El alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, firmó una ley que autoriza a los restaurantes de la ciudad a mantener sus mesas y estructuras gastronómicas al aire libre durante todo el año. La norma, formalizada el lunes, modifica las reglas adoptadas durante la gestión de su antecesor, Eric Adams, que exigían desmontar estos espacios durante los meses de invierno. El cambio busca reducir los costos operativos de los establecimientos y darles mayor previsibilidad, aunque también reaviva las críticas de vecinos que denuncian ruido, congestión vehicular y problemas de seguridad y salubridad en torno a los llamados comedores callejeros.
La decisión afecta a uno de los programas urbanos que más transformó el paisaje comercial de Nueva York en los últimos años. La expansión de las mesas exteriores permitió a numerosos locales ampliar su capacidad y continuar atendiendo al público en espacios abiertos, una modalidad que cobró especial impulso durante la pandemia. Con el tiempo, el sistema dejó de ser una solución temporal y pasó a formar parte de la actividad habitual de restaurantes, bares y cafeterías en distintos barrios.
Un cambio frente a la política de invierno
La normativa anterior obligaba a los negocios a retirar las estructuras instaladas sobre la calzada durante la temporada invernal. Para los empresarios, esa exigencia generaba una cadena de gastos que incluía el desmontaje, el transporte, el almacenamiento y la reinstalación de los elementos al comienzo de la siguiente temporada. El sector sostuvo que el esquema hacía más difícil calcular los costos y planificar la operación anual, especialmente para los pequeños comercios con márgenes más reducidos.
La nueva ley elimina esa obligación y permite que los espacios continúen habilitados durante los doce meses del año. De acuerdo con la información difundida por CBS New York, el objetivo central es ofrecer estabilidad a los establecimientos gastronómicos y evitar que deban repetir cada temporada un proceso logístico considerado costoso e ineficiente. La medida no implica, sin embargo, que los locales queden exentos de las reglas municipales aplicables al uso del espacio público, la circulación y el funcionamiento de sus instalaciones.

Durante la audiencia previa a la firma, Mamdani presentó el cambio como una elección de política pública relacionada con la forma en que se vive y se utiliza la ciudad. “La firma de la ley de hoy refleja una elección política diferente”, afirmó el alcalde, según recogió el canal neoyorquino. También sostuvo que la decisión pretende que Nueva York se sienta “todavía más viva de lo que ya es”, una definición que vincula la actividad gastronómica con la vitalidad de las calles y la presencia de vecinos y visitantes en el espacio urbano.
La presentación de la norma tuvo además un componente simbólico. Uno de los salones del Ayuntamiento fue ambientado como una pizzería italiana, con manteles a cuadros, luces y elementos de mesa. Después de la audiencia, el alcalde firmó la legislación en un espacio exterior montado detrás del edificio. La puesta en escena destacó el carácter cotidiano y comercial de la medida, al tiempo que buscó asociarla con una imagen de ciudad abierta y activa durante todo el año.
El respaldo de restaurantes y cámaras empresariales
Entre los defensores de la ley se encuentra James Kwon, propietario de la cadena Village Square Pizza. El empresario consideró que el cambio puede tener un efecto directo sobre los pequeños negocios y calificó la decisión como “realmente grande”, en declaraciones citadas por CBS New York. Su argumento coincide con el de otros representantes del sector: la continuidad de los espacios permitiría distribuir mejor los gastos, evitar interrupciones estacionales y aprovechar de forma más constante una infraestructura ya instalada.
Andrew Rigie, director ejecutivo de la New York City Hospitality Alliance, expresó una posición similar. Según su descripción, los restaurantes debían pagar para instalar el comedor sobre la calzada, volver a pagar para desmontarlo, asumir el costo de almacenarlo y repetir el desembolso al reinstalarlo. “No tenía sentido desde el punto de vista financiero”, afirmó. Para las asociaciones empresariales, la reforma puede ser especialmente relevante en un contexto de presión sobre los alquileres, la mano de obra, los alimentos y otros costos que afectan la rentabilidad del sector.
La permanencia anual también puede modificar la manera en que los negocios administran su espacio. En lugar de operar bajo un calendario de montaje y retiro, los locales podrán planificar sus inversiones con un horizonte más prolongado. No obstante, el beneficio económico dependerá de factores como la demanda durante los meses fríos, las condiciones particulares de cada calle y la capacidad de las autoridades para garantizar que las estructuras cumplan los requisitos técnicos y de seguridad.
Vecinos piden controles sobre el impacto urbano
La oposición al modelo se concentró en los efectos que las estructuras pueden producir en zonas residenciales. Carol Putre-Czyz, integrante de la East Fifth Street Block Association, cuestionó durante la audiencia la continuidad de los comedores y planteó que quienes toman las decisiones no necesariamente experimentan sus consecuencias cotidianas. Su crítica se enfocó en los horarios nocturnos y en la convivencia entre los locales, los residentes y quienes utilizan las instalaciones cuando los restaurantes ya están cerrados.
La vecina mencionó ruido, tráfico, presencia de ratas y ocupación de los quioscos por personas sin hogar. También aludió a denuncias de venta de drogas y relaciones sexuales en esos espacios. Se trata de acusaciones formuladas durante una audiencia y atribuidas a una representante vecinal; el reporte citado no aporta una evaluación municipal que permita medir la frecuencia o el alcance de cada uno de esos problemas. Aun así, sus señalamientos reflejan una preocupación más amplia sobre la supervisión de las estructuras y sobre la responsabilidad de los propietarios y de la ciudad fuera del horario comercial.
Putre-Czyz también cuestionó la reducción del espacio disponible para los vehículos en algunas calles, donde los comedores exteriores coinciden con ciclovías y carriles exclusivos para autobuses. Según afirmó, ciertas vías que antes contaban con una capacidad equivalente a cuatro carriles soportan ahora una circulación más limitada, con mayores dificultades durante las horas de salida laboral.
La firma de Mamdani no cierra el debate sobre el uso de las calles, sino que desplaza su eje: de decidir si los comedores deben desmontarse en invierno a determinar bajo qué condiciones pueden permanecer abiertos durante todo el año. La sostenibilidad de la medida dependerá de que el alivio económico para los restaurantes pueda convivir con controles efectivos sobre el ruido, la higiene, la movilidad y la seguridad. En Nueva York, la discusión seguirá enfrentando dos prioridades legítimas: fortalecer una actividad comercial que reclama previsibilidad y proteger la calidad de vida de los barrios donde esa actividad se desarrolla.
