El respaldo de Mexicanos Primero al debate nacional sobre inteligencia artificial, redes sociales y dispositivos digitales coloca la discusión educativa en un punto decisivo: México debe definir no solamente qué tecnologías pueden entrar a las aulas, sino bajo qué condiciones pedagógicas, éticas y sociales deben utilizarse. La organización considera positivo que la Presidencia de la República y la Secretaría de Educación Pública mantengan abierto el diálogo, pero advierte que cualquier decisión apresurada podría reducir un problema complejo a una prohibición general o a una entrega masiva de equipos.
Hasta ahora, el Gobierno de México no ha anunciado cambios definitivos a la regulación del uso de estas herramientas en el sistema educativo. El tema ha sido abordado durante las conferencias matutinas de la presidenta Claudia Sheinbaum, con la participación de especialistas que han expuesto oportunidades y riesgos para niñas, niños y adolescentes. Esa etapa de consulta es relevante porque las decisiones que se adopten afectarán simultáneamente el aprendizaje, la convivencia escolar, la privacidad, la formación docente y la relación entre las familias y las plataformas tecnológicas.
De la brecha digital al dilema de la inteligencia artificial
La discusión mexicana se inscribe en una transformación que comenzó antes de la aparición de las herramientas generativas. La expansión de internet, los teléfonos inteligentes y las plataformas educativas modificó la forma en que estudiantes buscan información, se comunican y producen tareas. La pandemia de COVID-19 aceleró ese proceso: millones de alumnos dependieron de dispositivos y conectividad para mantener algún vínculo con la escuela, pero también quedaron expuestas las desigualdades entre quienes tenían computadora, conexión estable y acompañamiento familiar, y quienes debían compartir un teléfono o trabajar sin acceso regular a internet.
La inteligencia artificial añade una dificultad nueva. Un estudiante puede emplear un sistema generativo para resumir un texto, traducirlo, resolver un problema o redactar un ensayo en segundos. Ese uso puede servir como apoyo personalizado, especialmente para quienes enfrentan barreras de aprendizaje o requieren explicaciones alternativas. Sin embargo, también puede sustituir el esfuerzo intelectual que la actividad pretendía desarrollar, producir información falsa o reproducir sesgos sin que el alumno tenga herramientas para identificarlos. Por eso, la pregunta central no es si la IA estará presente en la escuela, sino si la institución podrá enseñar a utilizarla sin renunciar a la lectura crítica, la escritura y el razonamiento propio.

Las redes sociales plantean un dilema distinto, aunque relacionado. Pueden facilitar la colaboración, la circulación de contenidos y la participación de comunidades escolares, pero sus mecanismos de recomendación están diseñados para captar atención. En adolescentes, el uso intensivo puede interferir con el sueño, la concentración y la convivencia, mientras que la exposición pública incrementa riesgos de acoso, presión social y difusión de datos personales. Una escuela que ignore estas dinámicas dejaría a los estudiantes solos frente a empresas cuyo principal objetivo no es educativo.
La evidencia obliga a abandonar las soluciones simples
Mexicanos Primero sostiene que disponer de un dispositivo no garantiza mejores resultados académicos. La lógica es clara: una tableta puede ampliar el acceso a bibliotecas, simuladores y materiales adaptados, pero su impacto depende de la calidad del contenido, del propósito de la actividad y de la intervención docente. Si el equipo se utiliza únicamente para reproducir videos o llenar formularios, la inversión tecnológica no transforma la enseñanza. Si, además, la conectividad falla o los profesores no reciben capacitación, el recurso puede convertirse en una carga adicional.
La experiencia internacional ofrece ejemplos que ayudan a evitar conclusiones apresuradas. En distintos sistemas educativos se han impulsado programas de distribución de computadoras con resultados desiguales porque la entrega de hardware no siempre estuvo acompañada de apoyo pedagógico, mantenimiento y formación profesional. En contraste, los proyectos que integran tecnología con tutoría, evaluación continua y objetivos de aprendizaje verificables tienen mayores posibilidades de producir beneficios. La lección aplicable a México es que la política debe medir qué aprenden los estudiantes y no únicamente cuántos equipos se compran o cuántas escuelas cuentan con una plataforma.
Ese principio también cambia la forma de evaluar las tareas. Frente a la IA generativa, pedir un ensayo aislado puede dejar de ser una evidencia confiable del aprendizaje. Las escuelas podrían necesitar procesos más visibles: borradores, defensa oral, resolución de problemas en clase, revisión de fuentes y explicación de las decisiones tomadas. No se trata de convertir cada actividad en un examen de vigilancia, sino de diseñar experiencias en las que el pensamiento del alumno sea observable y la herramienta digital funcione como apoyo, no como sustituto.
Una cultura digital se construye con responsabilidades compartidas
La propuesta de Mexicanos Primero supera la disyuntiva entre permitir o prohibir. La organización plantea una cultura digital compuesta por conocimientos, habilidades, valores y condiciones institucionales para utilizar la tecnología de manera responsable. Este enfoque coincide con los llamados de UNESCO, UNICEF, el Comité de los Derechos del Niño de la ONU, la OCDE y la Unión Internacional de Telecomunicaciones a crear entornos seguros y fortalecer la alfabetización digital.
En términos prácticos, la alfabetización digital no puede limitarse a enseñar cómo abrir una aplicación. También debe incluir la verificación de información, el reconocimiento de contenidos manipulados, la protección de contraseñas, el consentimiento para compartir imágenes, la comprensión de los algoritmos y la identificación de discursos de odio o prácticas de acoso. En el caso de la IA, los estudiantes necesitan saber que una respuesta convincente puede ser incorrecta, que los sistemas aprenden de grandes bases de datos y que introducir información personal en una plataforma puede tener consecuencias difíciles de revertir.
La responsabilidad, además, no debe recaer únicamente en los menores ni en los docentes. Las autoridades deben establecer reglas claras para la contratación de plataformas, exigir protección de datos y garantizar accesibilidad. Las escuelas necesitan protocolos para incidentes digitales y criterios comunes sobre cuándo una herramienta es pertinente. Las familias requieren orientación para acompañar el uso en casa sin convertir la tecnología en una fuente permanente de conflicto. Las empresas, por su parte, deben explicar cómo manejan los datos, ofrecer controles adecuados para menores y responder por los riesgos de sus productos.
El desafío menos visible: quién queda fuera
Una política nacional de cultura digital puede reducir desigualdades, pero también profundizarlas si parte de una idea homogénea de estudiante y escuela. La brecha no se limita a tener o no tener internet. Incluye la velocidad de la conexión, la disponibilidad de electricidad, el tipo de dispositivo, el idioma, la discapacidad, las capacidades digitales de las familias y el tiempo que los docentes pueden dedicar a preparar actividades. En comunidades rurales o indígenas, una plataforma diseñada para conectividad permanente puede ser menos útil que materiales descargables, recursos comunitarios y soluciones que funcionen fuera de línea.
El riesgo es que la innovación se concentre en escuelas privadas o urbanas con mayores recursos, mientras los planteles públicos reciben programas estandarizados sin soporte suficiente. La desigualdad también puede aparecer dentro del aula: algunos alumnos tendrán acceso a herramientas de pago y acompañamiento individual, y otros dependerán de versiones limitadas o de equipos compartidos. Si la evaluación escolar asume que todos pueden utilizar IA de la misma manera, podría premiar la capacidad económica familiar en lugar del aprendizaje.
Por ello, la equidad debe medirse desde el diseño de la política. No basta con contabilizar conexiones; sería necesario observar diferencias de uso, resultados por región, acceso de estudiantes con discapacidad y condiciones laborales del personal docente. La evaluación periódica que propone Mexicanos Primero puede ayudar a corregir programas antes de que se conviertan en inversiones difíciles de desmontar.
La escuela también deberá redefinir su autoridad
El debate tendrá consecuencias sobre la relación entre maestros, estudiantes y conocimiento. Durante décadas, la escuela funcionó como un espacio privilegiado para organizar la información y validar fuentes. Hoy los alumnos pueden consultar miles de respuestas, aunque no siempre distinguir entre conocimiento confiable, publicidad, propaganda y contenido automatizado. La autoridad docente no desaparece, pero cambia de naturaleza: deja de consistir principalmente en transmitir datos y pasa a incluir la capacidad de orientar preguntas, comparar fuentes y construir criterios.
Ese cambio exige una inversión sostenida en formación y acompañamiento, no cursos aislados sobre aplicaciones. Un profesor que recibe una plataforma sin tiempo para probarla, adaptarla al currículo y discutir sus límites difícilmente podrá guiar a sus alumnos. La capacitación también debe abordar aspectos emocionales y de convivencia, porque muchos conflictos digitales empiezan fuera del horario escolar y terminan afectando el clima del aula. La dirección escolar tendrá que establecer acuerdos claros, coordinar respuestas y evitar que cada docente enfrente individualmente problemas de acoso o exposición de datos.
El próximo paso será convertir el debate en reglas verificables
La apertura del diálogo ofrece una oportunidad, pero también impone una exigencia de transparencia. Antes de aprobar restricciones o promover nuevas herramientas, las autoridades deberían publicar criterios de decisión, estudios utilizados, mecanismos de consulta y formas de evaluar resultados. Una prohibición total puede ser difícil de aplicar y empujar el uso de dispositivos fuera de la supervisión escolar; una liberalización sin controles puede exponer a menores y ampliar las diferencias entre comunidades. Entre ambos extremos existe una regulación gradual, revisable y basada en la edad, el contexto, el propósito pedagógico y el nivel de riesgo.
El debate impulsado por la Presidencia y la SEP puede marcar una etapa más madura de la política educativa mexicana si evita seguir la lógica de la novedad tecnológica. La prioridad no debería ser que las escuelas parezcan modernas, sino que los estudiantes aprendan más, convivan mejor y desarrollen autonomía para tomar decisiones en un entorno digital. Mexicanos Primero ofrece una base para esa discusión al insistir en la evidencia, la equidad y la responsabilidad compartida. El resultado dependerá de que esas ideas se traduzcan en presupuesto, formación docente, protección efectiva de derechos y evaluaciones capaces de reconocer tanto los beneficios como los daños que la tecnología puede producir.
