La UNAM enfrenta la crisis de su examen digital

La decisión de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) de concluir anticipadamente el contrato con Territorium Life no es un ajuste administrativo menor. Representa el primer gran desenlace institucional de una crisis que puso bajo escrutinio la transición de uno de los procesos educativos más sensibles del país hacia un formato completamente digital. La universidad anunció el término bilateral del acuerdo, una auditoría tecnológica independiente y dos revisiones del procedimiento de contratación: una interna, a cargo de su Contraloría, y otra externa, solicitada por el rector Leonardo Lomelí a la Auditoría Superior de la Federación (ASF).

El detonante fue la detección de resultados atípicos en el examen de ingreso a licenciatura 2026-2027. La UNAM informó que el análisis estadístico identificó un aumento inusual en la concentración de puntajes elevados frente a convocatorias anteriores. Ese comportamiento no demuestra por sí mismo que hubiera fraude ni permite atribuir responsabilidades individuales, pero sí constituye una señal suficiente para cuestionar la confiabilidad del proceso y revisar tanto la plataforma como los mecanismos de supervisión utilizados durante la prueba.

La gravedad del episodio deriva de la función que cumple el examen. Para miles de jóvenes, el resultado define el acceso a una institución pública de alta demanda y puede modificar decisiones familiares, económicas y profesionales. Un error técnico, una vulnerabilidad informática o una ventaja indebida no tendría únicamente consecuencias operativas: alteraría la igualdad de condiciones entre aspirantes y afectaría la legitimidad de la asignación de lugares escasos.

Del experimento digital a la ruptura de confianza

El examen en línea fue presentado como una innovación histórica para la máxima casa de estudios. La digitalización prometía reducir traslados, ampliar la capacidad logística y agilizar la calificación. También respondía a una tendencia acelerada por la pandemia, cuando universidades y organismos públicos recurrieron a plataformas remotas para mantener sus actividades. Sin embargo, trasladar una evaluación de admisión a internet no equivale simplemente a sustituir el papel por una pantalla.

Una prueba de alta importancia requiere garantizar la identidad de cada participante, impedir consultas externas, registrar incidentes, proteger los reactivos y conservar evidencia suficiente para reconstruir lo ocurrido. En un examen presencial, parte de ese control depende de supervisores, espacios físicos y protocolos visibles. En una plataforma digital, esas funciones se distribuyen entre software, dispositivos, conexiones, sistemas de monitoreo y personal técnico. Cada componente abre posibilidades de falla que deben ser auditadas antes, durante y después de la aplicación.

La sospecha de uso de herramientas de inteligencia artificial vuelve más complejo el diagnóstico. La IA generativa puede resolver preguntas, explicar respuestas o producir información en segundos, pero no necesariamente deja una huella inequívoca. Un puntaje extraordinario puede ser consecuencia de una ventaja tecnológica, de filtraciones, de errores en la configuración, de suplantación de identidad o, simplemente, de una población examinada con características distintas. Por eso, el incremento estadístico observado por la UNAM debe interpretarse como un indicio que exige evidencia técnica y no como una prueba concluyente contra todos los aspirantes con resultados altos.

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La respuesta inicial de la universidad confirmó la dimensión del problema: suspendió temporalmente las inscripciones de nuevo ingreso, creó una comisión técnica integrada por 16 especialistas y decidió aplicar un examen de control presencial a los aspirantes que superaran determinados puntajes mínimos. La medida busca separar dos objetivos que en una situación normal estarían unidos: seleccionar a quienes obtengan el mejor desempeño y, al mismo tiempo, verificar que ese desempeño sea auténtico.

El examen de control y el costo para los aspirantes

La prueba presencial está prevista entre el 12 y el 19 de agosto en sedes de Ciudad de México, León, Oaxaca y Tijuana. Aunque puede contribuir a restablecer la certeza, también transfiere a los estudiantes parte del costo de una falla institucional. Quienes ya presentaron un examen en línea deberán reorganizar horarios, trasladarse, asumir gastos y enfrentar nuevamente una situación de alta presión. El impacto será mayor para aspirantes de bajos ingresos, personas que trabajan, estudiantes con responsabilidades familiares o quienes viven lejos de las sedes habilitadas.

La UNAM tendrá que demostrar que los puntajes mínimos fueron definidos mediante criterios técnicamente defendibles y aplicados de manera uniforme. Si el umbral es demasiado amplio, el examen de control puede convertirse en una segunda selección masiva y aumentar la carga logística. Si es demasiado restrictivo, existe el riesgo de excluir a personas cuyo resultado no necesariamente fue irregular. La transparencia sobre la metodología será tan importante como la aplicación misma: los aspirantes necesitan saber qué se está verificando, cómo se compararán ambas pruebas y qué procedimiento de inconformidad estará disponible.

También será crucial evitar que la nueva evaluación sea interpretada como una sanción colectiva. La existencia de resultados anómalos no autoriza a presumir que todos los participantes actuaron de manera indebida. La universidad deberá proteger los datos personales, limitar la difusión de nombres y explicar con precisión qué información será utilizada para resolver cada caso. En procesos de admisión, una comunicación ambigua puede causar daños reputacionales difíciles de reparar, incluso cuando no exista una acusación formal.

La auditoría tendrá que reconstruir toda la cadena

La revisión tecnológica anunciada de común acuerdo con Territorium Life deberá ir más allá de comprobar si la plataforma funcionaba el día del examen. Una auditoría sólida tendría que examinar el diseño del sistema, los controles de identidad, los registros de acceso, los cambios de configuración, la gestión de permisos, la protección de los bancos de preguntas y la manera en que se detectaron o descartaron conductas anómalas. También debería preservar la evidencia digital con métodos que permitan verificar que no fue alterada después de la aplicación.

El análisis deberá distinguir entre fallas de la empresa y decisiones adoptadas por la propia universidad. Una plataforma puede haber cumplido especificaciones contractuales insuficientes; un proveedor puede haber advertido riesgos que no fueron atendidos; o la institución puede haber definido un modelo de supervisión incapaz de enfrentar el uso de herramientas de IA. La responsabilidad no puede establecerse únicamente a partir del resultado final. Es necesario revisar quién diseñó los protocolos, quién los aprobó, quién supervisó su ejecución y qué información estuvo disponible en cada momento.

La auditoría interna y la revisión solicitada a la ASF cumplen funciones distintas. La Contraloría universitaria puede identificar incumplimientos administrativos, deficiencias de control y responsabilidades dentro de la institución. La ASF, por su parte, puede examinar el procedimiento de contratación y el uso de recursos públicos conforme a sus atribuciones. La independencia, el alcance y la publicación de los resultados serán decisivos. Una auditoría que concluya sin explicar la metodología, las pruebas revisadas y las medidas correctivas tendría un valor limitado para recuperar la confianza.

La terminación bilateral del contrato tampoco debe cerrar prematuramente la investigación. El acuerdo entre las partes resuelve la relación operativa, pero no elimina la necesidad de esclarecer si hubo incumplimientos, daños o responsabilidades. La universidad deberá conservar acceso a la información técnica y contractual necesaria, establecer mecanismos para que la salida del proveedor no destruya registros y garantizar que cualquier nuevo sistema sea evaluado antes de utilizarse en una convocatoria futura.

Un problema que rebasa a la universidad

El caso expone una tensión que afecta a todo el sector educativo: la adopción de tecnologías avanzadas suele avanzar más rápido que la creación de reglas específicas para supervisarlas. Muchas instituciones han incorporado plataformas de vigilancia remota, reconocimiento biométrico o análisis automatizado sin contar todavía con criterios públicos sobre falsos positivos, privacidad, conservación de datos y derecho de apelación. La experiencia de la UNAM puede convertirse en un referente para exigir evaluaciones independientes de impacto antes de emplear sistemas digitales en decisiones de alto riesgo.

La inteligencia artificial no sólo desafía la vigilancia de los exámenes; también obliga a replantear qué significa evaluar conocimientos. Prohibir herramientas externas puede ser razonable en una prueba destinada a medir habilidades individuales, pero la prohibición debe ser técnicamente aplicable y jurídicamente clara. Si una plataforma no puede detectar de forma confiable el uso de asistentes digitales, anunciar controles estrictos sin capacidad real de cumplimiento genera una falsa sensación de seguridad. En cambio, una política seria combinaría diseño de preguntas menos susceptibles de automatización, controles presenciales para etapas críticas y protocolos de investigación proporcionales.

La contratación pública también queda bajo la lupa. La universidad deberá explicar por qué eligió a Territorium Life, qué requisitos estableció, cómo evaluó la experiencia del proveedor y qué pruebas piloto se realizaron antes de delegarle un examen nacionalmente relevante. El asunto puede impulsar cambios en los contratos tecnológicos del sector público: cláusulas de auditoría permanente, obligación de entregar registros completos, pruebas de penetración, planes de contingencia, sanciones por incumplimiento y reglas claras sobre la propiedad y custodia de los datos.

La salida dependerá de la transparencia

La UNAM enfrenta ahora una decisión estratégica. Puede limitarse a resolver la convocatoria de 2026-2027 con un examen presencial y dar por cerrado el episodio, o aprovecharlo para construir un modelo de admisión más resistente. La segunda opción exige publicar un calendario de auditorías, informar periódicamente sobre sus avances, explicar los criterios de validación de resultados y abrir canales efectivos para las reclamaciones. También requiere reconocer las incertidumbres que permanezcan, en lugar de presentar conclusiones definitivas antes de contar con evidencia suficiente.

La confianza no se recuperará únicamente con la salida del proveedor ni con una nueva prueba. Se recuperará si los aspirantes perciben que las reglas fueron iguales para todos, que los datos fueron protegidos y que cualquier error tendrá consecuencias institucionales verificables. El episodio deja una advertencia para la educación pública mexicana: la innovación tecnológica puede ampliar el acceso y hacer más eficientes los procesos, pero en una selección de alta demanda la velocidad nunca puede sustituir la trazabilidad, la supervisión humana y la rendición de cuentas.

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