar proveedores. Un pequeño productor puede enfrentar dificultades para registrar a sus trabajadores, calcular cuotas, elaborar contratos y demostrar que cumple con cada requisito. Si el acceso al mercado queda condicionado a la certificación, la diferencia entre ambos grupos puede ampliarse con rapidez.

Una política pública coherente tendría que ofrecer ventanillas de regularización, formatos simplificados, capacitación y apoyo para cubrir los costos iniciales. También tendría que definir con precisión la responsabilidad de cada eslabón. No es razonable que una unidad productiva familiar cargue sola con obligaciones que se originan en toda una cadena de comercialización, pero tampoco sería suficiente responsabilizar únicamente a la exportadora si ésta desconoce deliberadamente el origen laboral de su mercancía.

La cooperación de la Unión Europea, a través de los programas EU4DecentWork y EU4Equity, aporta asistencia técnica y abre la puerta a estándares comparables con los que ya ganan importancia en el comercio internacional. No obstante, la participación internacional no sustituye la capacidad mexicana de inspección. Un certificado respaldado por cooperación externa puede mejorar la metodología, pero su credibilidad dependerá de la aplicación cotidiana en los municipios productores.

La disputa de fondo: competitividad contra cumplimiento

La industria puede interpretar la nueva obligación de dos maneras. Una parte del sector la verá como un costo adicional que reduce márgenes y complica la contratación temporal. Otra puede considerarla una herramienta para proteger el acceso a mercados donde los consumidores y las cadenas minoristas exigen cada vez más información sobre derechos laborales, sostenibilidad y origen de los alimentos.

La segunda interpretación parece más estratégica. Las exportaciones agrícolas no compiten sólo con precios. También compiten con reputación y certidumbre. Una denuncia documentada sobre explotación laboral puede afectar contratos, provocar inspecciones comerciales y dañar la imagen de una región completa. En ese contexto, contar con un sistema verificable de trabajo formal podría convertirse en una ventaja para las empresas que inviertan temprano en cumplimiento.

El conflicto aparecerá cuando el mercado no reconozca económicamente esa mejora. Si los compradores internacionales siguen pagando el mismo precio mientras los costos laborales aumentan, la empresa buscará compensar la diferencia mediante productividad, reducción de personal o presión sobre el proveedor. Para que la formalización sea sostenible, el valor de un producto cosechado bajo condiciones dignas debe reflejarse, al menos parcialmente, en la negociación comercial.

La tercera conclusión es que el certificado no debe limitarse a castigar incumplimientos; también debe crear beneficios claros para quienes cumplen. Acceso preferente a programas de financiamiento, promoción comercial, compras responsables o contratos de largo plazo podría hacer que la formalidad sea una inversión y no sólo una exigencia burocrática. Sin incentivos, la política correrá el riesgo de ser vista como otro trámite que se cumple únicamente para evitar sanciones.

Septiembre será el primer examen de la política

El calendario anunciado es ambicioso. El certificado arrancará a finales de septiembre, con el aguacate como primer sector, y después incorporará gradualmente a los berries y a otros productos. La rapidez puede enviar una señal firme a las empresas, pero también deja poco margen para resolver dudas sobre requisitos, auditorías, costos, vigencia, sanciones y procedimientos de renovación.

Durante los primeros meses será importante distinguir entre una implementación exigente y una implementación improvisada. Si los criterios cambian constantemente, si las oficinas no tienen capacidad de respuesta o si las inspecciones se concentran en productores fácilmente localizables, aumentará la incertidumbre y disminuirá la confianza en el sistema. Si, por el contrario, la autoridad publica reglas precisas y aplica controles consistentes, el CLA podría convertirse en un referente nacional.

La evolución más probable será una mayor integración entre registros laborales, trazabilidad agrícola y certificaciones de exportación. Las empresas que ya documentan el origen de la fruta por razones sanitarias o comerciales podrían incorporar variables laborales a sus sistemas. También crecerá la demanda de auditores, asesores y plataformas de gestión de personal. Ese proceso creará nuevas capacidades, aunque deberá vigilarse que la certificación no quede capturada por consultoras que cobren tarifas inaccesibles o validen condiciones sin una comprobación independiente.

El principal riesgo político será anunciar la formalización como una transformación inmediata cuando, en realidad, se trata de un proceso gradual y conflictivo. El principal riesgo económico será que los pequeños productores queden fuera de las cadenas certificadas. El principal riesgo laboral será que la afiliación al IMSS se convierta en un registro nominal sin mejoras reales en salario, seguridad y estabilidad.

Jalisco tiene ahora la oportunidad de probar si la agroexportación puede sostener su crecimiento con una distribución más justa de sus beneficios. El éxito del Certificado Laboral para la Agroexportación no se medirá por el número de empresas que exhiban un documento, sino por la capacidad de demostrar que cada caja exportada fue producida con trabajadores identificados, protegidos y remunerados conforme a la ley. Ahí estará la diferencia entre una reforma de imagen y un cambio verdadero en el campo.

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