Panamá ante la oportunidad de la bioeconomía

Panamá enfrenta una paradoja estratégica: posee una concentración extraordinaria de biodiversidad, una posición logística privilegiada y una matriz eléctrica relativamente limpia, pero todavía no cuenta con una economía de escala capaz de convertir esas ventajas en productos, empleos y conocimiento. El debate sobre la bioeconomía, reactivado por organismos públicos, entidades internacionales y centros especializados, no se limita a promover nuevos negocios “verdes”. En realidad, plantea una posible transformación del modelo productivo panameño y obliga a decidir quién controlará los recursos, quién capturará el valor y qué salvaguardas impedirán que la naturaleza se convierta en una nueva frontera extractiva.

El dato que concentra la dimensión de la oportunidad es conocido: el istmo ocupa apenas alrededor del 0,1% de la superficie terrestre, pero alberga cerca del 5% de la biodiversidad mundial. A ello se suman su conexión entre los océanos Atlántico y Pacífico, el Canal, una red portuaria y zonas logísticas que facilitan el acceso a mercados internacionales. La combinación es poco común. Sin embargo, biodiversidad, infraestructura y energía renovable no constituyen por sí mismas una industria. Son condiciones de partida que requieren investigación aplicada, reglas de acceso, financiamiento, capacidades empresariales y mecanismos de distribución de beneficios.

La ventaja natural todavía no es una cadena de valor

La bioeconomía comprende actividades basadas en recursos biológicos utilizados de forma sostenible, desde la agricultura climáticamente inteligente y la acuicultura hasta la biotecnología, los ingredientes naturales, la gestión forestal y los servicios ecosistémicos. La diferencia frente a una explotación convencional está en la intensidad de conocimiento: el valor no debería provenir de extraer más materia prima, sino de comprenderla, transformarla y proteger su capacidad de regeneración.

El secretario nacional de la Secretaría Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación, Eduardo Ortega Barría, resumió el principal desafío al advertir que la ventaja natural no se convierte en valor económico sin política pública, ciencia aplicada y articulación institucional. Esa afirmación apunta al primer gran hallazgo de este proceso: el cuello de botella de Panamá no está solamente en la disponibilidad de recursos, sino en la distancia entre la investigación, el mercado y la gestión territorial.

El país puede exportar una planta medicinal sin procesar y obtener un ingreso limitado, o desarrollar un extracto estandarizado, validar su seguridad, proteger su propiedad intelectual y vender un ingrediente para las industrias farmacéutica y cosmética. En el segundo caso, una misma unidad de biodiversidad genera más conocimiento, empleos especializados y capacidad exportadora. Pero también exige laboratorios, protocolos, certificaciones, protección jurídica y acuerdos transparentes con las comunidades que poseen conocimientos tradicionales.

Tres activos que pueden cambiar la posición del país

El primer activo es territorial. Panamá cuenta con más de 33 áreas protegidas y reservas indígenas legalmente reconocidas, según la información citada por el Ministerio de Ambiente. Estos espacios no deben verse únicamente como zonas restringidas para la actividad económica. Pueden convertirse en plataformas de investigación, monitoreo ecológico, turismo científico, restauración productiva y desarrollo de soluciones basadas en la naturaleza, siempre que la protección sea la condición de la actividad y no una etiqueta comercial.

El segundo activo es cultural. Los pueblos indígenas conservan conocimientos sobre plantas, alimentos, fibras, prácticas agrícolas y usos medicinales que pueden orientar nuevas investigaciones. El Protocolo de Nagoya, vinculado al acceso a recursos genéticos y la participación justa en los beneficios, ofrece un marco para evitar que empresas o instituciones obtengan ese conocimiento sin consentimiento ni compensación. Su aplicación práctica, no obstante, es compleja: requiere identificar titulares colectivos, documentar saberes sin apropiarlos y establecer contratos comprensibles, fiscalizables y culturalmente adecuados.

El tercer activo es energético y logístico. Datos del Banco Interamericano de Desarrollo sitúan cerca del 70% de la generación eléctrica panameña en fuentes renovables, principalmente hidroeléctricas, con aportes eólicos y solares. Una electricidad menos intensiva en carbono puede ayudar a que laboratorios, plantas de procesamiento y centros de frío cumplan exigencias ambientales de compradores internacionales. El Canal y los puertos, por su parte, reducen tiempos de transporte para bienes de alto valor agregado y bajo volumen, como semillas mejoradas, extractos botánicos o insumos biotecnológicos.

La lectura estratégica de estos activos conduce a un segundo planteamiento: Panamá no debería intentar competir por volumen con grandes productores agrícolas o farmacéuticos. Su ventaja más defendible está en especializarse en segmentos donde importan la trazabilidad, la diversidad genética, la investigación tropical y la conexión entre origen y mercado. La escala podría ser menor, pero el margen y la diferenciación serían mayores.

El beneficio social dependerá de quién participe

Para el sector privado, la bioeconomía abre mercados en cosmética natural, alimentos funcionales, bioinsumos agrícolas, semillas adaptadas al clima, ecoturismo especializado y tecnologías de restauración. También permite atraer alianzas internacionales interesadas en biodiversidad y reducción de emisiones. Las empresas, sin embargo, suelen enfrentar ciclos largos de desarrollo, incertidumbre regulatoria y costos elevados de certificación. Un producto biológico puede requerir años de pruebas antes de llegar al mercado, sin garantía de éxito comercial.

Las universidades y centros de investigación tienen una oportunidad para dejar de operar de manera aislada y convertirse en proveedores de soluciones para problemas concretos: enfermedades tropicales, degradación de suelos, productividad hídrica, adaptación de cultivos o vigilancia de ecosistemas. La dificultad radica en financiar proyectos de largo plazo y crear oficinas capaces de gestionar patentes, contratos y transferencia tecnológica. Sin ese puente, la investigación puede permanecer en publicaciones mientras las empresas importan tecnología desarrollada en otros países.

Para las comunidades rurales e indígenas, el potencial de empleo y de ingresos es real, pero no automático. Participar en cadenas de valor puede fortalecer organizaciones locales, mejorar la infraestructura y ofrecer alternativas frente a actividades de mayor impacto ambiental. También puede producir dependencia de intermediarios, contratos desiguales o pérdida de control sobre semillas y conocimientos. La participación no debería limitarse a consultas informativas; debe incluir capacidad de veto en determinados territorios, negociación de beneficios, acceso a capacitación y presencia efectiva en la gobernanza.

El Estado tiene la responsabilidad de coordinar áreas que normalmente funcionan separadas: ambiente, ciencia, agricultura, comercio, educación, salud y pueblos indígenas. Las iniciativas anunciadas —clústeres regionales de innovación, fortalecimiento de centros de investigación, incentivos fiscales, capacitación y certificaciones internacionales— pueden ordenar el ecosistema, pero también corren el riesgo de convertirse en una suma de programas sin continuidad. El éxito dependerá de metas medibles: número de empresas creadas, patentes, empleos locales, ingresos comunitarios, hectáreas restauradas y reducción verificable de impactos.

La disputa central: conservación, inversión y control

La promesa de atraer inversión mediante recursos genéticos enfrenta una tensión inevitable. Los inversionistas buscan seguridad jurídica, acceso previsible a muestras y rapidez administrativa. Las comunidades y organizaciones ambientales exigen consentimiento previo, protección territorial y garantías contra la biopiratería. El Gobierno debe equilibrar ambos intereses sin reducir la protección ambiental para acelerar negocios.

El Protocolo de Nagoya puede ayudar, pero no resuelve por sí solo la distribución del poder. Un contrato legalmente válido puede seguir siendo socialmente injusto si una comunidad negocia con información insuficiente o si los beneficios llegan únicamente después de décadas. Panamá necesitará registros de acuerdos, auditorías independientes, mecanismos de reclamación y sistemas para verificar el origen de los recursos. La trazabilidad debe abarcar no solo la cadena de suministro, sino también el consentimiento y la distribución de regalías.

Existe además una controversia menos visible: la definición de “producto natural” suele utilizarse como argumento de mercadeo, aunque el producto final contenga una transformación industrial significativa. Sin estándares rigurosos, la bioeconomía puede quedar reducida a una marca verde aplicada a negocios convencionales. Las certificaciones internacionales pueden abrir mercados, pero sus costos podrían excluir a pequeños productores si no existen fondos de apoyo, esquemas cooperativos y asistencia técnica pública.

El sector energético ofrece otro ejemplo de la necesidad de matices. Que una proporción elevada de la electricidad provenga de fuentes renovables mejora la posición climática del país, pero no elimina los impactos de la expansión hidroeléctrica ni garantiza que cada territorio se beneficie de ella. La etiqueta de baja emisión debe considerar la totalidad del ciclo productivo, el uso del agua, la biodiversidad afectada, el transporte y la gestión de residuos.

El verdadero indicador será el valor retenido dentro del país

La tercera conclusión analítica es que el éxito no debería medirse por el número de proyectos anunciados ni por la cantidad de muestras recolectadas, sino por el valor que permanezca en Panamá. Si la materia prima se extrae localmente, se procesa en el extranjero y la propiedad intelectual queda registrada fuera del país, la bioeconomía reproducirá un patrón histórico de exportación de recursos con captura limitada de beneficios.

Retener valor exige una arquitectura industrial gradual. En una primera etapa, Panamá puede priorizar laboratorios de análisis, bancos de germoplasma, viveros especializados y plataformas de datos sobre biodiversidad. Después, desarrollar procesos de extracción, formulación y certificación. Solo en segmentos con suficiente evidencia científica y demanda comercial convendría avanzar hacia productos farmacéuticos o biotecnológicos de mayor complejidad. Esta secuencia reduce el riesgo de invertir prematuramente en industrias que requieren capital y capacidades aún inexistentes.

La agricultura ofrece un campo inmediato. Biofertilizantes, control biológico de plagas, variedades resistentes a sequías y sistemas de producción regenerativa pueden mejorar la productividad sin ampliar necesariamente la frontera agrícola. El impacto sería doble: reducir costos para productores y aumentar la resiliencia frente a eventos climáticos. Pero para que estas soluciones sean adoptadas se necesitan ensayos locales, crédito, extensión rural y compras públicas o privadas que generen una demanda inicial.

En las zonas protegidas, los servicios ecosistémicos pueden crear ingresos mediante créditos de carbono, protección de cuencas, turismo de bajo impacto y restauración. Estos mercados presentan oportunidades, aunque también riesgos de medición deficiente y doble contabilidad. Un crédito ambiental sin verificación robusta puede producir reputación para el comprador y pocos beneficios para quienes conservan el territorio.

Qué puede ocurrir en los próximos cinco años

La demanda internacional de ingredientes naturales, alimentos con atributos funcionales, soluciones agrícolas bajas en emisiones y servicios vinculados a la naturaleza probablemente seguirá creciendo. Las nuevas exigencias ambientales de los mercados desarrollados favorecerán a los países capaces de demostrar origen, trazabilidad y desempeño climático. Panamá está bien posicionado para funcionar como plataforma regional de investigación, certificación y distribución, no solo como proveedor de materias primas.

El escenario más favorable combinaría inversión privada, fondos públicos competitivos, cooperación internacional y participación comunitaria desde el diseño de los proyectos. Los primeros resultados podrían aparecer en nichos concretos: extractos estandarizados, productos forestales no maderables, acuicultura sostenible, semillas tropicales y tecnologías para restaurar suelos. El crecimiento sería probablemente gradual y desigual entre regiones, porque las capacidades científicas y logísticas están más concentradas en los principales centros urbanos.

Un escenario menos favorable también es plausible. La falta de coordinación institucional puede retrasar permisos y desalentar inversiones; los incentivos fiscales pueden beneficiar a empresas que de todos modos habrían invertido; y los proyectos pueden concentrarse en actividades de imagen ambiental sin innovación profunda. Si las comunidades perciben que los acuerdos no distribuyen beneficios, aumentarán los conflictos territoriales y la desconfianza hacia la investigación biológica.

Los riesgos ecológicos son igualmente relevantes. Una especie con valor comercial puede sufrir sobreexplotación; la introducción de organismos utilizados en biotecnología puede alterar ecosistemas; y la expansión de monocultivos “sostenibles” puede reducir la diversidad que originalmente hacía atractivo al país. La bioeconomía solo será compatible con la conservación si incorpora límites de extracción, monitoreo independiente y la posibilidad de detener operaciones cuando los indicadores ecológicos empeoren.

Panamá dispone de una oportunidad que pocos países reúnen en un mismo territorio: biodiversidad excepcional, conocimientos locales, electricidad mayoritariamente renovable y conectividad global. La oportunidad, sin embargo, no consiste en vender la naturaleza con un nuevo lenguaje, sino en construir capacidades para investigarla, protegerla y transformarla bajo reglas que distribuyan el valor. El próximo paso decisivo será pasar de los anuncios generales a una política con presupuesto, indicadores, transparencia y autoridad suficiente para coordinar intereses que no siempre coinciden. Solo entonces la bioeconomía podrá convertirse en motor económico, social y ambiental, y no en otra promesa dependiente de la riqueza natural del istmo.

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