La evidencia disponible descarta que escuchar a Mozart aumente de manera automática la inteligencia o el coeficiente intelectual. Sin embargo, la música sí puede modificar temporalmente la atención y el estado de alerta, además de activar circuitos cerebrales relacionados con la memoria, el placer, las emociones y el movimiento. La respuesta depende del tipo de música, de la actividad que realiza la persona y de sus experiencias previas.
El punto de partida de esta interpretación se encuentra en el llamado “efecto Mozart”, una idea difundida desde 1993 según la cual escuchar obras de Wolfgang Amadeus Mozart podía mejorar la inteligencia. La conclusión no está respaldada por la evidencia disponible. Larry Sherman, profesor de neurociencia citado por HuffPost, señala que una música adecuada puede favorecer el estado de alerta y la atención durante determinadas tareas cognitivas, pero esa mejora temporal no equivale a un incremento de la inteligencia.

La explicación de los efectos musicales comienza en el oído. Las vibraciones de una canción llegan al tímpano y después a la cóclea, una estructura del oído interno que transforma el sonido en impulsos eléctricos. Sus neuronas están organizadas de forma parecida a las teclas de un piano: algunas responden principalmente a sonidos graves y otras a sonidos agudos.
Desde la cóclea, la información viaja por el nervio auditivo hasta el lóbulo temporal, donde se encuentra la corteza auditiva. Esta región analiza el tono, el volumen y la duración de los sonidos, pero también interviene en el reconocimiento de melodías y ritmos. A partir de ahí, la señal continúa hacia otras áreas que permiten interpretar lo escuchado y vincularlo con experiencias almacenadas.
De la melodía al recuerdo
La Asociación Estadounidense de Psicología indica que escuchar música implica procesos relacionados con el reconocimiento de patrones, el aprendizaje, la atención y la memoria. Una melodía conocida puede identificarse con rapidez porque el cerebro compara lo que oye con información previamente guardada.
La Fundación Pasqual Maragall subraya que la reacción no es igual para todas las personas. Una misma canción puede resultar reconfortante para alguien y desagradable para otra persona, porque cada cerebro interpreta los sonidos a partir de su propia historia. Por ese motivo, una melodía puede quedar asociada con un lugar, una persona o un momento concreto y provocar nostalgia, alegría, calma o tristeza.
La música también puede activar el sistema de recompensa, relacionado con la respuesta cerebral ante experiencias agradables. Según la Fundación Pasqual Maragall, el placer musical puede acompañarse de la liberación de dopamina, un neurotransmisor vinculado con los mecanismos de recompensa. Una pieza tranquila puede favorecer la relajación, aunque ese efecto depende tanto de las características del sonido como de las preferencias y experiencias anteriores.
El ritmo incorpora el movimiento
La actividad musical no queda limitada a las zonas auditivas. Las áreas motoras también participan, lo que ayuda a explicar por qué una persona puede mover el pie de forma involuntaria al escuchar un ritmo determinado. Bailar, tocar un instrumento o practicar mentalmente una pieza exige coordinar percepción, memoria, atención y movimiento.
Así, una canción puede poner en marcha varias funciones al mismo tiempo: procesar sonidos, reconocer patrones, recuperar recuerdos, generar emociones, sostener la atención y preparar movimientos. La música no convierte automáticamente a nadie en más inteligente, pero sí puede alterar de forma temporal algunas condiciones relacionadas con el rendimiento y mantener vínculos duraderos con experiencias personales.
