La jerga corporativa y su costo cognitivo

La investigación de Cornell sobre la receptividad al “bullshit corporativo” abre una discusión que va más allá de la ironía sobre el lenguaje de oficina. Si sus hallazgos se sostienen en futuras réplicas, el problema no sería solo estético o cultural, sino también funcional: ciertos entornos premiarían la forma vacía por encima de la claridad, y eso tendría efectos medibles en el juicio, la resolución de problemas y la calidad de las decisiones. En un mercado laboral donde la comunicación influye en promociones, evaluación de desempeño y liderazgo, la difusión de este tipo de lenguaje puede convertirse en un filtro silencioso que altera quién asciende y por qué.

El primer impacto potencial es organizacional. Las empresas necesitan vocabulario técnico para coordinar tareas complejas, pero cuando el lenguaje se separa de la realidad operativa puede generar una ilusión de estrategia sin contenido. Eso favorece reuniones, informes y presentaciones que parecen sofisticados sin mejorar procesos. En ese contexto, la investigación sugiere que quienes se sienten más atraídos por frases abstractas y nebulosas podrían interpretar la ambigüedad como visión, un rasgo peligroso en puestos donde se exige precisión. La consecuencia no es menor: decisiones débiles, mala asignación de recursos y una cultura interna que castiga la franqueza.

Hay también un posible efecto positivo: el estudio puede servir como antídoto frente a una normalización demasiado extendida de la jerga vacía. En recursos humanos, consultoría, ventas o comunicación corporativa, el hallazgo obliga a revisar prácticas de selección y formación. Incorporar evaluaciones de pensamiento crítico, lectura de evidencias y capacidad de traducir ideas complejas a lenguaje claro puede ayudar a distinguir entre dominio real de un negocio y simple destreza retórica. En ese sentido, la investigación puede empujar a las organizaciones hacia una cultura más exigente, donde la claridad vuelva a ser un valor medible y no una cortesía opcional.

El riesgo, sin embargo, es que los resultados se usen como etiqueta simplista. La relación entre receptividad a la jerga y desempeño cognitivo no significa que toda persona que emplea lenguaje corporativo tenga menos capacidad intelectual. El propio estudio advierte que incluso perfiles con alta formación pueden caer en este sesgo según el contexto. Por eso, convertir estos hallazgos en una burla contra ciertos departamentos o generaciones sería un error metodológico y cultural. La frontera entre lenguaje técnico legítimo y lenguaje hueco no siempre es nítida, y en sectores especializados algunas expresiones compactan información real que no puede resumirse de manera coloquial sin pérdida de precisión.

La dimensión más delicada aparece cuando la jerga deja de ser un síntoma y pasa a ser un mecanismo de poder. Quien domina ese registro puede proyectar confianza, ocultar vacíos de criterio y neutralizar objeciones mediante fórmulas abstractas. Eso crea un problema de gobernanza interna: los equipos más críticos pueden quedar desplazados por perfiles más hábiles en el empaque discursivo. A medio plazo, la organización corre el riesgo de premiar la performance verbal y no la capacidad de ejecutar, lo que suele traducirse en proyectos inflados, diagnósticos complacientes y una distancia creciente entre la narrativa directiva y la realidad del negocio.

También hay una implicación para los procesos de selección y promoción. Si la receptividad a este lenguaje se asocia con mayor satisfacción laboral y con percepciones más favorables de los superiores, las empresas podrían estar reforzando sin querer un círculo de auto-validación. Los líderes que hablan más en clave corporativa son vistos como más visionarios, y esa percepción puede facilitar su ascenso. El coste es acumulativo: cuanto más arriba llega ese estilo, más difícil resulta corregirlo, porque la jerga se institucionaliza y empieza a funcionar como norma de pertenencia. En ese escenario, disentir o pedir definiciones concretas puede ser leído como falta de alineación, cuando en realidad es una forma de control de calidad.

El estudio deja, no obstante, varias incertidumbres importantes. La muestra se concentró en ocupaciones concretas y en contextos anglosajones, por lo que no puede trasladarse sin matices a otras culturas laborales. Tampoco prueba causalidad directa: no está claro si la exposición al lenguaje corporativo debilita el pensamiento crítico o si personas con ciertas disposiciones cognitivas son más proclives a aceptarlo. Esa diferencia importa, porque cambia la respuesta institucional. Si el problema es de entorno, habrá que reformar incentivos; si también hay un componente de selección cognitiva, el debate alcanza a la educación, la formación profesional y los criterios de liderazgo.

En el corto plazo, la conclusión más útil para las organizaciones no es erradicar toda fórmula empresarial, sino exigir que cada mensaje pueda traducirse a una afirmación verificable. Eso implica menos eslóganes, más definiciones operativas y una tolerancia baja a la vaguedad cuando hay decisiones en juego. En un momento en que muchas empresas se presentan como ecosistemas, plataformas o comunidades de propósito, la investigación recuerda una verdad incómoda: las palabras no solo describen la realidad laboral, también la moldean. Cuando el lenguaje pierde contacto con los hechos, el daño no es solo semántico. Se filtra en cómo se piensa, quién manda y qué tipo de errores termina pagando la organización.

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