El tránsito de crudo por el Estrecho de Ormuz ha superado nuevamente los 10 millones de barriles diarios tras la firma del acuerdo provisional entre Donald Trump e Irán. La ruta vigilada por Estados Unidos junto a la costa de Omán registró dos convoyes el pasado miércoles, con seis buques ingresando al Golfo Pérsico y cuatro saliendo en dirección opuesta. Esta recuperación, que elevó la media móvil de siete días a 38 tránsitos y alcanzó 40 en días recientes, se produce mientras las negociaciones indirectas continúan en Catar con foco en el programa nuclear iraní y el régimen de paso marítimo.

Antes del conflicto, Ormuz canalizaba cerca del 20 % del suministro mundial de petróleo y gas natural licuado, con unos 20 millones de barriles diarios. Actualmente, al menos 10 millones transitan por el corredor principal y otros cinco millones circulan por rutas alternativas. La ampliación de la vía omaní permite el paso simultáneo en ambas direcciones, lo que explica el incremento observado. Sin embargo, Irán insiste en que cualquier tránsito debe contar con su conocimiento y rechaza la imposición de tarifas de servicio marítimo que Washington considera inaceptables en un acuerdo definitivo.
Efectos directos sobre el mercado energético global
La reactivación del flujo reduce de inmediato la prima de riesgo que elevaba los precios del Brent y el WTI desde el inicio del conflicto. Las compañías petroleras que dependen de exportaciones desde el Golfo Pérsico recuperan capacidad de planificación a seis meses vista, mientras que los armadores de buques cisterna ven disminuir la necesidad de rutas alternativas más costosas alrededor del Cabo de Buena Esperanza. No obstante, el retorno a volúmenes cercanos a los previos a la guerra no elimina la volatilidad estructural: cualquier interrupción menor puede volver a tensar el mercado dada la concentración geográfica de la oferta.
Los productores de Oriente Medio, especialmente Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, observan con atención la evolución de las conversaciones. Un acuerdo estable que elimine la amenaza de cierre del estrecho permitiría aumentar la producción sin temor a represalias iraníes, pero también reduciría el valor estratégico de sus propias reservas como colchón de seguridad global. Por el contrario, si las negociaciones se estancan, estos países podrían verse obligados a mantener recortes voluntarios para sostener precios.
La erosión del poder de disuasión iraní
Un primer análisis revela que la capacidad real de Teherán para paralizar Ormuz resultó inferior a lo anticipado. La limitada vigilancia iraní sobre la ruta sur, alejada de su costa, retrasó la detección del aumento de tránsitos y debilitó su posición negociadora. El ataque con dron contra el buque singapurense la semana pasada, aunque causó daños limitados, fue interpretado por Washington como un intento de reafirmar soberanía más que como una amenaza efectiva de bloqueo total. Esta percepción reduce el margen de maniobra de Irán para exigir concesiones a cambio de mantener abierto el paso.
La postura omaní añade complejidad. Mascate ha comunicado a socios europeos que algunos cobros podrían ser necesarios, aunque públicamente descarta tarifas de tránsito. Esta ambigüedad refleja el interés de Omán en preservar su rol de mediador sin alienar a ninguno de los actores principales. Si se aceptara cualquier mecanismo de pago encubierto, se sentaría un precedente que podría replicarse en otros estrechos estratégicos como Malaca o Bab el-Mandeb.
Presiones económicas y calendario político de Trump
La decisión de Trump de suspender ataques adicionales y permitir el avance de las conversaciones responde a preocupaciones explícitas sobre el coste económico del conflicto. El mandatario ha evitado comparaciones con Herbert Hoover y el crack de 1929. Esta sensibilidad temporal favorece a Irán en la estrategia de dilación: extender las negociaciones más allá del plazo de 60 días podría erosionar la determinación estadounidense de obtener concesiones nucleares sustanciales. Los negociadores Steve Witkoff y Jared Kushner enfrentan por tanto un doble límite: el calendario político interno y la necesidad de evitar un choque que eleve nuevamente los precios de la energía antes de las próximas elecciones.
Riesgos de escalada y escenarios futuros
El principal riesgo radica en la falta de claridad sobre el estatus del estrecho una vez vencido el período de negociación de 60 días. Si Irán percibe que su influencia sobre el tráfico sigue disminuyendo, podría intensificar acciones de baja intensidad como hostigamiento de buques o ciberataques a sistemas de navegación. Por otro lado, una ruptura abrupta de las conversaciones podría provocar un nuevo cierre parcial y una subida inmediata de entre 15 y 25 dólares por barril en los precios del crudo, según estimaciones de analistas del sector. Las empresas navieras ya evalúan cláusulas contractuales que contemplen primas de guerra adicionales si el memorando de entendimiento no se convierte en acuerdo permanente.
En el mediano plazo, la tendencia apunta hacia una mayor militarización de la ruta omaní y una posible ampliación de convoyes protegidos por fuerzas navales occidentales. Este modelo reduce la dependencia de la cooperación iraní pero eleva los costes operativos para todos los usuarios del estrecho. Al mismo tiempo, los países importadores de Asia, especialmente China e India, intensificarán sus esfuerzos por diversificar rutas de suministro a través de oleoductos terrestres y terminales en el océano Índico, reduciendo gradualmente la vulnerabilidad estructural de Ormuz.
