OnlyMarms y la ciencia

La historia de OnlyMarms parece, a primera vista, una anécdota perfecta para la era de internet: científicos de la Universidad de California en Los Ángeles recurriendo a OnlyFans, una plataforma asociada casi de forma automática con contenido sexualizado, para financiar un estudio de marmotas. Pero detrás del gancho hay un problema mucho más serio. El proyecto dirigido por Daniel Blumstein no es una ocurrencia improvisada ni un experimento de marketing, sino una investigación de 64 años sobre marmotas de vientre amarillo en las Montañas Rocosas, el segundo estudio más largo del mundo sobre mamíferos identificados individualmente. Que una línea de trabajo así tenga que mendigar atención en una plataforma de suscripción habla menos de creatividad que de fragilidad institucional.

El punto de quiebre fue la retirada de fondos por parte de la Fundación Nacional de Ciencias tras tres intentos fallidos de renovación. La justificación del comité, según relata el equipo, fue que el estudio tenía “demasiados datos”. Ese argumento es revelador porque invierte la lógica habitual de la investigación pública: cuando un proyecto de largo plazo acumula series históricas valiosas, eso suele ser precisamente la razón para preservarlo. En ecología y biología evolutiva, los datos extensos son irremplazables; permiten observar cambios en comportamiento, supervivencia, reproducción y respuesta al clima con una profundidad imposible de lograr en ventanas cortas. Cortar una serie de seis décadas no ahorra solo dinero, también destruye continuidad científica.

La decisión de trasladar la captación de fondos a OnlyFans muestra otra tensión de fondo: el sistema científico estadounidense está dejando demasiado espacio a soluciones de emergencia y demasiado poco a mecanismos estables para sostener conocimiento de largo plazo. Blumstein no solo busca recursos; está intentando preservar una infraestructura de observación ecológica que sirve para entender cómo responden los mamíferos a las alteraciones ambientales. En ese sentido, la cuenta ‘OnlyMarms’ funciona como síntoma y como protesta. Su nombre irónico y su tono de divulgación son eficaces para atraer público, pero también evidencian que la supervivencia de la ciencia básica se está empujando a formatos de entretenimiento para conseguir una fracción de lo que antes llegaba por canales públicos.

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El impacto para la comunidad científica es más amplio de lo que sugiere el caso concreto. Los proyectos de seguimiento a largo plazo suelen ser los primeros en resentirse cuando el financiamiento se endurece, porque compiten mal frente a iniciativas nuevas, más fáciles de vender en lenguaje de innovación y con resultados rápidos. Sin embargo, son justamente esos estudios los que producen conocimiento de mayor valor estratégico. En conservación, climatología, epidemiología y cambio de uso del suelo, las series largas permiten distinguir una oscilación natural de una tendencia estructural. Perderlas no solo afecta a un laboratorio: reduce la capacidad de universidades y agencias para anticipar riesgos ambientales y formular política pública con evidencia sólida.

Hay además un problema de incentivos. Si un proyecto veterano puede ser descartado por “tener demasiados datos”, la señal que reciben otros equipos es inquietante: producir evidencia continua no garantiza protección institucional. Eso puede desalentar a investigadores jóvenes de comprometerse con programas de décadas y empujar a las universidades hacia estrategias más cortoplacistas. El riesgo no es solo presupuestario; es cultural. Un sistema que premia la novedad sobre la persistencia termina favoreciendo resultados llamativos pero menos profundos, y penaliza el trabajo lento que sostiene la reputación científica de un país.

La reacción del equipo también abre una discusión incómoda sobre la comercialización de la divulgación científica. Por un lado, OnlyFans ofrece visibilidad y un canal de ingresos no convencional; de hecho, la cuenta ya habría reunido alrededor de 4.500 dólares en donaciones, una cifra modesta pero suficiente para demostrar interés público. Por otro lado, depender de una plataforma privada diseñada para maximizar suscripciones puede distorsionar la comunicación de la ciencia. No todos los campos pueden ni deben adaptarse a ese formato, y la necesidad de hacerlo revela desigualdad entre áreas con alto atractivo mediático y otras menos fotogénicas, pero igualmente esenciales. Si la supervivencia de un estudio depende de su capacidad para convertirse en contenido viral, el criterio científico pasa a segundo plano.

Los distintos actores implicados ven el asunto desde ángulos que chocan entre sí. Para Blumstein y su equipo, la prioridad es preservar décadas de observación y seguir estudiando cómo reaccionan las marmotas a los cambios ambientales. Para los financiadores federales, el recorte puede presentarse como una reasignación de recursos bajo prioridades más amplias, aunque el argumento de “demasiados datos” suena más a rechazo burocrático que a evaluación estratégica. Para el público, en cambio, la historia mezcla humor, sorpresa y una inquietud de fondo: si una investigación de alto valor tiene que sostenerse con una marca casi paródica, ¿qué dice eso del compromiso real con la ciencia pública?

La dimensión política es imposible de separar del caso. Blumstein sostiene que el proyecto sobre marmotas no trata solo de animales, sino de la “destrucción” de la educación superior y de la financiación científica en Estados Unidos. Esa lectura encaja con un contexto más amplio de recortes, sanciones y presión sobre universidades impulsados por la administración Trump, que han puesto en tensión a la comunidad académica. En ese marco, OnlyMarms deja de ser una rareza y se convierte en un indicador de estrés institucional. Cuando la ciencia necesita refugiarse en atajos de mercado para mantener vivo un archivo de conocimiento, el problema ya no es la originalidad de la campaña, sino la debilidad del sistema que la hace necesaria.

Lo más probable es que veamos más iniciativas parecidas si la financiación pública sigue oscilando entre la austeridad y la arbitrariedad. Laboratorios, museos, centros de campo y programas de monitoreo ambiental podrían recurrir a suscripciones, microdonaciones y alianzas con plataformas digitales para tapar huecos presupuestarios. Pero ese camino tiene límites claros: genera ingresos pequeños, es desigual entre disciplinas y puede convertir la investigación en una competencia por atención. La pregunta de fondo no es si una cuenta como OnlyMarms es ingeniosa, sino cuánto tiempo puede una comunidad científica sostener proyectos esenciales con soluciones de emergencia antes de que la pérdida de continuidad se vuelva irreversible.

En este caso, las marmotas funcionan como un espejo incómodo. Son simpáticas, fotogénicas y fáciles de convertir en historia compartible; también representan un tipo de conocimiento que solo existe porque alguien decidió observarlas durante más de medio siglo. Si esa continuidad se rompe, el daño no se medirá en la popularidad de una cuenta de internet, sino en la pérdida de una de las pocas ventanas largas y fiables para entender cómo cambia la vida silvestre ante un entorno cada vez más inestable.

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