La UdeG reduce jornadas sin recortar ingresos y pone a prueba una nueva cultura laboral

La Universidad de Guadalajara dará un paso que todavía no es obligatorio para las instituciones públicas del país: a partir del 1 de octubre de 2026 reducirá en 16.66 por ciento la jornada laboral de su personal administrativo y operativo, sin modificar salarios ni prestaciones. La decisión alcanza a quienes hoy trabajan 48, 40 y 36 horas semanales, y coloca a la casa de estudios como una de las organizaciones que busca anticiparse al debate nacional sobre la disminución del tiempo de trabajo.

El cambio se traducirá en una reducción concreta de horas. Las personas con jornadas de 48 horas pasarán a laborar 40; quienes cumplen 40 horas semanales trabajarán 33 horas con 20 minutos, mientras que las jornadas de 36 horas se ajustarán a 30. La medida comenzará en la Administración General y en las preparatorias de la Universidad, para extenderse durante noviembre a los centros universitarios.

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El reto no es trabajar menos, sino sostener el servicio

La relevancia de la medida no reside únicamente en el número de horas que se eliminan de la semana laboral. La UdeG administra procesos académicos, financieros, escolares y operativos que requieren continuidad, atención al público y coordinación entre áreas. Por ello, una reducción de jornada sin una revisión de procedimientos podría trasladar la presión a menos tiempo disponible, generar retrasos o concentrar cargas de trabajo en determinados equipos.

La rectora general, Karla Planter Pérez, ha planteado justamente esa condición: la nueva jornada debe preservar la calidad y eficiencia de los servicios universitarios. Su aplicación exige reforzar la organización interna y orientar el trabajo hacia el cumplimiento de objetivos y resultados. En términos prácticos, eso implica que la reducción horaria tendrá que acompañarse de calendarios claros, distribución funcional de tareas, mecanismos de seguimiento y una identificación real de actividades que consumen tiempo sin aportar valor al servicio.

Ese punto separa una decisión simbólica de una transformación operativa. Cuando las organizaciones reducen horas sin revisar cómo se toman decisiones, cómo circula la información o cómo se resuelven los trámites, el horario más corto puede convertirse en jornadas informales extendidas. La promesa de la UdeG será evaluada, por tanto, no sólo por el nuevo horario establecido en documentos institucionales, sino por la capacidad de hacer compatible ese horario con cargas sostenibles y atención efectiva.

Un ajuste respaldado por experiencias internas

Antes de anunciar la ampliación de la medida, la Universidad realizó un pilotaje en las coordinaciones de Finanzas y Control Escolar, en el Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas y en diversas preparatorias. De acuerdo con el Sindicato Único de Trabajadores de la Universidad de Guadalajara, los resultados mostraron que una mejor organización puede sostener los resultados y la calidad de los servicios aun con una jornada más corta.

El antecedente es relevante porque evita que la decisión dependa exclusivamente de una declaración de principios. Los espacios elegidos para la prueba incluyen áreas donde los procesos suelen estar marcados por fechas límite, trámites recurrentes y atención a una comunidad amplia. Si el pilotaje permitió mantener la operación, ofrece una base para trasladar aprendizajes a otras dependencias, aunque la extensión institucional también enfrentará condiciones distintas entre oficinas centrales, preparatorias y centros universitarios.

José de Jesús Becerra Santiago, secretario general del SUTUdeG, sostuvo que trabajar menos horas no significa reducir el compromiso con la Universidad. La afirmación plantea un cambio de criterio relevante: medir la responsabilidad laboral por presencia prolongada puede ser menos útil que evaluar el cumplimiento, la oportunidad de la atención y la calidad de los resultados. Esa transición, sin embargo, exige indicadores transparentes para que la exigencia de productividad no termine compensando la reducción con una intensificación silenciosa del trabajo.

El tiempo recuperado entra en la discusión laboral

La UdeG sostiene que la reducción tendrá efectos directos en la vida, la salud y el bienestar de su personal. Planter Pérez ha vinculado la medida con el derecho al descanso, al tiempo libre y al trabajo, al señalar que esos principios deben coexistir de manera equilibrada. El planteamiento amplía la discusión más allá de la administración de recursos humanos: el tiempo disponible fuera de la oficina también determina las posibilidades de cuidado, convivencia familiar, atención a la salud, formación personal y participación social.

Esta dimensión es especialmente importante en un contexto donde las responsabilidades de cuidado suelen distribuirse de forma desigual. Una jornada más corta no resuelve por sí sola esa desigualdad, pero puede ofrecer un margen real para que las personas atiendan obligaciones que frecuentemente se absorben con horas personales, permisos improvisados o desgaste acumulado. Mantener íntegros los ingresos y prestaciones resulta decisivo: sin esa garantía, la reducción podría convertirse en una pérdida económica para quienes dependen de un salario completo.

Una señal para la reforma pendiente

La decisión universitaria se adelanta a una discusión legislativa que ha puesto en el centro la reducción de la jornada laboral en México. Al aplicarla de manera proporcional y sin recortes, la UdeG ensaya una respuesta institucional a una pregunta que atraviesa tanto al sector público como al privado: cómo mejorar las condiciones de trabajo sin deteriorar la continuidad de las funciones esenciales.

Su resultado tendrá valor más allá de la propia Universidad. Si la institución logra conservar tiempos de respuesta, calidad de atención y cumplimiento de responsabilidades, contará con evidencia para sostener que la jornada reducida puede apoyarse en rediseños organizativos y no necesariamente en una caída del desempeño. Si aparecen cuellos de botella, también dejarán una lección útil sobre las áreas que requieren más personal, digitalización, coordinación o revisión de procesos.

La medida, en ese sentido, no debe leerse como una concesión aislada ni como un simple cambio de horario. Representa una prueba sobre la capacidad de una institución compleja para reconocer el tiempo como un derecho laboral y, al mismo tiempo, demostrar que el bienestar de quienes sostienen sus servicios puede convertirse en parte de su eficiencia pública.

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