Milei redefine su estrategia

Javier Milei volvió a mostrarse este lunes en un acto oficial tras nueve días sin agenda pública y con una señal que excede la liturgia presidencial: el Gobierno reconoce que el malestar social creció y que la economía ya no puede narrarse solo desde la promesa futura. La frase que eligió el mandatario en la conmemoración por José de San Martín, al advertir que si la libertad no muestra sus frutos la ciudadanía olvida su valor, condensó ese giro de tono sin alterar el núcleo del programa económico.

En la Casa Rosada admiten que el Presidente tomó nota del deterioro en las encuestas y de la pérdida de paciencia social. La lectura interna es binaria: o el oficialismo logra recomponer apoyo con una mejora tenue del poder adquisitivo, o Milei terminará su paso por la Rosada como un incomprendido de su tiempo. Lo que no aparece en discusión, según funcionarios cercanos, es el rumbo económico. “Este Gobierno gira sobre un eje fijo que es el modelo de Milei”, resumió una fuente de primera línea.

El nuevo tono quedó expuesto también en el discurso que Milei escribirá para el Council of the Americas, centrado en crecimiento, desregulación, apertura comercial, baja de impuestos y riesgo país. A diferencia de etapas anteriores, cuando predominaban el desafío y la autosuficiencia, en el Gobierno aparece ahora una narrativa más defensiva: no prometen un presente resuelto, sino que intentan administrar la espera hasta que la economía muestre resultados perceptibles. Ese cambio no implica una corrección de fondo, sino un reordenamiento del mensaje frente a un escenario menos favorable.

Un Gobierno que mide el humor social

Las señales de ajuste discursivo no provienen solo de Milei. En los últimos días, Luis Caputo admitió que la economía crece más lento de lo esperado y Santiago Bausili reconoció una dinámica menos vigorosa. Patricia Bullrich fue más allá y habló de la necesidad de que los resultados lleguen con mayor velocidad a familias y empresas. La ministra, que suele alinearse con el oficialismo, dejó entrever una preocupación que ya se discute puertas adentro: el respaldo social no se sostiene únicamente con expectativas, también exige evidencia concreta en el bolsillo y en la calle.

Ese diagnóstico se repite en otros pasillos del poder. Referentes libertarios que antes recibían muestras de adhesión en lugares públicos describen ahora un clima más hostil y menos entusiasta. No se trata solo de percepción: el Gobierno asumió que no puede seguir relatando un presente que una parte del electorado no registra. En términos políticos, esa aceptación del descontento es relevante porque define el límite del oficialismo: puede modular la forma, pero no la sustancia del ajuste y la desregulación.

Polarización, alianzas y el cálculo de 2027

La respuesta del oficialismo al deterioro no pasa por una moderación programática, sino por una apuesta electoral basada en la polarización. En la mesa política de Balcarce 50 conviven dos estrategias: una busca cerrar acuerdos con PRO, sectores de la UCR y gobernadores para asegurar gobernabilidad; la otra prefiere demorar definiciones y preservar la identidad propia. Karina Milei y el sector de los Menem empujan el armado territorial, mientras Santiago Caputo y Patricia Bullrich priorizan pactos tempranos que ordenen el tablero hacia 2027.

En paralelo, el acuerdo con Mauricio Macri sigue abierto pero sin letra chica resuelta. La eventual candidatura de Hernán Lacunza agrega tensión, porque cualquier fuga por derecha puede complicar a La Libertad Avanza en un escenario donde, según admiten en el oficialismo, Milei necesita no caer por debajo de los 30 puntos para seguir siendo el centro real de la competencia. Bajo esa lógica, el Gobierno ya no discute solo gestión económica: discute si podrá llegar a la próxima elección con un relato creíble, una base dura intacta y una coalición amplia lo bastante ordenada para no fragmentarse antes de tiempo.

En esa combinación de aislamiento personal, fatiga social y cálculo electoral, Milei vuelve a ubicarse en el centro de su propia estrategia. El Presidente no parece dispuesto a revisar el programa que lo llevó al poder; sí a ajustar el modo de contarlo. La incógnita es si ese cambio de registro alcanza para sostener la paciencia social hasta que la economía empiece a mostrar resultados tangibles.

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